Chávez hasta en la sopa (1)
Sergio Ramírez
El gran novelista nicaragüense Sergio Ramírez estuvo recientemente en Caracas. El presente artículo, publicado en La Nueva Revista de Libros de Nueva York, reseña el actual régimen político de Venezuela. Se reproduce aquí en Costa Rica en tres entregas, como una contribución especial para Página Abierta.
“Detrás de un Mitsubishi hay gente comprometida”, reza el lema del anuncio de página entera donde un ejército de técnicos sonrientes, vistiendo sus uniformes de faena, custodia un deslumbrante modelo Lancer. Hay decenas de avisos full color en los diarios, que ofrecen toda suerte de extravagancias para el consumo como en cualquier país donde la clase media cultiva su avidez por las mercancías y rebosa de dinero plástico en el bolsillo.
Pero esta es Venezuela, donde bajo la égida del presidente Hugo Chávez la Asamblea Nacional vota a toda máquina una reforma constitucional que pretende crear un modelo socialista. En la primera página de uno de esos mismos diarios, la foto principal es la de una mujer del pueblo, chavista a muerte, que delante de un cordón de policías antimotines prende fuego a una camiseta morada en la que se lee “Leer para decidir”, arrebatada a alguno de los manifestantes que adversan las reformas y piden tiempo para que sean estudiadas por la población.
La palabra compromiso, igual que la palabra revolución, pertenecen al léxico sagrado de Chávez y su entorno de poder; y el anuncio del Lancer, un poco socarronamente, enlaza el tipo de compromiso a que se atiene la legión uniformada que custodia el vehículo: “comprometidos con tu seguridad, con la innovación y el progreso”. Un compromiso más que rentable. Para las compañías que venden autos, Venezuela es una fiesta. Hay colas de hasta seis meses en espera de poder recibir el modelo reservado, y los Mercedes, los Jaguar y los Hummers gozan aquí del mejor mercado del mundo. Y una fiesta para los cirujanos plásticos. Una muchacha suele recibir como regalo de sus padres, al cumplir los quince años, un lift de los senos.
La gente que puede tiene tanta plata en las manos que el financiamiento de las tarjetas de crédito ha aumentado desde el año 2004 en 582%, otra fiesta, esta vez para los bancos que de esta manera colocan el dinero a tasas del 30% y más, mientras los préstamos para otros sectores, como vivienda y pequeñas y medianas empresas, dejan de ser atractivos como negocio porque el gobierno ha impuesto tasas de “piso y techo”.
Pero también el consumidor de la clase E, la categoría de abajo donde está el 60% de la población, ha visto aumentados sus ingresos en un 160% en los últimos cuatro años. Hay tanto dinero en la calle, una abundancia provocada en gran parte por el enorme crecimiento del gasto público, que el Ministerio de Finanzas drena el exceso de liquidez con una emisión de bonos por 10 billones de bolívares (2 mil bolívares por un dólar, al precio oficial). Una liquidez que dispara el consumo, y dispara el precio del dólar en el mercado negro, que ahora se cotiza a tres veces su valor.
La espiral de la abundancia no deja de ser un espejismo, y no pocos economistas del país ven el disparo ascendente de los precios del petróleo como una maldición. El gobierno gasta a dos manos. Con una mano prodiga el presupuesto oficial, que siempre está creciendo, y con la otra los recursos paralelos que van a los programas sociales de Chávez, sobre todo a las famosas Misiones destinadas a aliviar las condiciones de vida de los más pobres, llevando sobre todo salud y educación a las barriadas.
A más recursos petroleros, mayor gasto, y más bolívares en circulación. Y aunque en los últimos tres años las ventas de petróleo representan 167 mil millones de dólares, sólo el año pasado el hueco del déficit en el gasto público fue de 5.8 billones de bolívares. Este ciclo perverso no es extraño a la historia de Venezuela. Víctor Salmerón, analista financiero del diario El Universal, dice que “cuando el precio del barril registra un salto estelar una enorme cantidad de divisas ingresa. Esto tiende a incrementar el valor de la moneda, las importaciones se abaratan, y sectores como la agricultura y la manufactura pierden competitividad”. Pero un amigo del mundo académico me ha dicho también que, desde siempre, la corrupción crece en la misma proporción que crece el ingreso petrolero, de manera que el país nunca sale ganando con el incremento de los precios del crudo.
Desde el año 2004 las importaciones, donde van enlistados desde alimentos básicos y medicinas genéricas a automóviles de lujo, joyas y perfumes, se han incrementado en un 190%, mientras que la industria y la agricultura se han quedado por debajo de los demás sectores de la economía, que crece sobre todo gracias al consumo; pero la producción insuficiente para atender la demanda, a su vez hace crecer la inflación, que este año alcanzará el 15%, la más alta del continente. A más consumo, mayor inflación.
Y crece la escasez de los bienes de consumo básico, que faltan en los estantes de los supermercados porque tienen más demanda habiendo tanto circulante en la calle, o porque el gobierno ha puesto precios topes a los productores y a los detallistas, o porque hay especulación y acaparamiento según el alegato oficial. La gente se queja de que debe ir de la seca a la meca para poder abastecerse, lo que significa la pérdida de muchas horas útiles. Faltan la leche y el azúcar, además de los frijoles, productos que cuesta encontrar aún en los Mercal, los centros de abastecimiento creados por Chávez para vender productos de primera necesidad a precios subsidiados.
Y como sucede siempre con las tiendas bajo control estatal, hay acusaciones de corrupción contra los administradores de los Mercal, de mal manejo de las importaciones de alimentos, gran parte de los cuales llega ahora desde Brasil, y de filtración de inventarios por la frontera hacia Colombia, “una madeja de complicidades que tiene que ver con cooperativas, mantenimiento de camiones, distribución”, según un dirigente sindical chavista, Antonio Chirinos.
El control de precios, que distorsiona el mercado de los alimentos, es parte de la filosofía justiciera del gobierno, y se aplica también a los servicios médicos privados y a los medicamentos. Chávez ha calificado de “insensatos y criminales” los costos de las medicinas, y ha advertido que si las clínicas no atienden las tablas de precios decretada para los 20 procedimientos quirúrgicos más frecuentes “…viene la roja rojita y los voy a esperar en la bajadita…” Los médicos de esas clínicas, reacios al control, alegan que el gobierno debería más bien ocuparse de los déficit sociales de la salud pública, pues faltan unas 40 mil camas de hospital, si se toma en cuenta la norma de la Organización Mundial de la Salud, que señala una media de 3 a 4 camas por cada mil habitantes. Y faltan también en los hospitales materiales quirúrgicos y medicamentos básicos, según el mismo alegato. (Continúa en la próxima edición de Página Abierta).
Suplemento Página abierta, Diario Extra 1 abril 2008

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