Con la misma piedra...
Johnny Meoño Segura
Es necesario corregir la falta de preparación y de visión respecto a la cosa pública
ADMINISTRADOR PÚBLICO
Varios lectores me preguntan por qué no he vuelto a escribir desde octubre, después de dos artículos sobre el TLC advirtiendo de nuestras indolencias históricas en cuanto a gobierno y administración. Les he respondido que ya no tenía más que decir.
En materia de procesos políticos y públicos, he señalado durante las últimas tres décadas cómo tropezamos una y otra vez, sin enmendarlo, con las mismas piedras: improvisar la gestión institucional y, peor aún, el análisis de su problemática misma, perjudicando la eficacia pretendida con toda estrategia y política gubernativa; ignorar los partidos el modelo-país en la Constitución y unas pocas normas superiores que sí permiten el excelente gobierno por sobre otras leyes ciertamente limitativas y engorrosas. Paralelamente a esto, abrazar superfluamente “nuevos enfoques publicistas” foráneos sin haber nunca comprendido y aplicado los buenos “viejos” inspirados en nuestro ordenamiento; ejercitar un control político inefectivo desde la Asamblea y un muy simplista control mediático sobre actos particulares de instituciones, y no sobre cada ministro como rector del sector con el Presidente. O sea, pedir cuentas a la Caja, y no a la ministra de Salud; al IDA y al CNP, y no al ministro de Agricultura; a JAPDEVA, y no a la ministra de Transportes.
Descomunal desorden. ¿El resultado neto? Los problemas “micro” persisten, mientras que los “macro”, causales del gran desmadre institucional, no se abordan del todo; al final, rendir cuentas resulta una farsa, pues el Presidente y cada ministro continúan tan campantes, como si con ellos no fuera la cosa, siéndolo todo. Nadie parece entender qué implicó que el Gobierno se organizara bajo “ministros rectores” desde el 8 de mayo.
En cuanto a los organismos obligados a saberlo y exigirlo, la Defensoría de los Habitantes aún no se entera del asunto. La Contraloría empezó , por fin, a hacerlo tímidamente desde finales del 2006, emplazando solo a “ministros rectores”, pero no al Presidente. Se sigue así dando la espalda a ese marco normativo superior que sí ha permitido, desde 1974, el excelente gobierno en ambiente, en agricultura, en pobreza, en salud y educación... En fin, señáleseme el campo y les diré cómo se manifiestan esos grandes errores por impreparación, ignorancia o arrogancia de tantos “todólogos”.
Mideplan contribuye a este descomunal desorden brincándose la Ley de Planificación y otras conexas: improvisa en “modernización administrativa”, causando desconcierto en las instituciones y ninguna eficacia mayor, interna ni interinstitucional; renunció a liderar lo “sectorial” y eliminó con torpeza extrema, siendo las vías más razonables para concertar con los habitantes, los consejos regionales. El Ministerio de la Presidencia, sin competencia para ello, reactivó dos por presiones, sin concierto. Si al Gobierno se le acredita estar haciendo una buena labor, imagínense cómo sería de excelente para el país si gobernara y administrara como debe…
Intrincada jungla. Costa Rica se nos ha convertido en una intrincada y fea jungla. Pero no debía ser así. Hay responsables por comisión y omisión. Ello queda bien claro en el nuevo libro que se me publicará próximamente (Guía para un excelente gobierno... y para un ciudadano menos indolente). En él demostramos cómo nuestro subdesarrollo se enraíza en una cultura política de origen colonial prevaleciente todavía en los valores y actitudes con que pretendemos avanzar en el mundo moderno: a ras del suelo, creyendo que gobernar bien es citar a autores europeos o imitar a países “como nosotros” (Irlanda, Nueva Zelanda), siendo más bien estos tan distintos en su historia, en su cultura política y en su sistema de gobierno.
Cambio radical. El libro discute que, aun cuando el presidencialismo y el centralismo constituyen un fardo ya inaguantable para Costa Rica y se requiere un cambio radical de modelo político, ese cambio podría tardar y ello hace urgente señalar cómo podemos funcionar mejor hoy; y cómo, para lograrlo, hay que confrontar la mala fe, la impreparación y la falta de visión interdisciplinaria que contribuyen a esa improvisación del tico sobre la cosa pública, con tantos pretendiendo sentar cátedra sobre lo que no saben y dejando de sentarla sobre lo que sí saben. Este nuevo libro analiza estos fenómenos con sólido sustento teórico, histórico, empírico y jurídico; con respeto, pero sin dejar de señalar a los responsables directos e indirectos. A la edición del libro he dedicado estos meses de ausencia en esta apreciada Página 15. Creo que valdrá la pena.
periódico La Nación 4 abril 2008

Meneame
del.icio.us