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RESONOCO

15/04/2008 GMT 1

Tras el mito de Yolanda Oreamuno

marfuerte @ 23:55

Transformación En cinco años, una joven formal se convirtió en escritora y en activista política

Alexánder Sánchez Mora | alsanchezm@gmail.com
Una noche, a principios de la década de 1930, en los alrededores del Colegio Superior de Señoritas, se escuchó un disparo y, de inmediato, el sonido de unos pasos que se daban a la fuga. Quien accionó el revólver era una adolescente que así respondía a un grupo de jóvenes voyeuristas: estos habían hecho, de la ventana de su dormitorio, una parada habitual en sus recorridos nocturnos.

Muchas otras historias, además de la anterior, circulan sobre la escritora Yolanda Oreamuno. Una de las más célebres es la de su fallido secuestro, tramado por un desesperado admirador que acabó vapuleado por otros admiradores, más comedidos.

También causaron sensación su matrimonio con un diplomático chileno, su viaje a Santiago, su regreso ya viuda, y su traslado con viso de escape a Guatemala y México. En este país se relacionó con muchos de los más destacados intelectuales latinoamericanos.

Todas esas anécdotas, casi elevadas al rango de elegante chismografía literaria, contribuyeron a forjar su imagen de mujer diferente, excepcional e inadecuada para la monotonía de la sociedad josefina de aquella época.

El encanto que convoca la excentricidad provocó que durante mucho tiempo se evitara leer el mensaje y el significado de los escritos de Yolanda Oreamuno, y que se los sustituyera –en palabras de Alfonso Chase– por una lectura “entre renglones de los despojos de su leyenda”.

Primeros pasos. Desde finales del siglo XIX, el discurso liberal del progreso había legitimado el acceso de las mujeres a la esfera pública mediante la redefinición del trabajo femenino en las áreas doméstica, comercial y educativa. Sin embargo, tal incorporación era restringida e implicaba la sujeción a las normas de la dominación masculina.

Por tanto, no debe causar extrañeza que las primeras incursiones de Yolanda Oreamuno en la prensa escrita se ajusten a las expectativas más tradicionales sobre la conducta femenina. Su primer ensayo conocido –recién “descubierto”– se titula ¿Puede la mujer tener los mismos derechos políticos que el hombre? y fue publicado por la Revista Costarricense el 16 de octubre de 1932.

En ese breve texto, la estudiante de dieciséis años del Colegio Superior de Señoritas sostiene que no resulta conveniente, desde ninguna perspectiva, que la mujer goce de los mismos derechos políticos que el hombre. La Liga Feminista, fundada en 1923, había hecho, de la aprobación legislativa del voto femenino, uno de sus principales objetivos. Sus constantes campañas en tal sentido mantenían el tema en el centro de la atención pública.

Demostrando una adscripción total al discurso patriarcal sobre los roles de sexo o género, Oreamuno despacha el asunto: “La mujer que quiera sentarse en las sillas del Congreso, la que quiera vivir esa vida agitada y pujante de la política, que selle las puertas de su casa y anule su personalidad”.

Tan solo un año después, en 1933, la joven fue candidata de La Hora , notable y polémico periódico dirigido por el escritor José Marín Cañas, en un concurso de belleza que despertó verdadera pasión. Como era de esperar, el popular diario desarrolló una intensa campaña a favor de su representante, en la que no se escatimó ninguna estrategia publicitaria.

El título principal de la portada de La Hora del 23 de diciembre de 1933 anunciaba: “Yolanda Oreamuno, arquetipo de belleza perfecta, mide exactas las medidas de Miss Universo”.

Las fotografías que ilustraban el artículo pretendían mostrar que la costarricense cumplía a la perfección con el prototipo de la mujer moderna, definido por los centros internacionales del glamour : “Hoy día podemos decir que el siglo veinte está representado por una mujer ágil, alta, fuerte, deportista, inteligente, elegante, sobria en el atavío, con naturalidad en todas sus facciones, de cierto peso, que, sin quitarle fortaleza, la mantenga ágil”.

Otro tiempo. Cinco años después, el 5 de noviembre de 1937, el vespertino La Hora publicó la crónica Su música , en la que Oreamuno reseña el concierto del pianista argentino Óscar Luis Karzag y la impresión que le produjo su música descriptiva. Este texto pasó inadvertido, y a ello contribuyeron los acontecimientos en los que se vio envuelta la escritora. Estos evidencian cómo la leyenda en torno a Yolanda Oreamuno supera y da forma a la realidad sobre su vida.

En la edición de ese mismo día, la portada de La Hora informa de la destitución de Yolanda Oreamuno de su puesto en Tributación Directa por haber participado en el “sabotaje” de la presentación de González Marín, un declamador franquista, en el Teatro Raventós.

La nota periodística lleva por título Yolanda Oreamuno despedida de Tributación Directa , aunque, en realidad, su despido laboral es apenas una consecuencia marginal de los sucesos que allí se relatan.

De hecho, el texto se centra en la descripción detallada de la forma en la que los miembros de la Liga Antifascista y algunos comunistas impidieron la realización del acto del declamador español y del posterior enfrentamiento de los manifestantes con la policía. En consecuencia, el título de la nota, resulta engañoso y cumple una función distractora: desplaza la atención del lector de los hechos políticos hacia la participación de la escritora.

Más de sesenta años después de los disturbios del Teatro Raventós, Joaquín Gutiérrez relató, en sus memorias, que Oreamuno era la encargada de dejar el teatro a oscuras. La versión de Gutiérrez se distancia en mucho de la consignada por los periódicos que dieron cuenta de los acontecimientos – La Hora y La Tribuna –, lo cual puede atribuirse a la gran distancia temporal entre los incidentes (1937) y el momento de la escritura de sus recuerdos (1999). También puede atribuirse al carácter mismo del escrito autobiográfico, que somete los hechos históricos a un particular tratamiento.

Lo cierto es que esa reconstrucción asigna a Oreamuno un papel protagónico muy diverso del que en efecto cumplió. De la información periodística se concluye que Oreamuno nunca llegó a apagar las luces del teatro, tal y como lo afirma Gutiérrez, sino que se limitó a increpar al declamador con un enérgico “¡Cállese!”.

De acuerdo con Emilia Macaya, a partir de 1938, Yolanda Oreamuno inició la búsqueda de una autoafirmación femenina que la distanciara de la ajena y engañosa mirada masculina, y que se fundamentase en “una definición de la mujer surgida desde ella misma”.

Por ello, no es sorprendente que en 1932 aún no se hubiese deslindado del discurso patriarcal que proyectaba a la mujer ideal como un ser que debía mantenerse al margen de la esfera pública.

Los cinco años transcurridos desde la publicación de su primer artículo hasta su participación en los incidentes del Teatro Raventós dan cuenta de un proceso vital hasta ahora poco conocido. En este último momento, la escritora da muestra de un compromiso que va más allá de la retórica y que afirma, con los hechos, la condición impostergable de la mujer como protagonista de la vida política.

Esa circunstancia define a Yolanda Oreamuno –más allá de su aura mítica y del tópico de su gran belleza– como una mujer valerosa y marcada por su espíritu de contradicción frente al poder.

El autor es profesor de la Escuela de Filología, Lingüística y Literatura e investigador del Instituto de Investigaciones Lingüísticas del la UCR. Prepara la publicación de los
Suplemento Áncora. periódico La Nación 6 abril 2008.

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