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RESONOCO

08/05/2008 GMT 1

La literatura plebeya de ‘Sinatra’

marfuerte @ 01:21

Voluntad y mito Alfredo Oreamuno superó el alcoholismo, y para algunos es hoy un ‘escritor de culto’LiteraturaLa literatura plebeya de ‘Sinatra’

Alexánder Sánchez Mora | alsanchezm@gmail.com
En 1935, Clodomiro Picado acuñó una frase que aún hoy conserva mucho de su validez: “En Costa Rica resulta más difícil deshacerse de un libro que hacerlo”. A pesar de tan poco halagüeño panorama, durante la década de 1970, un escritor ajeno al medio intelectual y sin preparación formal fue el centro de un fenómeno que, en nuestro reducido espacio literario, bien podría llamarse “de masas”.

En tan solo un año se vendieron cinco ediciones (31.000 ejemplares en total) de Un harapo en el camino , la primera novela de Alfredo Oreamuno, conocido como “Sinatra” por su parecido con el cantante Frank Sinatra.

El éxito del libro fue tal que Radio Columbia transmitió una adaptación radiofónica durante los primeros meses de 1972. En enero de ese año, un grupo de diecinueve diputados publicó, en varios periódicos, una carta en la que instaban al jurado del premio nacional Aquileo J. Echeverría a tener en cuenta “los méritos del escritor nacional don Alfredo Oreamuno Quirós”.

Incluso, se llegó a afirmar que el escritor había firmado un contrato en México con la Editorial Novaro para lanzar una nueva edición, producir una telenovela y una película, esta última dirigida por René Cardona y filmada en Costa Rica.

Vida. Alfredo Oreamuno Quirós nació en 1922. Estudió en el Liceo de Costa Rica, de donde fue expulsado. Aún muy joven trabajó en el Canal de Panamá, se embarcó en un pesquero que se dirigía hacia las islas Galápagos y en un buque petrolero que recorría el Caribe. Regresó a Costa Rica en 1943 y participó en la construcción de la carretera Interamericana.

A partir de 1946 incursionó en el campo de las agencias de viajes, por entonces incipiente. Esta actividad le deparó crecientes ingresos, pero junto con el bienestar económico vino también la vida bohemia:

“Así, paulatinamente, como quien no quiere la cosa me fui adelantando en el vicio del licor, penoso y largo camino que recorrer y que estaba inmisericordemente destinado para mí. A pesar de todos los esfuerzos que hice para detenerme, no lo conseguía. Vivía en la antesala de la muerte sentenciado sin remedio, como todo aquel que bebe con ansias irrefrenables”.

Durante quince años, desde 1948 hasta 1963, Sinatra se convertiría en “un residuo de carroña”, según sus propias palabras.

Por fin, el 23 de noviembre de 1963, en un acto supremo de voluntad, Sinatra dejó el alcohol. Se encerró por tres meses en la Tercera Comisaría de la Guardia Civil en San José, donde inició el lento y doloroso proceso de desintoxicación. Colaboró durante la emergencia provocada por la erupción del volcán Irazú y, poco después, entró a laborar en el Departamento de Ingeniería de la Defensa Civil.

En 1976, Sinatra murió en forma repentina. Así acabó la meteórica carrera literaria de un hombre que escribió, según confesó, con el doble propósito de entretener y advertir a los jóvenes sobre las consecuencias de la adicción.

Sus libros. A lo largo de siete años, desde 1970 hasta su muerte, Oreamuno publicó anualmente un libro. Cada uno de ellos se adentra en el mundo de la plebe urbana, un espacio dominado por cantinas y prostíbulos, e intenta demostrar que la degradación alcanza todos los niveles sociales.

Un harapo en el camino (1970) relata las andanzas de Sinatra y sus amigos: Cailoto, Ñato Rigo, Juan Anafres y otros. Este recuento –que Alberto Cañas calificó de “picaresca macabra”– ofrece, desde la perspectiva de los sujetos marginales, la visión de una Costa Rica escindida que procura olvidar sus desechos humanos.

Noches sin nombre (1971) es la continuación de Un harapo en el camino . Durante una larga noche en una banca del parque Central de San José, el narrador –como una moderna Sherezade alcohólica en vías de recuperación– cuenta las peripecias de su vida de adicción e indigencia a un desconocido que lo ha increpado por un antiguo robo.

