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RESONOCO

30/04/2008 GMT 1

Germinal

marfuerte @ 23:55

Año 2 Nº 61

Alfonso Chase
La agitada existencia de Jorge Eliécer Gaitán (1898-1948) ha quedado definida, después de su asesinato, como un parte aguas en la historia de Colombia. En nuestro país se le dio seguimiento, antes y después de su muerte, por figuras de la importancia de García Monge, José Figueres, Rodrigo Facio o admiradores como Eugenio Rodríguez y Jorge Luis Villanueva, que llegaron a acumular información especial sobre su trayectoria y su importancia como orador, legislador, ministro de Estado o, simplemente, como líder político, al través de sus camaleónicas transformaciones que le hicieran estar sujeto a vaivenes pero a un norte
definitivo: su amor por el pueblo colombiano, por las transformaciones sociales, por su propio aporte a las ideas políticas, partiendo de un liberalismo ideologizado, hasta darle forma a su propio partido, a la izquierda de los liberales, o conservadores, de su época.

Mucho se ha escrito sobre Jorge Eliécer Gaitán, pero poco se conoce de su pensamiento, sus discursos, sus informes políticos, sus ideas para impulsar a su país y como lo definiera don Vicente Sáenz: “una voz que clama en el desierto, pero cuyo legado palpita en cada uno de nosotros”. Como Flores Magón, Mariátegui, Rubén Martínez Villena o José Vasconcelos, hizo de su vida una obra de arte, con sus imperfecciones que resultaron siempre humanas, exponiendo con valentía su pensamiento abierto, valiente, enraizado en lo criollo pero profundamente universal, casi mestizo en esa capacidad sincrética que tuvo para darle forma a sus proyectos. Aplaudido y celebrado, casi siempre, quedaba solo, al margen de los convencionalismos, con sus ideas de la Universidad Popular, la unidad de los obreros y campesinos, de los intelectuales, para recibir siempre el ostracismo y el dicterio, analizando todo en sus caminatas matinales, por los cerros de Bogotá, mientras las viejas y nuevas oligarquías se restregaban los ojos para despertarse, para darle así nuevos combates. En la suprema consagración de su martirio, como dijo el escritor Osorio Lizarazo, parece que Gaitán fue el elegido de los dioses y la última figura histórica que bien pudo salvar a Colombia de todos los desastres, pasados y presentes. Pero su palabra, y su vida, le permiten estar siempre con nosotros.

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• Jorge Eliécer Gaitán
La acción como destino
Nacionalismo

En 1931 se iniciaron los ataques conservadores al gobierno de Olaya Herrera, encabezados por Los Leopardos, que tomaron la forma de un agresivo nacionalismo de derecha, precursor de la posición fascista que asumieron en la segunda mitad de la década. Gaitán desenmascaró esa falsa postura nacionalista y la comparó con la auténtica de la izquierda. Sin embargo, como se desprende de las siguiente líneas, aún no se había desilusionado del régimen liberal.

Ni ahora ni nunca claudicará nuestro espíritu nacionalista. Hoy y siempre lo defenderemos porque creemos que las naciones latinoamericanas tienen un peligro cierto en los imperialismos, pero nuestro nacionalismo ha de ser siempre un culto severo y solemne a la República, y nunca como en el representante que nos ataca, una sinuosa postura donde tras el amor a la nación apenas si se esconde el ataque sectario a un presidente liberal.

No ha existido un acto nuestro que no afirme a todas horas ese alto sentido de nacionalismo como culto fervoroso a la patria, jamás como pasión política. Y no sobra recordar que fue la exigua palabra de quien habla ante vosotros, la que en memorable ocasión logró impedir que las Empresas Eléctricas de Bogotá pasaran a manos extranjeras. Esa línea recta nos da autoridad moral para exigir que se crea en la lealtad con que defendemos las actuaciones del régimen en cuanto se relaciona con la manera como ha hecho uso de las autorizaciones que el Congreso le otorgara.

