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RESONOCO

15/05/2008 GMT 1

Intuición de la utopía

marfuerte @ 00:30

Indispensable Cuando muchos reniegan de su viejo optimismo, la poesía ayuda a revalorar la esperanza

Klaus Steinmetz | Escritor@nacion.com
El escritor nacional Klaus Steinmetz ganó la X Edición del Premio de Poesía Sor Juana Inés de la Cruz con un poema de 64 páginas titulado La yema del tiempo. Sus 24 capítulos forman una unidad, pero tienen sentido individual. Se trata de un road movie por dimensiones paralelas en las que sus dos desafortunados personajes se transforman en seres y cosas distintas, viajando al pasado o a mundos alternos hasta su final disolución. Su principal inspiración proviene de Paul Celan, Haruki Murakami y Stephen Hawking.

Transcribimos extractos de su discurso de agradecimiento, pronunciado en 16 de abril en el Instituto de México, San José.

Alguien dijo que el oficio más solitario del mundo era el del escritor. Estoy seguro de que hay peores: el laburo de un campeón de apnea consiste en bajar al azul profundo a lo largo de un cable. Saint-Exupéry piloteaba un avión del servicio postal por encima del desierto y tuvo que inventarse un niño de rubio cabello rizado para que lo acompañara... Pero, sin duda, el escritor necesita y padece la soledad tanto como ellos: peor aun, el escritor en ciernes, que no tiene certeza de que alguien lea su trabajo dándole al fin sentido.

A diferencia del pintor, el actor o el músico, el escritor novel exige a sus amigos dedicar muchas horas a sus divagaciones. A los cercanos al pintor les bastará con un “muy interesante” para salir bien librados. Los íntimos del músico tan solo deben aprender a dormir en una butaca con los ojos abiertos fingiendo un profundo arrobamiento; pero al joven escritor es difícil engañarlo porque siempre preguntará: “¿Y qué te pareció el final?”, pregunta lapidaria ante la cual no hay evasión posible.

Algún ingenuo creerá que la solución está en leer solamente la última página, ignorante de que, en la posmodernidad, el final es el principio, que a su vez está en el medio, que fingía ser el final. Terrible herencia de Cortázar que obliga a los buenos amigos de un narrador a aburrirse impunemente.

Cabe la posibilidad de que en el barrio se haya incubado un genio, pero hace falta más que un vecino para reconocer un genio literario de hoy. Hace falta un crítico alemán o un guionista de California. Nuestra mayor probabilidad de cumplir con decoro con las normas de la amistad se da cuando el amigo pretende ser poeta. La poesía tiene la inmensa virtud de la brevedad. Uno puede leer la obra completa de Girondo en una presa un viernes en la tarde. Yo llegué a amar la fila interminable de la avenida Segunda repasando El tigre de Eduardo Lizalde; es más, rogando que no avanzara.

Hasta que uno tiene la pésima suerte de que el amigo decide ser poeta y, en un acto de sadismo extremo, hilvana un poema de 64 páginas: ese soy yo. La yema del tiempo solo puede leerse de un tirón y en un estado de plena iluminación, cerca del Nirvana, o borracho, o fumado, delirando.

El lírico es un hombre solitario que durante siglos se dedicó a cantar a la nostalgia, es decir, a la pérdida. Cuán acuciante debe ser su angustia hoy en día, cuando la sociedad postindustrial anuncia la muerte del libro; pero el libro no morirá. Basta conocer la historia de J. K. Rowling.

Ahora bien, si uno no tiene el talento para describir la vida de un joven mago y ansía la fama, puede escoger otro género: autoayuda, cocina o negocios son las opciones que ocupan la mayor cantidad de anaqueles en las librerías. ¿Poesía?; sí, señor, esos cincuenta centímetros en el estante de abajo; o sea, ¿para qué seguir escribiendo poesía hoy? En boca de uno que está por recibir un premio de poesía, esta pregunta es un terrible mea culpa . ¿Para qué poesía hoy?

Rilke diría: eso es mirar hacia fuera; solo si prefieres morir a dejar de escribir eres poeta. Pero, lejos del pathos del romanticismo, lejos de mi necesidad de proyectar lo que pasa dentro de mí (necesidad que escoge su vehículo, sea una novela o un salto en mitad de la calle, un dibujo en la arena o una sinfonía compuesta con los dedos sobre una mesa) la pregunta es crucial.

Cambiémosla un poco, como una concesión a Rilke: ¿para qué publicar poesía hoy, cuando pocos leen y muchos menos son capaces de sentir lo que leen, aunque lo entiendan?

Pensaba en esas cosas cuando recordé un artículo que preparaba para enviarlo a La Nación , artículo que pretendía intuir el destino de este amado e inefable país nuestro. Empieza así:

“Nunca un pequeño país estuvo tan urgido de una nueva utopía. El subdesarrollo tenía al menos una ventaja: nos ahorraba el esfuerzo de articular nuestras ilusiones, de idear el modelo para alcanzar nuestra propia versión del paraíso.

“Todos los relatos locales acababan integrándose a la potente cosmovisión eurocéntrica por ese proceso que llamamos ‘sincretismo’ y que con mayor justicia cabría calificar de ‘canibalismo cultural’.

“Pero ahora, cuando la cultura global solo prolonga la incertidumbre y mundializa, por así decirlo, el fracaso del proyecto humano de la Ilustración; ahora, cuando reniega de su optimismo anterior, pierde todo derecho a seguir reclamando nuestra buena fe.

“Como el nihilismo con el individuo de fines del XIX, haber perdido la certeza de que el progreso es el fin último de las sociedades, nos sitúa en el fango de la amoralidad política. Huérfanos de futuro, ¿en nombre de qué panacea podemos convocar aún la democracia? ¿Cómo intuir entonces la nueva definición de una ventura posible?”.

Dediqué algún tiempo a pensar en la utopía y a pensar si solo este país tenía semejante urgencia o la comparte con el resto del Tercer Mundo o con la humanidad toda. Por primera vez en la historia, no hay un concepto que trace el camino, así sea errado.

Si de las ruinas del presente y de semejante desazón existencial, de semejante fracaso de la especie, deberá renacer un nuevo sueño, nuestra tarea más elemental y más urgente es soñar.

La especie humana debe imaginar nuevos caminos a la tierra prometida. Imaginar, intuir la utopía: esta es la más radical definición de la poesía en el mundo de hoy, la que señala su inconmensurable necesidad, su carácter impostergable.

Suplemento Áncora. periódico La Nación 27 abril 2008.

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