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RESONOCO

01/05/2008 GMT 1

Del idealismo a la tragedia

marfuerte @ 00:06

Las FARC en la mira. De cómo lo que nació como una revuelta de campesinos explotados se convirtió, casi medio siglo después, en un movimiento guerrillero que predica un confuso discurso, negocia con narcotraficantes y ejecuta prácticas demenciales.

Yuri Lorena Jiménez | yjimenez@nacion.com
El ideal que unió , 44 años atrás, a un grupo de campesinos acosados y desesperados por la explotación, y que poco a poco evolucionó hacia una guerrilla marxista en los años 70 y 80, parece haber naufragado en los pantanos de las selvas impenetrables donde se internaron sus guerrilleros hace más de una década.

Hoy, quienes integran las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia (FARC) degradaron sus métodos de lucha al punto de incluir entre sus prácticas el secuestro, el tráfico de cocaína, las matanzas de civiles, los atentados terroristas, el reclutamiento forzado de menores y la explotación de mujeres en trabajos sexuales y serviles.

Pese a que las FARC han sido fuente de noticia permanente desde que existen –constituyen la guerrilla más antigua de América Latina– es en los últimos meses cuando su protagonismo mediático ha alcanzado, quizá, el punto más alto de su historia. Dos hechos puntuales han puesto al movimiento guerrillero en la mira del planeta: la pérdida, en solo un mes, de Raúl Reyes e Iván Ríos, su segundo y tercer hombre en la cadena de mando; y la delicada situación en que se encuentran las “mercancías” más valiosos de las FARC: se trata de unos 5.000 rehenes, encabezados por “la secuestrada más famosa del mundo”, como se le llama a la excandidata presidencial Ingrid Betancourt, que estáen cautiverio desde hace seis años y cuya salud estaría deteriorándose hasta tenerla en riesgo de muerte.

Héctor Abad Faciolince, uno de los más importantes escritores de Colombia, intenta explicarlo en una crónica recién publicada en el diario El País, de España.

Para Abad, el discurso de las FARC parece hoy un espectro de la Guerra Fría, con eslóganes repetidos del comunismo boyante en aquella época. De hecho, el que se llamó “Ejército del Pueblo” tiene un apoyo entre la población que no llega al 3%. Hoy hasta el partido político más de izquierda, el Polo Democrático, condena con vehemencia sus formas sanguinarias de lucha y sus métodos de financiamiento.

Y es que desde hace años se sabe que las dos principales fuentes de financiamiento de las FARC provienen de sus alianzas con el narcotráfico y de lo que a estas alturas se denomina “la industria del secuestro”. Pero fue cuando trascendió el calibre de la trágica situación que viven Betancourt y los demás cautivos, que en el mundo aumentaron las voces de protesta y la presión sobre los guerrilleros.

Sin embargo, con todo y sus recientes bajas en el liderazgo y la caída libre de su imagen a nivel mundial, es incierto elucubrar cuánto más podría sostenerse este grupo insurgente apertrechado por completo a la sombra de la selva, donde los objetivos de la lucha parecen haber sido sustituidos por una suerte de locura.

Solo así se explica que centenares de hombres y mujeres hayan elegido vivir durante años en las condiciones más inclementes, enfrentándose a la muerte un día sí y otro también, enterrando a los suyos. O traicionándolos.

Una clara evidencia de la confusión a la que ha llegado el grupo, incluso en las cúpulas, fue el asesinato, por parte de su propio guardaespaldas, de Iván Rojas, tercero en la línea de mando.

Como acota Abad, el solo hecho macabro de que el traidor haya matado también a su compañera y le haya cercenado una mano para demostrar la identidad del muerto revela el grado de degradación de esta guerra.

¿Mal endémico? El fenómeno de las FARC y su ascenso y degradación ha sido objeto de centenares de reportajes y análisis históricos y sociológicos.

Todos coinciden en que Colombia ha padecido una violencia endémica desde hace más de un siglo, pero... ¿dónde, cuándo y cómo empezó?