La narración se construye como un relato-marco a partir del cual se desgranan pequeñas historias; esta es la técnica que se conoce como “juego de cajas chinas”, de la cual Las mil y una noches es el más celebrado ejemplo.

El callejón de los perdidos (1972) continúa la misma línea de los dos libros anteriores. En una vecindad, cuyo apelativo da título al libro y da cuenta de su sordidez, se entrelazan personajes que tienen en común la marginalidad: drogadictos, pedófilos, proxenetas, prostitutas, delincuentes de todo tipo.

Mamá Filiponda (o Las princesas del dólar) (1973) es el primer texto de Sinatra que procura alejarse del recuento autobiográfico. La historia de Mamá Filiponda, desde muy joven famosa por su belleza, ofrece una reconstrucción del mundo de la prostitución en la zona bananera de Puerto Cortés y en los barrios del sur de San José durante las décadas de 1940 y 1950.

En la novela Terciopelo (1974) se relatan las andanzas de un ladrón solitario y atormentado que afronta tanto sus propios fantasmas como las intrigas de sus colegas. Este delincuente de buen corazón desnuda la doble moral de una sociedad carcomida por el vicio: “Y seguía conversando consigo mismo: ¿la verdad?: es que yo le robo al ladrón, yo escojo al que mal pudiera llamarse víctima; a otros peores que yo: a los burgueses con excepciones [sic], plagados de pecado, putería y mala entraña”.

El jardín de los locos (1975) reúne una serie de relatos escritos entre 1967 y 1974. En ellos, Sinatra se separa un tanto de su habitual reconstrucción de los bajos fondos y presenta una multiplicidad de historias que van desde el típico romance de oficina hasta la amistad entre un niño y un anciano.

Su última novela fue Las hijas de la carraca (1976), cuya acción transcurre en la región bananera del Pacífico Central durante la época de la fundación de Parrita y en la zona aurífera de la península de Osa; allí, una vieja prostituta, la “Carraca”, regenta un miserable burdel. En un ambiente degradado en el que se mezclan la violencia, la enfermedad y el desarraigo, el protagonista actúa como un héroe trágico en busca de venganza por una pena de amor.

Crítica. Ante la aceptación popular, la opinión de los críticos se dividió. Para unos, se trataba de los relatos autobiográficos de un hombre de valor singular que había tenido la entereza de sobreponerse a la adicción al alcohol y de desnudar su pasado en forma sobrecogedora.

Otros –entre los que destacaba el periodista Enrique Benavides– consideraban que los textos de Sinatra carecían de valor estético y que se limitaban a reproducir una realidad vulgar sin ningún tratamiento literario.

Sinatra se defendió alegando que él no era escritor: “Hago lo que haría un carpintero sin aspirar a ser un arquitecto. Yo tengo mi experiencia, otros, sus conocimientos literarios”. En efecto, el lector no debe esperar en ellos un muy logrado trabajo estético pues están lejos de ser un dechado de perfección formal: la escritura es descuidada, plagada de reiteraciones, e, incluso, de incoherencias sintácticas y gruesas faltas ortográficas.

Pese a sus limitaciones formales, estas novelas son de relevancia para la historia literaria costarricense pues representan una mirada privilegiada a una Costa Rica hasta ese momento casi invisible.

Sinatra se convirtió en el cronista de los costarricenses que no llegaron a gozar de la época de oro para la clase media impulsada por la brillante expansión económica de las décadas de 1950 y 1960 y las políticas sociales reformistas. En medio de ese ambiente confiado y de relativa opulencia, su universo narrativo muestra las contradicciones que bullían bajo la armónica superficie y que no pararían de crecer durante los años setenta.

Aunque sus narraciones fueron descalificadas como subliterarias y no han sido reeditadas desde su ya lejana primera publicación, son todavía objeto de culto para un sector de fieles lectores que las persiguen en las ventas de libros usados. Por su parte, la crítica literaria tiene por delante la tarea de efectuar el análisis de su persistente fama.

EL AUTOR ES PROFESOR DE LA ESCUELA DE FILOLOGÍA, LINGÜÍSTICA Y LITERATURA Y MIEMBRO DEL INSTITUTO DE INVESTIGACIONES LINGÜÍSTICAS DEL LA UCR.

Suplemento Áncora. periódico La Nación 19 abril 2008.

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