Chávez hasta en la sopa (3)
El gran novelista nicaragüense Sergio Ramírez estuvo recientemente en Caracas. El presente artículo, publicado en La Nueva Revista de Libros de Nueva York, reseña el actual régimen político de Venezuela. Se reproduce en Costa Rica en tres entregas, como una contribución especial para Página Abierta.
Sergio Ramírez
Chávez hasta en la sopa. Una semana en Venezuela, metido en conversaciones diarias que siempre van a dar al tema de Chávez, me ha ayudado a dilucidar no pocos temas. Pero el sustento me lo ha dado Hugo Chávez sin uniforme, el libro escrito por Cristina Marcano y Alberto Barrera, con el que he vuelto a encontrarme, para mi ventaja.
En el aeropuerto de Maracaibo he comprado un ejemplar de la edición venezolana que lleva ya vendidos 15.000 ejemplares, una cifra notable para los cánones locales, y me he propuesto que su relectura acompañe mi visita, una manera ideal de hacer comparaciones y comprobaciones en base a un libro que me sedujo cuando lo leí por primera vez en el 2005, año en que también tuve la oportunidad de conocer a sus autores con motivo del Hay Festival celebrado en Cartagena de Indias.
El libro va sobre dos vertientes que se alternan de manera atractiva en el relato. En una se cuenta la historia política de Chávez y las circunstancias históricas que han rodeado su ascenso y su permanencia en el poder, en medio de diversos avatares, viniendo como viene de un golpe de estado que orquestó en 1992 contra el presidente Carlos Andrés Pérez, y que fracasó, y habiendo sobrevivido a otro golpe de estado en el 2002, diez años después, porque también éste fracasó.
A lo largo de esa década, entre dos golpes de estado, la historia moderna de Venezuela sufrió profundas modificaciones de la mano de Chávez, las que el libro explora en sus diversas facetas, y explora también las consecuencias del fracaso del golpe contra Chávez, aún vigentes. Pero aún cuando en sus páginas hallamos referencias que vienen a ser imprescindibles para moverse por los meandros de la realidad venezolana, la situación es siempre de permanentes cambios, y la dinámica de los acontecimientos arrasa con las previsiones y las predicciones, con lo que cualquier relato histórico, por acucioso y bien documentado que sea, se vuelve provisional.
Hoy, las reformas constitucionales propuestas han venido a corregir de manera dramática el panorama descrito por el libro, por mucho que en sus páginas pueda intuirse que Chávez apuntaba desde el principio hacia una escalada en la que, valiéndose de las instituciones, se dispone a buscar siempre más poder, y a asegurar espacios concebidos como irreversibles para su proyecto de socialismo del siglo XXI. Los análisis son todo el tiempo correctos, pero necesariamente insuficientes. Un libro de esta naturaleza tiene un siguiente capítulo siempre abierto.
Donde el libro no tiene provisionalidad, es al establecer los elementos que conforman la compleja personalidad de Chávez, a partir del rastreo de su vida, y al entrar en su intimidad a través de muy diversos testimonios que van tejiéndose para componer una biografía contada a dos voces cantantes, pero que lleva en el fondo un coro de sustento. Y si el Chávez definitivo puede ser indescifrable, y lo que se abren son más preguntas ante las respuestas obtenidas, la ruta que los autores siguen es fascinante, y uno termina por hallar lo que busca, al arquetipo del caudillo latinoamericano de todos los tiempos que ha ascendido desde los estratos más humildes, y luchando con devoción mesiánica, fija la mente en la idea de poder, logra alzarse por fin con el premio mayor.
Para buscar al Chávez verdadero, al fin y al cabo siempre escurridizo, hay que pelar todas las capas de la cebolla, como lo hacen los autores del libro, una investigación de múltiples fuentes, y testimonios de amigos y enemigos, más de 60 entrevistas, desde luego que en la propia personalidad de Chávez no caben las tibiezas en las relaciones personales, sino las amistades o las enemistades a muerte, la traición o la obediencia.