Un reportaje del diario colombiano El Tiempo , publicado esta semana con motivo del 60 aniversario del asesinato de Jorge Eliécer Gaitán ( ver recuadro “Cuando todo empezó” ), ofrece algunos puntos de vista sobre el origen de la violencia que impera en ese país y que hoy enarbolan, entre otros, las FARC.

Para el exalcalde de Bogotá, Jaime Castro, Colombia ha sido un país endémicamente violento. Según él, la violencia que arranca con la muerte de Gaitán proviene del conflicto liberal-conservador y tiene sus inicios en los años 30. En la década del 60 se transforma a su vez en la violencia guerrillera. Él descarta la posición de muchos en el sentido de que el detonante de la espiral de violencia en Colombia fue el asesinato de Gaitán.

En la misma línea, el historiador Alberto Dangond Uribe, afirma que la muerte del caudillo liberal produjo una conmoción que se prolongó por un tiempo, pero en el curso de estos 60 años han ocurrido otros hechos que desataron la violencia actual. “Lo de Gaitán no tuvo nada que ver con el narcotráfico ni con guerrilla, por ejemplo”, declaró a El Tiempo.

En su crónica de El País , Héctor Abad asegura que la posición del gobierno actual contribuye muy poco con el ansiado fin de la violencia con que actúan las FARC.

“(El gobierno) es alérgico a todo acuerdo de paz y absolutamente inclinado a la solución militar del conflicto. Cada año dedican una porción más grande del presupuesto a financiar las Fuerzas Armadas. Ni aún así han sido capaz de derrotarlas del todo después de casi seis años de lucha sin cuartel. Ha disminuido el secuestro, es cierto; los han alejado aún más de los centros urbanos y de las carreteras principales; pero la victoria definitiva no parece inminente a pesar del creciente tono triunfalista de los comunicados del Gobierno”, analiza Abad.

Un informe especial de la última edición de la revista Semana , que también analiza el surgimiento de la violencia en el país a partir del asesinato de Jorge Eliécer Gaitán, coincide en que la Violencia (la escriben así, con mayúscula) se asentó en el país hace 60 años. Lo que ha ido cambiando son los ejecutores.

Para ellos, durante El Bogotazo, en las calles se iniciaba el preámbulo de una guerra fraticida que aún no termina, por el control del poder político. En la Violencia, afirma Semana , han muerto entre 250.000 y 350.000 personas y miles, desplazados.

Y realiza una analogía entre el pasado y el presente: “Sesenta años después, un hilo conductor continúa presente en los sobrevivientes de entonces y los de ahora: el dolor de cientos de miles de colombianos muertos, desplazados, y la resistencia humana que surge para poner por delante el valor de la vida antes que la barbarie”.

‘El Bogotazo’, ¿génesis de la violencia?

Cuando todo empezó

Sesenta años después del asesinato del político Jorge Eliécer Gaitán, existe un alto grado de consenso entre los colombianos en cuanto a que esos cuatro disparos que estremecieron el centro de Bogotácambiaron la historia de Colombia.Gaitán fue asesinado el 9 de abril de 1948 por Juan Roa, un hombre que no vivió mucho después de disparar contra el personaje más popular y carismático de entonces, líder de izquierda del Partido Liberal, a quien se consideraba el seguro ganador de las elecciones presidenciales de 1950.

“¡Mataron a Gaitán! ¡Mataron a Gaitán!”, fue el grito que inundó la capital colombiana ese día. Testigos todavía recuerdan que, minutos después, el cielo se cubrió de negro por el humo de los incendios en una revuelta conocida como El Bogotazo, que dejó por lo menos 600 muertos y un millar de heridos, según la Cruz Roja.Sus seguidores no tardaron en vengar el crimen. Roa fue linchado por una turba enfurecida y su cadáver fue arrojado al frente del Palacio de Gobierno, donde muchos trataron de entrar para atacar al presidente conservador Mariano Ospina (1946-1950).

Miles de personas quemaron dependencias públicas, mientras la noticia de una “revolución” en Bogotá recorría como pólvora el país. Los policías, muchos de ellos “gaitanistas” por su condición humilde, se unieron a la revuelta y entregaron armas a la población, pero el movimiento, carente de un líder, fracasó . Muchos de los “revolucionarios” terminaron borrachos tras saquear las ventas de licores.

