Administra tu Blog

¡Crea tu Blog Ya! Fácil y Gratis

RESONOCO

01/05/2008 GMT 1

Tiempos violentos

marfuerte @ 00:04

Colombia lleva décadas sumida en una espiral de violencia, hoy enarbolada ante el mundo –entre otros grupos– por las FARC. ¿Cómo empezó todo? Un relato de primera mano ofrece su versión a partir de remembranzas de infancia en Bogotá.

Zoraida Díaz | zora_diaz@hotmail.com
En mi país, desde el despertar de la conciencia en la niñez, todos contamos historias. Algunas son tan antiguas, que al repetirlas los hombres malos dejan de ser humanos para convertirse en demonios, como las historias de Juan Sin Miedo que me contaba mi padre Domingo Díaz Gallo, quien las aprendió de su padre don Cantalicio Díaz en su pueblo natal de Chivatá, en la Boyacá de antaño.

Mi padre cuenta que en esos tiempos –cuando la gente se persignaba de miedo al escuchar el trueno de los primeros aviones– los hombres trabajaban los campos como bestias y se arrodillaban para besarle la mano al patrón y al cura.

Fue en esos tiempos férreos de comienzos del siglo XX (cuando el campesinado colombiano sufría de hambre y abandono), que surgieron las primeras guerrillas. Aquellos hombres declararían repúblicas independientes en el campo para luchar contra los terratenientes, protegidos y entronados por el ejército.

Poco a poco, esos resguardos de campesinos que luchaban por el derecho a labrar la tierra, fueron desapareciendo bajo el poderío del ejército y los incipientes grupos de autodefensas que organizó el Estado. Y entonces, el campesino tuvo que emigrar a la ciudad, escapando del hambre y levantando tugurios como antes levantaba maíz.

Para terminar la década en que finalizó la Guerra Mundial más infame de todas, Colombia se sumió en una época de implacable odio. El 9 de abril de 1948, cuando el líder liberal Jorge Eliécer Gaitán cayó asesinado en la entrada de su oficina, la ciudad enloqueció. El Bogotazo desatado en ese instante dividió al país en una cruenta guerra civil que dejaría más de 200.000 muertos en los próximos 15 años.

La historia de ese día la cuenta mi padre como si él la hubiese escrito. Lo que yo puedo contar sobre tal fecha, casi 20 años antes de mi nacimiento, está arraigado en mi memoria con tal ahínco, que solo me falta haber tomado las fotos que comprobasen que sí estuve allí. Mi padre cuenta que la noticia de la muerte de Gaitán se regó con fuego: como si en la desaparición del orador que abogaba por el pueblo, todo un país hubiese perdido la esperanza.

Mientras el centro de Bogotá ardía, chusmas de gente se formaban como remolinos en cada esquina. Armados con palos, sartenes y piedras, corrían dementes buscando apaciguar su sed de venganza matando a los “conservadores asesinos”.

Mi padre siempre cuenta la historia igual, como viendo una película en cámara lenta. Hacía pocos días, su hermano Dionisio había llegado a la capital. A sus 18 años, Dionisio era un hombre de excepcional belleza. Mi padre cuenta que era altísimo (no tiene nada de extraño que en mi memoria, mi tío sea un gigante de casi dos metros), la encarnación del ideal masculino, con su piel blanca y ojos verdes. Había llegado del campo en pos de trabajo y ese día, el 9 de abril, lo encontró en una pensión de la ciudad.

Cuando los disparos se escuchaban tan cerca que retumbaban dentro de la casa, llegaron unos muchachitos corriendo a avisar que venían hombres armados matando gente.

Dionisio se incorporó y, en el instante siguiente, al abrir la puerta a ver qué era aquella bulla, se oyó el estruendo de un disparo y Dionisio, el hermano perfecto, cayó muerto en el umbral de la casa.

Mi papá dice que el hombre que mató a Dionisio era un reo escapado al que llamaban Barrabás, y que antes de matar al hermano bello, ya había fulminado a 17 personas.

Esta historia heredada es una de tantas historias de violencia que los colombianos llevamos en la sangre. Lejos de la patria, la nostalgia por las historias crece en el tiempo.

Me marché de Colombia hace casi 15 años. Muchos han muerto ultimados por la violencia, palabra que, para el colombiano, hace rato adquirió rasgos humanos y se convirtió en nombre propio: “La Violencia” es como hablar en Costa Rica de “La Llorona”, ambas sinónimos de tragedia, ambas conceptos que se mueven entre los límites de la realidad y el mito; la historia y la memoria.

La violencia de hoy en Colombia, la de los bombardeos en la frontera con el Ecuador, la del narcotráfico y la perpetrada contra miles de secuestrados y desaparecidos, nació de la violencia de hace cinco, diez, cincuenta y cien años.

El legendario Manuel Marulanda Vélez, inmortalizado por su nombre de guerrero, Tirofijo , sigue siendo protagonista después de medio siglo.

Pablo Escobar sigue vivo cada vez que se extradita a un narcotraficante líder de un nuevo cartel, cada vez que se captura otro cargamento de cocaína.

Contar la historia de mi tío muerto, o la historia de Escobar, o la historia de los desaparecidos, es contar todas las historias entrelazadas de todos los muertos que nosotros, los colombianos, llevamos a cuestas.

Revista Proa. periódico La Nación 13 abril 2008

Comentarios

No hay Comentarios »

Dejar un Comentario


<a href> <em> <blockquote> <strong> <cite> <code> <ul> <li> <dl> <dt> <dd>

Archivo | ¡Crea tu Blog Ya! Fácil y Gratis