ÓSCAR ARIAS: ENTRE VENCER Y CONVENCER
Hugo Vargas González, cédula 1-788-210 (huvarg@hotmail.com) *
El presidente Óscar Arias es aficionado a utilizar bellas frases. Sobre todo si son propias. No es para menos, pues nuestro presidente reclama, desde ahora, su lugar en la historia. Lamentablemente, y eso debiera saberlo, la historia es mucho más que un asunto de bellas frases. Hasta la saciedad, el presidente Arias recuerda a todo el que quiera escucharlo (y también al que no) que él siempre ha creído en “convencer y no en vencer”. Claro, es una bella frase. Solo que no concuerda con la conducta de su autor. El presidente no escucha a la oposición, y esto se refleja como uno de sus grandes defectos.
Esta actitud rígida no es deseable en un estadista. Gobernar es dialogar, no imponer. Es cierto que un líder debe tener firmeza, pero esta es algo muy distinto a la rigidez obsesiva.
En política no siempre se gana, pero esta realidad, que los demócratas bien la conocen, parece no estar en el manual de buen gobierno de don Óscar. Basta recordar, en el proceso de elección del presidente del Poder Legislativo, su declaración de que si tenía que torcer brazos para lograr el triunfo de Francisco Antonio Pacheco, pues así lo haría. Y no fue el Semanario Universidad el que lo publicó sino su ahora incondicional aliado, el periódico La Nación (ver edición del 28 de abril de 2007). ¡Extraña lección de democracia! Lo acontecido luego es de sobra conocido. Parece que el presidente quiere maniobrar solo, sin obstáculos en la carretera y a su plena voluntad.
Cuando hace varios años, grupos de poder económico propusieron la reelección de Óscar Arias, el contexto era muy diferente al actual. Por entonces, él contaba con altísimos niveles de popularidad, el bipartidismo se encontraba debilitado pero no derrotado, y los diferentes sectores sociales estaban desunidos y sin una opción electoral que los representara con éxito. Con el paso del tiempo, el encanto del Premio Nobel de la Paz se fue diluyendo. El procedimiento para tornar posible su candidatura, prohibida por ser ex presidente, y el juego entre bambalinas que quedó en evidencia, con la resolución de la Sala Constitucional, generaron los primeros síntomas de desgaste. El apoyo a esa candidatura, por parte de la estructura liberacionista de siempre, dejó claro el matrimonio de Arias con las prácticas de la política tradicional. No en vano, hace unos meses, añoró los no tan viejos tiempos del bipartidismo.
El resultado electoral de 2006 reflejó condiciones muy distintas a las originalmente previstas por Arias. Arañar una elección con tan solo 19000 votos de ventaja, y sin mayoría legislativa propia, estaba muy lejos de satisfacer el ego de don Óscar. Fue un triunfo humillante, poco adecuado para su estatura de Premio Nobel. Esa coyuntura debió servirle de lección para ganar gobernabilidad. No en vano la humildad es una sabia consejera.
Pero el juego del todo o todo en el cual está inmerso, lo ha hecho correr riesgos innecesarios, a costa de la legitimidad misma que deben contener sus actos de gobernante. El proceso de referendo es un ejemplo. Las recomendaciones del famoso memorando Casas-Sánchez, sin duda cumplidas casi al pie de la letra, la violación a las normas electorales (tregua, publicidad y participación de extranjeros) y el desbalance en recursos económicos a favor del Si, mancharon el resultado final. Y lo mínimo que se podía esperar era que don Óscar censurara las anteriores prácticas de sus partidarios. Pero no lo hizo. Para un demócrata, el resultado electoral no puede ser un fin en si mismo.
Vencer y convencer son dos opuestos, los cuales reflejan a su vez dos visiones de la política. Don Óscar Arias no hace caso a sus propias frases y ha optado por la primera opción. Sin embargo, todavía hay tiempo para cambiar. Otra bella frase (esta, si, de autoría universal) recuerda que sólo los ríos no se devuelven. Y en la actual coyuntura, el cambio es lo necesario y lo correcto. Para convencer hay que dialogar y ceder, pues lo contrario es optar por la imposición. Y esta nunca puede ser la vía de un demócrata. Menos si es un Premio Nobel.
* Historiador
Diario Extra 22 abril 2008.

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