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Pasado presente
José Fidel Tristán
Diario de arqueología
Museo Nacional
Myrna Rojas G. (arqueóloga) y Gabriela Villalobos M. (historiadora)
De la infancia le viene a José Fidel el primer recuerdo de cuando escuchó hablar sobre arqueología. Ocurrió cuando su tío Mauro Fernández lo llevó a ver una “huaca” que apareció durante la construcción de un puente sobre el río Torres. De los objetos precolombinos hallados se atrevió a pedir uno, y lo llevó a su casa con sumo cuidado después de abrumar con preguntas a su influyente tío.
“De don Mauro recibí la primera lección de arqueología, y de labios de mi madre tantas explicaciones que desarrollaron en mí una gran afición por estos estudios, los que ya en un período muy largo de mi vida, me han hecho pasar muchas horas en divagaciones y muchas horas en inquietante expectativa al abrir otras sepulturas”, escribió Tristán en 1921.
Ese interés por la arqueología lo dejó plasmado en escritos, hasta ahora inéditos, que el Museo Nacional publica bajo el título de Diario de arqueología de José Fidel Tristán . Contiene textos obtenidos del Fondo José Fidel Tristán, custodiado por el Archivo Nacional de Costa Rica.
Lo valioso de esta publicación reside en que es casi inexistente una producción científica generada por nacionales sobre la arqueología costarricense durante las primeras décadas del siglo XX.
En sus escritos, Tristán retrata parte de nuestra primera historia, la precolombina, por medio de textos e imágenes de sitios arqueológicos, descripciones de colecciones y análisis de piezas, especialmente del Valle Central.
José Fidel Tristán Fernández nació el 6 de setiembre de 1874; su padre fue Fidel Tristán Céspedes, y su madre fue Práxedis Fernández Acuña, hermana de Mauro Fernández, figura clave de la reforma educativa costarricense de finales del siglo XIX. Cuando se graduó del Liceo de Costa Rica trabajó, entre 1894 y 1897, como asistente de mineralogía en el Museo Nacional.
Después partió a estudiar educación a Chile. A su regreso en 1900, se incorporó como docente y después como director del Colegio Superior de Señoritas (director entre 1908-1921) y posteriormente del Liceo de Costa Rica (director entre 1922-1929). A partir 1930 pasó a dirigir al Museo Nacional, labor súbitamente interrumpida cuando murió el 23 de enero de 1932.
Fascinado por el mundo de la ciencia y como hijo de su tiempo, tuvo un concepto del quehacer científico que no sufría los excesos de la especialización de la actualidad. Paralela a su labor docente, realizó un trabajo de investigación en varios campos (biología, física), aunque se destacó por sus investigaciones sobre vulcanología y la sismicidad.
En el caso de la arqueología, Tristán solo publicó tres notas, pálido reflejo de lo desarrollado en sus diarios de investigación inéditos. Algo sobresaliente para su época fue su preocupación de ir más allá del objeto, de tomar datos del contexto de las “huacas”, en ocasiones con ilustraciones de gran calidad y detalle.
En esa época existía un gusto por las “antigüedades” que se popularizó entre las élites costarricenses, especialmente a partir de finales del siglo XIX. Eran bellos objetos, símbolos de lo exótico y con un valor mercantil cuando eran vendidos a museos y coleccionistas extranjeros.
En el límite desdibujado entre la arqueología y el coleccionismo, Tristán se acercó a lo indígena, no con la connotación etnocéntrica común de su época, pero tampoco con un sentido de pertenencia.
En sus escritos, Tristán presenta notas de campo, analiza patrones funerarios, interpreta iconográficamente los objetos y su relación con el entorno natural; asimismo, se pregunta sobre el uso de tales objetos.
Esas actitudes todavía son válidas en la arqueología. Aunque Tristán no se aventuró a encontrar todas las respuestas, sí reflejó el accionar de una mente inquisitiva preocupada por entender su entorno. Esta es una búsqueda que algunos hacen por medio de la ciencia, otros por medio del arte, como bien lo retrató Francisco Amighetti en 1959, cuando habló de la sala en la que su profesor Tristán trabajaba:
“Parecía más bien el estudio de un pintor, con su caballete, su colección de objetos indígenas, sus pinturas, sus fotografías de volcanes, sus libros y sus papeles, donde acumulaba notas, observaciones y estudios”.
Suplemento Áncora. periódico La Nación 13 abril 2008.

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