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RESONOCO

27/05/2008 GMT 1

Una callada violencia

marfuerte @ 01:44

Contundente El director mexicano Francisco Vargas Quevedo apuesta por la dignidad y la sencillez

Jurgen Ureña Arroyo | jurgenurena@yahoo.com
El filme El violín (2005) cuenta la historia de tres campesinos y músicos rurales –el abuelo, el hijo y el nieto– que participan de un movimiento armado contra su gobierno. La línea argumental, limpia y modesta, se apoya a cada paso en la noción de ausencia: no hay sobresaltos ni violencia explícita en el desarrollo del filme. Tampoco hay referentes espaciales o temporales definidos. Solo existe la certeza de estar en algún territorio latinoamericano, representado con el oficio y la convicción del mejor cine.

Tras abandonar nuestra josefina Sala Garbo, surge el intenso deseo de conocer el proceso creativo que ha dado lugar a esta melodía excepcional. Dos días después llega la ansiada conversación telefónica con Francisco Vargas Quevedo, quien desarrolla el guión de su segundo largometraje en la Costa Azul francesa gracias a una beca otorgada por el Festival de Cannes.

El debut en la dirección de un largometraje es usualmente un proceso largo y complejo. ¿Cómo ha vivido usted esa experiencia?

En muchos lugares del mundo es muy difícil hacer una primera película, pero en América Latina es todavía más difícil. En mi caso, el proceso tomó alrededor de cinco años, y esa oportunidad se convirtió en un privilegio, y ese privilegio es ahora, para mí, una responsabilidad.

“Siento que debo hablar de las cosas que me duelen, de aquello que me parece injusto y que no debemos olvidar… Siento la responsabilidad de hacer un cine que, a la vez que nos divierta y nos llene los ojos, nos haga pensar en estas cosas. Esa es una de las principales razones que impulsa mi trabajo como cineasta.

¿Cuál fue la principal motivación tras El violín ?

Yo tenía el deseo y la necesidad de contar esta historia desde la ficción. El tema se ha tratado generalmente desde otros ámbitos, pero no desde el cine de ficción, que está pensado para ser visto por un público mayoritario. Quería darle la posibilidad de hacerse oír a aquellas personas que no tienen voz.

“Esa era una motivación muy importante, aunque el primer objetivo siempre consiste en contar una historia conmovedora, que cumpla con todo aquello que debe tener una película. El director es un cuentacuentos.

El violín propone un proceso de humanización de la guerrilla en un momento en que se objetan algunos de sus procedimientos. ¿Por qué considera importante recuperar el ideal revolucionario?

Ese es un tema de mi total interés. Es muy necesario en un tiempo tan vertiginoso como el nuestro. El mundo definitivamente no marcha bien, a pesar de que los medios y los discursos políticos nos lo quieran hacer creer.

“Por otra parte, está la convicción de que no hay buenos y malos: estas realidades son mucho más complejas. La película es un ‘no’ a la guerra, y, efectivamente, trata de humanizar las relaciones entre las partes, de hacer entender que no hay razón para la violencia, ni de un lado ni de otro.

Este proceso de humanización ocurre, curiosamente, a través de un violín…

En la película, el violín representa a la música y a la cultura, a la tradición oral, al espíritu de cambio y de gozo. Las riquísimas tradiciones latinoamericanas están reflejadas en nuestra música; de allí la importancia del violín, como símbolo y como objeto.

“En la estructura de la película también quise retomar el corrido, un género que se dio mucho durante y después de la Revolución Mexicana, y que recuerda a los juglares medievales que llevaban las noticias a regiones lejanas.

La recuperación de tradiciones se manifiesta también en la imagen, que remite a las películas dirigidas por el Indio Fernández, y a la fotografía de Gabriel Figueroa.

En ese sentido hay varios intereses mezclados. Además de ese motivo, decidimos hacer la película en blanco y negro porque queríamos darle un sentido de documental.

“Cuando se mira una película de ficción, se sale de la sala y se piensa: ‘Bueno, es solamente una historia’. En cambio, cuando se ha visto un documental, se tiene una sensación de realidad que nos interesaba generar en el público porque esta historia le ocurre realmente a millones de personas.

“Con el uso del blanco y negro también buscamos que El violín no tuviera un tiempo y un espacio definidos; que no se pudiera decir: ‘México, 1971’ o ‘Nicaragua, 1986’. Los discursos oficiales dominantes quieren hacernos creer que todo está muy bien, y para ellos sería muy fácil decir: ‘Esa historia ocurrió en el pasado pero ahora esto ya no sucede’.

“Era muy importante que, en cambio, el espectador decidiera cuándo y dónde ocurría la historia, de acuerdo con su referente más cercano. El problema es tan universal que uno podría decirle a cualquiera: ‘Toma un mapa, cierra los ojos, y señala. Si no caes en el mar, seguramente ahí ha sucedido esta historia, sucede actualmente y, por desgracia, va a seguir sucediendo’.

El relato en torno a tres generaciones sugiere también la permanencia del problema. ¿Cree que existen posibilidades de cambio?

Los levantamientos armados de campesinos, en busca de unos derechos fundamentales y de una mejor vida, son cíclicos. Estoy hablando de una verdad muy conocida y estudiada: estos procesos surgen, crecen, se sofocan y aparecen de nuevo en otro lugar, y así seguirá ocurriendo hasta que se ataquen las causas.

“Sin embargo, desde mi punto de vista, hay una esperanza. En la película, el viejo dice: ‘Siempre vendrán tiempos mejores. Vendrán tiempos de luz cuando esta oscuridad se vaya’. Yo quiero creer eso, pero está claro que esos tiempos mejores no vendrán solos: hay que trabajar por ellos.

Otro rasgo importante de El violín es la sencillez. Podría afirmarse incluso que es su característica más importante. ¿Estaría usted de acuerdo?

Totalmente. Ese fue desde el principio un planteamiento importantísimo para todo el equipo de trabajo. Yo quería hacer una película completamente sencilla, que nos regresara al cuentacuentos original. Quería regresar a mi abuela, sentada al lado de una mesa, con una vela en la mano y una historia que contar.

“¡Claro, después resultó que lograr esa sencillez no era nada sencillo!; pero siempre tratamos de llevar ese planteamiento al extremo, no solo en la historia, sino también en términos del relato: no hay una sola disolvencia, no hay un solo efecto, todo está contado por corte directo, como en el cine viejito.

“El otro concepto que pusimos en la película fue la dignidad: la dignidad de hacer esta película, la de los personajes que participan en la historia y la dignidad de lo que se está contado. Esas fueron las dos palabras que movieron este trabajo.

¿Podemos hablar del largometraje que prepara actualmente?

Es una historia que habla de la supuesta verdad y del sensacionalismo informativos, que a veces llegan a los límites del absurdo. Los discursos oficiales modifican la realidad a conveniencia, generan un gran miedo colectivo e instauran una violencia silenciosa.

“Eso hace que los ciudadanos comunes y corrientes, que estamos expuestos a ese vértigo informativo, nos atemoricemos, nos despoliticemos y nos olvidemos de las cosas terribles que suceden en nuestras sociedades. He tomado tres o cuatro casos que han sucedido en México, casos que no deberíamos permitir ni olvidar. Sin memoria, tampoco tendremos futuro.

Suplemento Áncora. periódico La Nación 4 mayo 2008.

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