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RESONOCO

27/05/2008 GMT 1

Anticipo

marfuerte @ 01:47

Milagros sueltos

Fragmento de la novela colectiva Milagros sueltos , publicada con el apoyo del Centro Cultural de España.

G.

“Llamamos milagro a aquello cuya explicación racional no hemos encontrado aún”, resuena la frase en la memoria de Greivin, mientras ve distraído las imágenes de la romería en la tele. Cuántas veces –recuerda– en su adolescencia fue caminando a Cartago para pedirle a la Virgen un milagro: que se le quitaran las espinillas, aumentar de estatura, echar un poco de pelo y poder comprarse una buena moto. Pero el milagro nunca se dio.

–¿Matamoros? –la voz de su jefe en la línea telefónica lo sacó de esos recuerdos.

–A la orden.

–Mirá, necesito que me saqués de un apuro. Es que se desapareció la chiquita de mi concuña… está histérica, no hace ni dos horas y está como loca, vieja necia, pero yo le debo plata a mi cuñado… y en fin… que le dije que iba a mandar al mejor investigador a mis órdenes porque yo no podía y nada iba a hacer ahí, vos tampoco, pero bueno, apuntá que te doy la dirección.

–Yo sé dónde es.

–¿Cómo?

–Diay, sí, ¿no se acuerda?, el año pasado, con el pleito que tuvieron con los vecinos, usté me mandó a mí, ¿se acuerda?

–A la puta, sí es cierto –su jefe chasquea la lengua, preocupado. Pero en eso suelta una risilla burlona–: Mirá, ponete anteojos oscuros, quitate ese bigotillo de rata y andá a ver si la podés dejar más tranquila, que yo no me quiero aparecer por esa casa. Bueno, mañana hablamos. Vieja loca… –aún escucha Greivin que masculla su jefe antes de colgar.

“Porque ahora que me dieron la cédula tica –está diciendo en la tele una joven con fuerte acento nicaragüense– la Virgencita de los Ángeles es también patrona mía, lo que no entiendo es por qué los colombianos vienen y dicen que...”.

Greivin apaga la tele de mal humor. El infeliz de su jefe. La estupidez humana. “La salvaje indiferencia y el feroz silencio de Dios”, recordó la frase mientras se cambiaba para salir.

Se fue andando, entre los ríos de gente que llevaban la misma dirección que él. Hermosa noche, como para creer en los milagros.

–¿Quién? –una voz de anciana al otro lado de la puerta se niega a abrir.

–Greivin Matamoros, de Inspecciones del OIJ.

La puerta se abre y Greivin nota cómo unos ojos lo miran despectivos de arriba abajo.

–El del OIJ –le dice la anciana a alguien en el interior, sin invitarlo a pasar, y está a punto de cerrarle la puerta en la cara.

–Que pase, que pase –dice una voz femenina y cansada.

Entra Greivin y antes de girar a la derecha, aún tiene tiempo de mirar su bigotillo en un espejo puesto en la entrada. Qué mal gusto… los espejos en las entradas. Y tener que mirar la propia imagen al entrar a una casa como si…

De nuevo sus cavilaciones quedaron truncadas. Ahí estaba la histérica, muy distinta a como la imaginaba y a como le anunció su jefe que la encontraría. Estaba rígida, casi esculpida en el sofá de la sala, con la mirada luminosa de tanto llorar. “¡Qué hermosa puede volver a una mujer el sufrimiento!”, piensa Greivin acercándose. Y le da la impresión de que cuando llegue a su lado, ella se va a echar hacia atrás para que él se acueste sobre ella y la proteja, la resguarde del dolor. Le pareció estar a punto de hacerlo y, avergonzado, se rascó la nariz.

La recordaba gritona, grosera, insultando a través de la cerca a los vecinos y haciéndoles gestos obscenos con las manos, mientras que él y su jefe trataban de sujetarla. Ahora el dolor la había envuelto en un aura mística; pelazo y ojazos negros rodeando la cara de una mujer ya madura, ya parida. Una mujer que sabe que esta vez la cosa es en serio. […]

Suplemento Áncora. periódico La Nación 4 mayo 2008.

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