Reflexiones sobre el Tíbet
Rodrigo Alberto Carazo
Cuando China está consolidada y fuerte, aumenta su dominación sobre el Tíbet
Abogado
Desde hace un par de mesesLa Nación abre a sus lectores una nueva ventana al mundo al publicar íntegramente artículos de la última edición de la afamada revista The Economist . Excelentemente traducidos por don Gerardo Chaves, los artículos incorporados han sido, hasta el momento, una interesante mezcla de temas económicos, tecnológicos y políticos de interés mundial.
Otra visión. The Economist, con 165 años de existencia, es conocida no solo por una visión conservadora de los temas que analiza, sino también por la profundidad de sus análisis, y el tenerlos disponibles en un diario local nos permite el acceso a ese periodismo de altos quilates, aun para disentir del enfoque, como es el caso del artículo publicado en la edición del 23 de marzo sobre los recientes sucesos en el Tíbet.
El corresponsal, se nos dice, se encontraba de casualidad en Lasa el pasado 14 de marzo, cuando se iniciaron las manifestaciones que han sido luego conocidas, parcialmente, en el resto del mundo. El artículo nos presenta una clara (y, en mi concepto, equivocada) visión. Las autoridades chinas, confrontadas por los “desórdenes”, casi que “ofrecían la otra mejilla,” relata el corresponsal. Al tercer día de disturbios, la ciudad era de nuevo controlada por los chinos, afirma, después de un “mesurado esfuerzo para frenar los disturbios.”
La prensa mundial se ha encargado de demostrarnos lo contrario. Las propias autoridades chinas han aumentado el número de víctimas reportadas (igual sucedió, recuerdo, con motivo de la matanza de Tlatelolco, México, en los meses preolímpicos de 1968. Poco a poco, la verdad ha ido aflorando. Fue una masacre).
En el Tíbet, por ahora, según lo dice la edición del día anterior deLa Nación , “prevalece el misterio sobre las víctimas”, pero ya no se habla de disturbios sino de revuelta y rebelión, y no de controlarlas sino de reprimirlas. “Estamos actualmente en el medio de una fiera lucha con sangre y fuego, una lucha a vida o muerte con el enemigo”, afirmó el secretario del Partido Comunista en el Tíbet, Zhang Qingli, nos dice El País de España. El riesgo político inherente a la situación, me parece, fue desdeñado por quienes finalmente actuaron y ponen ahora a China, en los albores de su Olimpiada, ante una descomunal prueba política.
Ocupación. El problema en el Tíbet es básicamente de ocupación militar y económica, sostenida y creciente, a consecuencia de la cual la población autóctona (y los visitantes) sufren una falta total de libertad. De lo que se trata es de controlar no solo el territorio, sino, sobre todo, la identidad cultural y la práctica religiosa del pueblo tibetano.
La táctica, según la percibo, ha sido la de unir un creciente poblamiento de la zona –y, sobre todo, de sus ciudades– por parte de chinos “han” (el grupo étnico mayoritario en China) con una palpable presencia militar y de controles. Esfuerzos económicos, incluido el de llevar a Lasa el ferrocarril más alto del mundo, que ciertamente han generado acelerado crecimiento para los pobladores chinos, mientras se abandona a la gente en las extensas zonas rurales de difícil supervivencia, no han sido suficientes para aplacar la lucha por la autonomía, en materia religiosa y cultural, que pregonan los líderes tibetanos al amparo de su budismo asediado y de un sistema monacal milenario, prácticamente eliminado por los ocupantes.
En el Tíbet, como en Birmania-Myanmar recientemente y en otros sitios del Asia, son los monjes quienes se ponen, de hecho, a la vanguardia de los movimientos sociales reivindicativos.
En estos momentos, China está en la mira mundial por la celebración de los Juegos Olímpicos, que habrían de ser la consagración de su salto a la modernidad y a la potencia económica. El pueblo tibetano, espontáneamente y también dirigido por sus líderes, quiere llamar la atención; la antorcha olímpica está programada para pasar por su capital, y bien saben la oportunidad que eso presenta para hacer conocer su subyugación al resto del mundo.
Por ahora, la reacción de China ha sido violenta; la del líder espiritual del Tíbet, comedida, llamando al diálogo (aprovechando el momento, sin duda). China teme que, de aflojar, afloren otros movimientos separatistas y, desgraciadamente, la respuesta ha sido violenta una vez más. La historia demuestra, he leído, que cuando China está consolidada y fuerte, incrementa su dominación sobre el Tíbet, y ahora lo está.
La esperanza, en el siglo XXI, es que se logre un entendimiento entre las partes, testimoniado por otras naciones del mundo. Los intereses económicos y políticos no dejan de ser un contrapeso que induce a mirar para otro lado, pero soy, sin embargo, de los optimistas que persisten en creer que, a pesar de las pruebas en contrario, ese mundo solidario es posible y que, según dijo Gandhi, “lo más atroz de las cosas malas es el silencio de la gente buena”.
periódico LA Nación 3 abril 2008

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