Otro muy distinto ha sido el nacionalismo del representante que nos ataca. Dirigía él en esta ciudad un periódico que estaba bajo el patrocinio y las determinaciones directas de un alto personaje eclesiástico extranjero. Valga la pena este paréntesis que nos obliga a dudar de ciertos nacionalistas que no lo son integralmente y que piensan que son los elementos foráneos los que tienen derecho a inspirar las plumas y orientar el pensamiento de los escritores colombianos. Cuando él dirigía ese periódico un gobierno conservador había entregado ya los petróleos a la Tropical; un gobierno conservador también había colocado a una sección de la República bajo el dominio sin límites de una de las más fuertes compañías norteamericanas; un gobierno de ese mismo partido había entregado las concesiones del ferrocarril de La Dorada y del que une a Puerto Colombia con Barranquilla. Los factores económicos que ponen en peligro la independencia del pueblo habían sido concedidos a extranjeros y por eso el poderío americano había clavado ya sus zarpas en la economía nacional. Por eso hubiera sido mejor callar la historia de otros capítulos dolorosos. Recuero que un ministro conservador había iniciado una política nacionalista; un candidato de ese partido, el doctor Guillermo Valencia, protestaba contra la posición de satélite que estábamos representando en la gran constelación panamericana; un repúblico excelso, el doctor José Vicente Concha, desde la gravedad soleada de la Ciudad Eterna proclamaba la fuerza del credo nacionalista: ¿Creéis vosotros que en ese entonces el representante y periodista a que me refiero predicó nacionalismo? ¡No! Al contrario. Su pluma se esgrimió entonces contra el ministro, contra el patricio y contra el gran repúblico conservadores, vertiendo sobre sus cabezas de patriotas los más repugnantes dicterios. Y no se detuvo allí sino que en forma indigna propugnó en sus editoriales la entrega económica a los americanos y cantó las excelencias del imperialismo contra el cual solamente hoy se desata. Oíd sus palabras textuales. (Da lectura a varios editoriales del periódico “El Debate”).

Y esto se escribía cuando ya todo había sido entregado y en los tiempos en que en el Palacio de la Carrera no regía los destinos públicos un presidente liberal sino un presidente conservador. Habéis oído a ese representante al iniciar su batalla contra el doctor Olaya Herrera, relatar las páginas dolientes de la vida de Centroamérica. En desfile que acongoja nos recordó el martirio de Haití, la pérdida de la libertad económica de Cuba, la odisea de Nicaragua y otros abominables episodios que todos conocemos y contra los cuales nuestro espíritu iberoamericano vive consignando su empinada protesta. ¿Sabéis cuándo el parlamentario que nos acusa decía que desde México hasta el Plata los Estados Unidos no hacían sino unir, salvar y civilizar? Lo decía en la época precisa, en el exacto tiempo en que sobre el pueblo martirizado de Haití se hincaba la garra del invasor; proclamaba las excelencias de los Estados Unidos cuando sobre la carne de ébano de aquellos pueblos sin ventura ¡fulgía la púrpura de las heridas abiertas por los marinos extranjeros! ¿Qué nacionalismo es éste que callaba las dolencias de nuestras naciones hermanas durante todo el tiempo en que los regímenes conservadores entregaron nuestra economía al imperialismo extranjero y sólo ahora levanta la bandera de un fingido nacionalismo para desatar su acometida contra el presidente Olaya? Nacionalista fuimos nosotros ayer y lo somos hoy; pero nacionalistas que no somos enemigos del pueblo americano sino adversarios de los sistemas imperialistas que tienen sus más vigorosos opositores en ese mismo gran pueblo que trabaja bajo la égida protectora de la Estatua de la Libertad. Nosotros hemos atacado medidas que creíamos peligrosas y no sólo dentro de los regímenes conservadores sino también en el régimen liberal. Luego, no somos nosotros los inconsecuentes y nuestra actitud ofrece una línea recta y constante, muy distinta a la que brinda el zigzag del parlamentario que nos ataca. Digamos de una vez lo que tras esta campaña se esconde. Cuando el partido conservador dominaba, se aplaudían como virtudes lo que ahora, en el régimen liberal, se califica de pecados. Se trata simplemente de un odio político, de una actitud banderiza contra el presidente Olaya. Ese presunto nacionalismo de que ahora se nos habla nada tiene del hondo culto, del fervor místico que nosotros sentimos por la patria y que nos llevó a formular ataque blindados de sinceridad contra el negocio del Catatumbo. Nuestra voz era entonces patriótica y sentida, pero ahora se está convirtiendo lo sagrado de los principios nacionalistas en bandera sectaria que escude los ataques políticos a un presidente liberal y se hace lo que nunca debe hacerse: sacrificar el amor a la patria en holocausto a los rencores de bandería.
Revista abanico. Periódico La Prensa Libre 12 abril 2008.

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