Bogotá estaba muy vigilada por esos días, pues era sede de una conferencia que se convirtió en el acta de nacimiento de la Organización de Estados Americanos (OEA). Paralelamente, se realizaba un Congreso Latinoamericano de Estudiantes que contaba con la participación de un universi-tario cubano que, el 7 de abril, había quedado cautivado con Gaitán en una entrevista. También él empuñó las armas para unirse a la revuelta popular. Era Fidel Castro.

Muerto Gaitán, las heridas no quedaron cerradas y Colombia pasó de una violencia protagonizada por sectores armados de los partidos Conservador y Liberal, a movimientos campesinos cercanos ideológicamente a esta última colectividad.

Las ideas comunistas calaron en estas organizaciones y, en los años 60, aparecieron grupos guerrilleros como las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia (FARC), por lo que se cree que el crimen de Gaitán, de una u otra forma, es un eslabón entre el pasado y el presente del país. Uno de los investigadores forenses del caso, Germán Antía, declaró a a la agencia DPA: “Tres fueron las balas que mataron a Gaitán pero una de ellas mató a varias generaciones de colombianos”.

Ni la última tecnología puede contra ella

La selva, gran cómplice

Quizá los colombianos –o quienes conozcan lo suficiente ese país– lo comprenden mejor, pero desde que las FARC tomaron las selvas como guarida suya y de sus cientos de secuestrados, el resto del mundo se pregunta cómo es que ni la moderna tecnología del país más poderoso del mundo, logra dar con su paradero.Un informe especial del escritor Héctor Abad, para El País, de España, despeja estas y otras dudas. ¿Cómo logran vivir, desplazarse y hasta reproducirse, los guerrilleros junto con sus cautivos, en selvas impenetrables, infestadas de enfermedades, que ocupan un territorio del tamaño de Suiza? Abad explica que, para guarecerse de sus enemigos, la guerrilla primero se trasladó a las zonas rurales, pero el acoso llegó hasta ahí y, desde entonces, se convirtió en una “guerrilla selvática”. “Son las selvas desmesuradas e inextricables de Colombia las que explican que todo el poderío militar de Estados Unidos (que entrega a Colombia –después de Israel y Egipto– la tercera ayuda militar más grande del planeta) haya sido incapaz de rastrear el sitio donde se encuentran, por ejemplo, los tres contratistas norteamericanos secuestrados desde hace cinco años en el sur del país. Y es la selva también lo que le da su carácter (salvaje) a este conflicto, porque allí, al decir de un poeta colombiano, ‘los hombres aprenden a ser crueles’”, escribe Abad.Y es que, los hombres a los que se refiere, viven durante años a la sombra, con ciento por ciento de humedad y 40 grados de temperatura en parajes selváticos llenos de alimañas y enfermedades (paludismo, cólera, fiebre amarilla, leishmaniasis). El fotógrafo Álvaro Ybarra Zavala, quien tras años de intentos, logró colarse entre las FARC para retratar su día a día, complementa el reportaje de El País . “Allí, en la zona del río San Juan, departamento del Chocó (costa del Pacífico), todo es gris, todo de una humedad infernal. Allí se pasa en minutos de una tarde de sol pleno, a un aguacero fiero; un calor tan sofocante que convierte en eternos los frecuentes desplazamientos que hacemos de patrulla, entre campamento y campamento, en una jungla densa. Un escenario vegetal que nos engulle, por el que me muevo a ciegas detrás de los guerrilleros, expertísimos (...) Allí todo es niebla y pantano”.Abad explica que, en la guerra de guerrillas, se dice que el ejército regular pierde si no gana, mientras que a la guerrilla le basta con no perder para seguir soñando con el triunfo. Así, en todos los sentidos, hasta ahora, la geografía colombiana ha jugado a favor de la guerrilla.Además, agrega el experto, aunque el Gobierno colombiano publica cada año cifras crecientes de bajas, deserciones o capturas de guerrilleros, estos parecen reproducirse “como por encanto”. Sostiene que, pese a que muchos mueren o se retiran, otros los reemplazan, ya sea porque son reclutados a la fuerza, cuando se trata de hijos de familias pobres que viven en la zona, o porque son muchachos muy pobres a quienes las FARC les pagan una modesta mesada. ¿Cuántos guerrilleros son? Nadie lo sabe con certeza y los datos son ambiguos: se habla de entre 8.000 y 30.000.

