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RESONOCO

20/05/2008 GMT 1

Los ojos del socialismo

marfuerte @ 01:22

Alfonso Araya Alfaro

Pensar que la expansión socialista es un riesgo para la región es afirmar ciega y religiosamente

Estudiante ITCR

Con la victoria de Fernando Lugo en Paraguay, se puede decir que el dominio de las tendencias socialistas en América Latina es virtualmente una realidad, exceptuando Colombia y Costa Rica. Entender este fenómeno como el nacimiento de un socialismo latinoamericano parecería opaco; su estudio es, más que en ningún otro momento, meritorio y necesario.

Populismo y socialismo. Ante todo, dichos triunfos no nacen per se. Entiéndase esto como el triunfo de las ideas academicistas, cuna por antonomasia del socialismo a mediados del siglo XX. El socialismo que ahora observamos es una respuesta proselitista popular de la mayor pureza. El populismo es, entonces, un acompañante indivisible de este llamado socialismo latinoamericano (no socialismo del siglo XXI). Empero, asociar el populismo con el socialismo es un error craso; el populismo también ha sido compañero de los partidos de derecha. Por tanto, el populismo ha sido una herramienta más a disposición de candidatos a la presidencia: es causa, no efecto.

Venezuela, ha mostrado una historia particular en cuanto a su transición al socialismo. No fue una victoria pacífica lograda por medios democráticos, sino una victoria castrense, lo cual se asemeja a las movilizaciones de la URSS para el manejo de gobiernos satélites. Incapaz de reactivar sanamente una economía, de lograr con eficacia sus causas sociales y desarrollar de forma general al país, lo ha convertido en una economía dependiente del precio del crudo e insuficiente en el suministro de alimentos básicos. Venezuela está próxima a ser considerada país hospedero del terrorismo, con una democracia con bajos niveles de confiabilidad; un país cuya compra masiva de armamento ha desencadenado una carrera de armamentización regional.

Inestabilidad. La exportación de las ideas venezolanas hacia Bolivia, Ecuador y Nicaragua no ha generado estabilidad política. Al borde de una guerra civil en el peor de los escenarios, se han creado ambientes de frustración sociopolítica, producto de lo que se puede llamar la megalomanía con vestido populista. La violación hacia los derechos elementales genera cólera en la visión del presente y angustia en la proyección al futuro. Y es éste último punto la raíz del problema de este socialismo ácido: el no observar desde un panorama claro el escenario propio y foráneo con miras hacia un proyecto de largo plazo. Obviar por simple miopía, egolatría u orgullo enajenado genera visiones distorsionadas de la realidad que conlleva a despertares terribles.

Brasil y Chile. En contraste, Brasil y Chile tienen gobiernos socialistas que respetan los principios de la democracia en un ambiente de libre mercado. Comprendieron que la democracia y el socialismo son compatibles. Son países que tienen vínculos comerciales con la mayoría de naciones en el orbe, que moldearon sabiamente su camino al desarrollo y ahora sesgan la mies, no con la hoz y el martillo, sino con esfuerzo intelectual aplicado a los distintos escenarios.

Así, el populismo vacío abre esperanzas ante presentes fatales. Los Gobiernos exitosos se valen en algunos casos del populismo para subir a la cima y de ahí poner en práctica su poder en función de las propuestas hechas en campaña. Es aquí donde, otra vez, inciden las diferencias entre el socialismo al socialismo surrealista. Ya decía Goya que “el sueño de la razón produce monstruos”; con mucha más razón cuando la voz de la ciencia es silenciada o no aplicada.

Finalmente, pensar que la expansión socialista es un riesgo para la región es afirmar ciega y religiosamente. El derechista es incapaz de pormenorizar en la sociedad, el socialista odia planificar la economía en un marco de libre comercio. Su mezcla y su afianzamiento han llevado al éxito a los países que han seguido este programa de desarrollo híbrido. Cuando el socialismo ve con ojos abiertos es un cooperador en el avance, pero cuando se ciega ve hacia dentro, genera egolatría y recuerda pasados añejos. Culpar no funciona, pues el pasado y el presente no pagan cuentas; enmendar es la solución.
peeriódico La Nación 29 abril 2008.

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