Desde la gradería
Mauricio Víquez Lizano
Seriedad y precisión son dos condiciones para opinar y para enseñar
Presbítero
Hace unos días leía un artículo de Agustín Ureña ( La Nación, Foro, 11/4/08) titulado E ducación religiosa, matrimonio e Inquisición . Debo confesar que el artículo me resultó algo raro, molesto, e incluso, difícil de ser captado como unidad. Dice el autor que es profesor universitario. No nos informa el susodicho acerca de la especialidad que enseña.
No debe ser profesor de Lógica el docente en cuestión porque el texto que nos presenta no parece indicarlo. Es seguro que no se dedica a ninguna rama del saber teológico porque no acierta en ninguna de las afirmaciones que rozan con esa parte intelectual del acto de fe que llamamos Teología. La Historia tampoco debe ser su fuerte y menos el Derecho. No logramos descubrir nada que, por la precisión mostrada, nos haga ubicar el campo de trabajo del profesor Ureña.
Enviado a las gradas. El artículo que aquí ocupa mi atención me ubica junto a todos los curas en la mera gradería. “Cómodo, seco, seguro”, soy enviado a las gradas “al calor de dogmas milenarios”. Allí debería sentirme ordinariamente un poco idiota, habitante de una especie de limbo etéreo que me impide enterarme de nada, ansioso de disfrutar al ver cómo la gente sufre y mal lleva su vida, sobre todo, si son casados.
Un poco más adelante, el profesor Ureña me eleva en su artículo de nivel y me pone en el “palco de la vida”. Allí me hace disfrutar –a mí y a todos los curas– de censurar a diestro y siniestro y, por supuesto, insiste en que de la familia el clero no tiene ni la menor idea. Una insistencia que hace pensar que todo sacerdote fue concebido in vitro, gestado en un tubo de ensayo y, luego de ser criado en un laboratorio, puesto “ensotanado” en medio de un mundo ficticio en que la familia feliz no existe.
En el cierre, el garrapato que leí me hace un “arrogante que ignora” (todos los curas y yo, repito), un vil inquisidor moderno (con la compañía de la CECOR) y, por supuesto, un iluso añorador de la maraña histórica que cierra la nota de don Agustín.
Independientemente de lo que yo pueda pensar sobre la missio canonica y sin abordar las razones de la CECOR para indicar lo que afirma acerca del matrimonio canónico de los profesores de Religión católica, ciertamente hay un punto en que sí quisiera insistir aquí: la necesaria seriedad y precisión de las personas que opinan públicamente –máxime si firman como “profesor universitario”– al externar su parecer sobre ciertos temas y referirse a personas concretas.
Familia y matrimonio. Falaz e irrespetuoso es cuanto Ureña afirma acerca de lo que puede o no conocer un clérigo acerca de la familia y el matrimonio. Tendencioso es cuanto dice acerca de la vida matrimonial y sus “sufrimientos” desconocidos e incomprensibles para quien no está casado. Y, por supuesto, nada serio el caldo final histórico con que la nota se cierra.
Pues bien, cierro esta breve réplica desde “la gradería” donde me ha ubicado el articulito de marras. Lo curioso es que aquí sentadito, y a pesar de don Agustín, ni me siento estúpido ni en el limbo. Creo, además, conocer bien la familia y su vida, desde lo teórico y desde lo práctico, al contemplar tantos y tantos ejemplos que, empezando por la mía propia, me enseñan que la familia y el matrimonio no son como Ureña los pinta.
Y en cuanto a la historia, ¿volver al siglo XV? ¡Jamás!, señor profesor universitario (estimado colega, de paso). En eso puede estar tranquilo, muy tranquilo. Y otra cosa: cero nostalgias, téngalo en consideración.
periódico La Nación 18 abril 2008.

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