Los secuestrados y sus familias padecen un sufrimiento inenarrable

Industria del secuestro, pecado capital

Tras la historia de la secuestrada “más famosa del mundo”, la excandidata presidencial colombiana Ingrid Betancourt, se halla la tragedia de unas 5.000 individuos que están prisioneros en las selvas de ese país. Un drama humanitario sin parangón en el orbe.Hace casi un año, el 28 de abril, sucedió algo insólito: el subintendente de policía Jhon Frank Pinchao logró escapar de su cautiverio de nueve años, tras caminar 18 días en la inclemente selva. De hecho, la fuga de Pinchao y toda la información que ofreció, marcaron un antes y un después en la atención mediática que se le había dado a la pesadilla del secuestro en ese país. Y es que fue el expolicía quien ofreció la primera prueba, en cuatro años, de que Betancourt estaba viva... pero también narró las condiciones infrahumanas, las humillaciones y los quebran-tos de salud que sufría ella.

Reveló que los secuestrados viven en auténticos campos de concentración –al típico estilo nazi– , compartiendo jaulas y atados del cuello unos a otros, con cordones que les ponen los guerrilleros.

Aquello removió el dolor en las entrañas de centenares de familias que comparten la tragedia de tener en cautiverio a un ser querido o un amigo cercano.

A partir de entonces, arreció la presión del mundo sobre las FARC y sobre el gobierno colombiano para que lleguen a un acuerdo que ponga fin a esta tragedia.

Desde entonces, algunos rehenes han sido liberados, pero las negociaciones se mantienen en un estira y encoge perenne y, hasta ahora, no se vislumbra una salida en el corto plazo. Entretanto, rumores sobre la inminente muerte de Betancourt, por problemas de salud, han puesto en vilo a los gobiernos de Colombia y Francia (ella tiene ambas nacionalidades), amén de las elucubraciones sobre el enorme conflicto que surgiría entre las partes en conflicto si Ingrid llega a fallecer en cautiverio.

Como si no fuera suficiente tanto sufrimiento vivido por los cautivos, algunos de los liberados han encendido la polémica y hasta la crítica en su contra, luego de que revelaran los problemas de convivencia que tuvieron con sus excompañeros aún secuestrados.

La revista Semana publica en su última edición un reportaje sobre lo que está ocurriendo con los recién liberados.

Cita, entre otros, el caso del excongresista Luis Eladio Pérez, quien, tras recuperar su libertad ha pronunciado varias veces una frase lapidaria: “Hubiera preferido pasar solo todo el cautiverio”.

Pérez, quien permaneció así durante los dos primeros años, asevera que es mejor hablar con los árboles que con las demás personas que estuvieron raptadas junto a él durante el secuestro.

Sus palabras causaron indignación en muchos de los familiares de los secuestrados, mas Pérez no es el único que ha expresado ese sentir.

En su libro Mi fuga hacia la libertad , Jhon Frank Pinchao relató lo dura que fue la convivencia con algunos de sus compañeros, con los que llegó incluso a los golpes.

Y Clara Rojas, la asistente de Ingrid Betancourt –y quien fue secuestrada junto con ella– liberada a principios de año, nunca ha negado que el cautiverio deterioró su otrora sólida amistad con la excandidata.

Varios expertos han salido en defensa de los exsecuestrados, al explicar que, en situaciones tan extremas, se exacerban los conflictos humanos.

Así, amén de los sufrimientos físicos y psicológicos a que están sometidas las víctimas en poder de las FARC, ahora se suma, como resultado de las nuevas revelaciones, que la convivencia con los de su propio bando es conflictiva.

A los familiares y amigos, esta noticia no ha hecho más que aumentarles la preocupación y la impotencia.

Tienen razón. Peor, imposible.

REvista Proa. periódico La Nación 13 abril 2008.

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