Columna A FONDO
José A. Cabezas
jcabezas@racsa.co.cr
En un medio colega se dio a la publicidad un abuso que sufrió un ciudadano por parte de un Juzgado de Pensiones Alimentarias, por un error administrativo. Pero estos errores solo vienen a aumentar las atrocidades que los juzgadores, y para ser más puntuales, las juzgadoras de Pensiones Alimentarias cometen.
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A raíz de aquella crónica, una jueza de ese elenco que ha extraviado el principio judicial de la sana crítica, expresó que, si bien, efectivamente, hay mujeres que no necesitan una elevada suma de pensión o no la ocupan del todo, se presentan a exigirla a los despachos judiciales solo para “joder” a su ex compañero, especialmente cuando éste ha tomado otro rumbo sentimental, también es cierto, continuaba la juzgadora, que hay miles de hombres que andan de parranda en parranda y de mujer en mujer, incumpliéndole a sus familias los más elementales deberes de asistencia.
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Ninguna mentira dijo esta señora. Lo malo está en que, entre ambos extremos, no tasan las pruebas con equidad, con objetividad, sin prejuicios, sino que se lanzan de una vez a favor de uno de esos dos extremos. Dejaron de partir del justo medio para convertirse en herramientas de más de una canallada. En resumen: entre dos injusticias eligieron una, cuando su función es, con un poco de capacidad de la cual aparentan carecer, impedir que alguna de ellas se dé.
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En lo personal desde hace mucho creo que los juzgados de Pensiones Alimentarias están siendo dirigidos por abogadas que en su vida de casadas han sido frustradas y que tal frustración la reflejan en una persecución ciega en contra de los hombres. Ergo: en cada hombre al que tienen que juzgar, ven a sus maridos o a los que lo fueron.
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He visto hombres con un salario de ¢300 mil a quienes les obligan a pagar ¢400 mil; he visto los ojos de ensañamiento cuando realizan algunas diligencias. No abogo, para nada, que alcahueteen a sinvergüenzas. Abogo porque no persigan a todo varón con inquina.
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Para lograr que dicten con criterios justos, yo pienso que deberían de nombrar como juezas a casadas felices, que vean el mundo con equidad, comprensión y amor.
periódico La Prensa Libre 2 mayo 2008.

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