El hallazgo del libro que más seduce es el del Chávez que se inventa a sí mismo hacia atrás, reconstruyéndose como personaje histórico de acuerdo a sus propias necesidades, todo un alarde de invención que penetra su propia biografía y la moldea y modula como lo haría un novelista que toma ventaja de sus recuerdos y de sus vivencias, sin respetar la veracidad. Chávez ha inventado su propio mito -de niño en el humilde poblado de Sabaneta, donde nació, no quería ser Supermán, sino Bolívar-. Además, dice Barrera en una reciente entrevista al suplemento Domingo del diario La Prensa de Managua, Chávez es autorreferencial. Todo el tiempo habla de sí mismo, “y se va construyendo como el personaje de una saga heroica. Es natural que revise su infancia y la quiera recuperar de otra manera”. La manera que conviene a su permanente puesta en escena.
Es Chávez inventado por Chávez, el héroe de un culebrón político, el que queda expuesto en Chávez sin uniforme. Y él mismo, afirma Barrera en la entrevista citada, es el director de la telenovela, se dirige a sí mismo frente a las cámaras. Y puede convertir sus fracasos en victorias, gracias a su poder mediático, algo de lo que se halla consciente, y trabaja sobre ese libreto. “Sabe detectar rápidamente la realidad de una serie de cosas y reelaborarlas, reinterpretarlas y devolvérselas a la gente de otra manera”.
“Chávez que es una emoción, una emoción mediática, transmite verdad”, agrega Barrera, “te mira a los ojos por la cámara y además no tiene pudor en hacerte una campaña y decirte “te amo”, “amor con amor se paga”. ¿Cuándo la cursilería invadió la política de tal manera? Nunca.” Es el Chávez cursi o insolente, melodramático o airado, provocador o enternecido, el que canta a capella o endilga una parrafada retórica.
Es el líder supremo tradicional que busca acomodar todo a su propio proyecto único, y se vale antes de nada del atractivo de su personalidad. Toca los registros claves del alma popular, se identifica con los de abajo como uno más de ellos, se hace cargo de sus aspiraciones y ansiedades, y también de sus fobias y sus resentimientos, metiéndose de cabeza en sus actitudes y creencias, lo mismo que en su lenguaje, al que sabe copiar en sus matices, aún los del irrespeto y la grosería. Y se vale, con igual ventaja, de las debilidades de sus adversarios, y de la subestimación de que desde el principio lo hicieron objeto, creyendo que podrían manipularlo. En Hugo Chávez sin uniforme, tenemos un estupendo retrato hablado.
Parecerá cursi en los estratos intelectuales cuando canta joropos con voz desafinada frente a las cámaras de televisión, o despreciable cuando insulta con lenguaje soez, pero frente al sentimiento popular es el héroe de telenovela que de pobre pasó a poderoso, no importa que ahora use trajes cortados a la medida y relojes Cartier. Un día todos serán como él, como la empleada doméstica que en las telenovelas se casará con el patrón millonario y vivirán felices. Un asunto de esperanzas avivadas por la mano dadivosa que regala de todo, becas, subsidios, medicamentos, materiales de construcción. El taumaturgo que devuelve la vista a través de la “Operación Milagro”.
Es la magia del populismo benefactor, del que fue maestra Eva Perón, quien a través de la fundación que llevaba su nombre dio a la caridad un rango de estado, repartiendo desde muñecas en Navidades para las niñas hijas de los “cabecitas negras”, a viviendas populares, camas, estufas, máquinas de coser, sillas de ruedas, órdenes de atención médica en los hospitales públicos, y lo mismo becas de estudio, no importaba que vistiera pieles y se adornara con joyas de Tifanny.
Ese vínculo entre el caudillo y los pobres que reciben dádivas, y que ven en él una expresión de la divinidad, se vuelve más duradero y resistente de lo que sus adversarios políticos quieren aceptar, no en balde las imágenes de los cuadillos terminan enfloradas y alumbradas por velas igual que las de los santos. El peronismo, muerto hace años el general Perón, y muerta aún antes Eva Perón, sigue siendo un factor decisivo de poder en Argentina. Más de medio siglo después que Evita “entró en la inmortalidad”, Cristina de Kirchner, la nueva presidenta, arrastra a las masas emulándola.
Todo esto sirve para concluir que el chavismo no es un fenómeno circunstancial, sino que resultó de una crisis terminal del sistema político venezolano, cubrió vacíos, y aprovechó oportunidades, la más importante de ellas la recurrencia viciosa de las sociedades latinoamericanas a las figuras mesiánicas que no tardan en erigirse en caudillos, fruto, como son, de las persistentes condiciones rurales de esas sociedades, por mucho que se disfracen de modernas. Y lo rural es sobre todo una cultura que habita por igual en las haciendas remotas y en los rascacielos.
