Anticipo
Luna de miel con libro y otros relatos
Extracto del libro ‘Luna de miel con libro y otros relatos’ de la periodista costarricense Inés Trejos de Montero.
En aquella casa no se permitían palabrotas, y ciertos términos, perfectamente naturales, pero relacionados con funciones fisiológicas, no se usaban o se convertían en sinónimos sutiles:
– Vous, ¡silence! –decía la madre cuando los chiquillos soltaban algún vocablo que ella juzgaba soez.
Era la única casa en donde, en la pared de un dormitorio, el Señor Crucificado estaba vestido y, en general, el arte helénico, con sus dioses desnudos, era tabú.
Y así crecieron, en un mundo de falso refinamiento que su progenitora confiaba que perduraría para toda la vida.
La mamá lanzaba ciertas frases, ya fuera en inglés o en francés, que había aprendido en su lejana infancia y juventud, mas sus hijos, para su disgusto, y en medio de grandes carcajadas, las cambiaban por traducciones obscenas o cómicas.
Put it away, por ejemplo, lo convertían en putita de buey, y el carry it away , en carita de buey , y se alejaban en ruidoso tropel del cuarto de costura donde la madre pasaba muchas horas cosiendo y donde, incluso, recibía visitas.
–Doña Sofía es muy inteligente –decían las vecinas, admiradas de la sapiencia de aquella señora, tan ama de casa, tan buena madre y esposa, que leía, en sus ratos libres, folletos científicos que alternaba con poesías.
Ella también, por sus conocimientos de medicina práctica, daba consejos y recetas caseras para curar males de estómago, torceduras, resfríos y cuanta epidemia aparecía en el vecindario. Eso sí, para dolencias mayores, aconsejaba ver al doctor, quien muchas veces también llegó a su casa, cuando la seriedad del cuadro clínico de sus niños la hacía dejar de lado sus propias aficiones.
Las hijas crecieron completamente convencidas de que “hacer el amor” era besarse y acariciarse, pero, por supuesto, dentro del lazo matrimonial. Su conocimiento de las relaciones sexuales era completamente nulo. Las únicas recomendaciones a las muchachas antes de casarse, eran que fuesen muy sumisas, obedientes y cariñosas con sus maridos.
Para Gladys, ir a la cama era, sencillamente, alistarse para leer.
El día de su casamiento y después de la fiesta, Rodolfo y ella se fueron a un hotel [...].
Hubo los arrumacos de costumbre y, cuando Rodolfo le dijo “vamos a la cama”, ella empezó a buscar su libro.
–¿Para qué? –le preguntó él, asombrado.
–Pues para leer.
Gladys estaba, por cierto, en la parte más emocionante de un libro de una de las hermanas Bronté, y al oír hablar de la cama llegaba para ella el momento cumbre del día, cuando podía leer sin que hubiera recriminaciones, hasta que el sueño, contra el que luchaba denodadamente, la vencía.
¡Pero no! Ahora eran otras reglas. Era otro el momento. Lo desconocido se abría ante ella con alucinantes premoniciones. Ya no eran el abrazo y el beso. Era algo más. Eran manos que hurgaban en lugares prohibidos y también pecaminosos como lo habían advertido las monjas, sonrojándose de solo pensarlo. ¿Cómo borrar las enseñanzas de la niñez y la adolescencia? Se dejó llevar. Hubo una sensación extraña y quizás placentera, coartada por los falsos pudores.
Finalmente, Rodolfo, agitado y sudoroso, después de consumado el acto, volvió la espalda y se durmió.
Gladys, entonces, tomó de nuevo el libro que la esperaba en la mesa de noche, y se lanzó, entusiasmada, para proseguir su lectura.
Así que, para Gladys, el momento del “acto” había llegado. “¡Qué extraño!”, dijo para sí, “¿habrá algo más?”.
Autora: Inés Trejos de Montero
Editorial: EUNED
Suplemento Áncora. periódico La Nación 20 abril 2008.

Meneame
del.icio.us