Estética de la provocación
Tiempos de cambio El novelista Horacio Castellanos retrata el desencanto político en el istmo centroamericano
Emiliano Coello Gutiérrez | ecoellogutierrez@yahoo.es
En algunas ocasiones, Horacio Castellanos Moya ha manifestado que la forja de un estilo propio debe ser el propósito de todo artista, entre los que se incluyen los escritores. Ante aquella afirmación solamente queda asentir, pero, entre quienes hemos leído o escuchado a Castellanos, surgen estas ideas: la literatura es siempre algo más que un testimonio individual, y cada libro escrito eficazmente, denota, de una manera u otra, el pulso de su tiempo.
Cinismo. En las décadas del 1980 y 1990, se produce una crisis de los proyectos revolucionarios en los países de América Central. Esto tiene un eco inmediato en el plano literario. La novelística del istmo estaba regida por directrices sociopolíticas, pero entonces cambia de orientación.
Los escritores renuncian a hacer literatura con un propósito social y se disponen a tratar de forma novedosa los viejos problemas del ser humano.
Horacio Castellanos Moya (nacido en 1957) es uno de los autores en quienes mejor puede estudiarse la transición desde el compromiso al afán meramente artístico. La obra de este escritor hondureño-salvadoreño es un diálogo con la tradición narrativa centroamericana, cuyo legado adopta para darle un vuelco a través de la parodia.
Su primera novela, La diáspora (1989), contradice el trasfondo revolucionario optimista de las narraciones de las décadas precedentes en América Central. La diáspora es una novela de exiliados salvadoreños que huyen del país por el desencanto que les produce la corrupción de los ideales de la lucha armada en El Salvador.
Con el tiempo, la guerrilla se convirtió en una mera pugna por el poder; así, un comandante ( Marcial ) mandó asesinar a otro (Mélida Anaya Montes) a causa de rivalidades internas. Por esta razón, un personaje de La diáspora , el Turco –decepcionado por el surgimiento de la violencia en su organización– se transforma en un cínico, en un descreído de todo.
Libelo. El asco (1997) es una novela que oscila entre la ficción y el libelo. Lo que sí es claro es que sus personajes no tienen el mínimo sentido de pertenencia a su país, cosa que sorprende en una región, la centroamericana, cuyas letras han tenido siempre una base fuertemente nacionalista.
Vega es un profesor salvadoreño exiliado por su propia voluntad en el Canadá. Este personaje recuerda al don Periquito de “En este país”, artículo costumbrista que el español Mariano José de Larra escribió en 1833. En efecto, a don Periquito y a Vega les disgusta tanto su nación (España, El Salvador) que no ven en ella nada bueno. Las consideran la síntesis de los males.
En El asco , como ocurre en todo libelo o escrito difamatorio, las taras universales se particularizan, de modo que hechos que conciernen a nuestra época (como la banalización de la cultura) se perciben como puramente salvadoreños.
La abismal diferencia de contenido que separa el artículo de Larra de la novela de Castellanos es la que separa la literatura del siglo XIX de la literatura actual. En el texto del madrileño, las carencias españolas se concebían como una urgente exigencia de progreso. En la novela de Horacio Castellanos, en último término, la circunstancia nacional importa mucho menos que la provocación lograda a partir de las desmesura del verbo.
Doble. Para ejemplificar el rompimiento de la literatura centroamericana de hoy con respecto a su pasado, se podría comparar El arma en el hombre (2001), de Castellanos Moya, con un texto clásico de la revolución sandinista, La paciente impaciencia (1989), de Tomás Borge. Ambos libros constituyen las memorias de dos exguerrilleros, “Robocop” y el comandante Tomás Borge, pero la distancia que los separa no puede ser mayor.
En La paciente impaciencia hay una visión mítica de la historia nicaragüense, cuyos hitos gloriosos (como la figura del general Sandino) se conciben como un preludio necesario de la victoria socialista de 1979. Sin embargo, en la novela de Castellanos, el pasado tiene menos importancia que el presente voraz de los personajes, cuya única ley es la supervivencia.
En El arma en el hombre , la historia ya no es previsible ni obedece a moldes racionales, y ni siquiera hay una salvaguarda segura el sometimiento a unas reglas o a una determinada concepción del deber.
Algo así ocurre también en Donde no estén ustedes (2003), novela cuyas dos partes, “Hundimiento” y “La pesquisa”, se oponen totalmente. El protagonista de la primera es un exembajador salvadoreño, un personaje memorable que insufla a las páginas el aliento trágico y heroico de las novelas de la revolución en Centroamérica.
Aragón es un demócrata convencido que siempre tuvo fe en El Salvador; por esto mismo, su caída en desgracia incrementa el patetismo de la primera parte de la novela. La segunda pone en escena a Pepe Pindonga, doble-bufo de Alberto Aragón.
Pepe es un periodista de vida caótica que mira con ironía los grandes ideales del embajador. La vida de Pindonga se adapta a las exigencias del hoy, que incluyen una patria itinerante y la sustitución de la rigidez ética por una realidad desinhibida, “cool”, marcada por las amistades provisionales, los escarceos sexuales o el flirteo con lo prohibido. Todo ello pone en evidencia la metamorfosis del paradigma cívico que, si en una época apuntaba al diplomático salvadoreño, en nuestros días señala sin reservas hacia el excéntrico e iconoclasta Pepe Pindonga.
Suplemento Áncora. periódico La Nación 4 mayo 2008.

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