Esta figura del nuevo caudillo de sustrato rural de la postmodernidad latinoamericana que Marcano y Barrera penetran y describen con esmero, avanza ahora hacia una nueva etapa de su proyecto de poder, más allá de las convenciones tradicionales del sistema democrático, dueño de un plan muy meditado por muy extravagantes que su discurso y sus acciones puedan parecer. A su disposición una fortuna inconmensurable, puede comportarse como nuevo rico, algo que calza en la cultura de masas dentro del espíritu de esperanzas que despiertan las telenovelas. Un nuevo rico pródigo.
Sus extravagancias, que empiezan por su autoproclamado papel de heredero de Bolívar, alcanzan el plano político internacional, como su abrupta declaración de intervenir militarmente en Bolivia: “si la oligarquía boliviana lograra derrocar a Evo, los venezolanos no vamos a quedarnos con los brazos cruzados…van a despertar un Vietnam de ametralladoras…”.
La devoción a Cuba, y la admiración hacia Fidel Castro, aparece documentada en el libro, pero la intimidad de esas relaciones ha venido alcanzando ahora su clímax. A su intención declarada de unir a Cuba y Venezuela bajo una sola soberanía, algo que podemos fijar en la distancia romántica, precede un cuantioso programa de apoyo financiero, petrolero y económico, que pasa más recientemente por la constitución de una compañía mixta que instalará un cable submarino entre la Guaira y Siboney, para manejar el tráfico de datos y voz de Internet con autonomía de la red continental que converge en Miami.
Independencia de Estados Unidos en cuanto al manejo de redes tecnológicas de comunicación. Una televisora mundial como CNN, tal como intenta desde Telesur. Un banco que sustituya al BID y al Banco Mundial, para lo que está promoviendo la creación del Banco del Sur. Una Alianza Bolivariana, el ALBA, en lugar de los tratados de libre comercio con Estados Unidos. Los componentes de un ambicioso programa de alternativas soberanas movidas por una voluntad mesiánica, y por el petróleo. Todo esto, también, está expuesto en Chávez sin uniforme, pero los telones siguen moviéndose para hacer más nutrido el paisaje. Y entre los acontecimientos nuevos se halla también el que Chávez arme a Venezuela como una superpotencia militar.
Muchos auguran una Venezuela como Cuba, algo que entra en la discusión de todos los días. Chávez será como Fidel Castro, una sola cabeza autoritaria que se reelige incesantemente hasta la vejez, y tiene el control de los poderes del estado en una sola mano, y el control de un partido primero hegemónico y luego único, con lo que la economía de mercado y el pluralismo político llegue a desaparecer y, como consecuencia, cero tolerancia y por tanto, cero libertad de expresión. Es lo que uno escucha decir a cada rato, las reformas propuestas dan pie a estos presagios.
Y en Hugo Chávez sin uniforme uno puede ver el hilo conductor de un proyecto semejante, metido en la cabeza de Chávez desde sus tiempos de aprendiz precoz de teorías políticas, primero en su rural Barinas, y luego como cadete de la Escuela Militar. Barrera explica en la entrevista que he citado: “como estamos hablando de marcos legales, siempre puedes o no ejecutarlos, pero ya tienes esa posibilidad: todo el poder para Chávez. Lo que me parece preocupante es que no es el estado soy yo, en los términos del absolutismo, es “el pueblo soy yo”. Aquí la soberanía no reside en las instituciones sino en Chávez, la representación del pueblo la tiene una sola persona y es Chávez”.
Pero al andar por las calles, entrar en los bares y los restaurantes, las tiendas y los mercados, al escuchar las conversaciones en alta voz, discusiones amistosas que igual que en Nicaragua parecen a veces pleitos a muerte, al ver la libertad y el desparpajo con que todo el mundo se conduce, al leer los diarios donde campea la vitalidad de las opiniones; frente a la avidez por el consumo y el bienestar, y frente a las mismas ilusiones que Chávez ha despertado con su telenovela en los que menos tienen, porque al fin y al cabo lo que promete son historias individuales de felicidad, más que un proyecto colectivo, uno se pregunta si esa Venezuela que no pocos temen, encuadrada en un estricto régimen donde el estado asuma un papel decisivo en la vida de la gente, pueda ser de verdad posible.
Diario Extra. supñemento página abierta. 15 abril 2008.

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