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RESONOCO

04/06/2008 GMT 1

Anticipo

marfuerte @ 01:03

Tentación y libertad

Fragmento de la novela ‘El infitino en la palma de la mano’, de la autora nicaragüense Gioconda Belli.

La Serpiente sonrió dulce e irónica cuando la vio surgir de la espesura.

–Muy pronto has vuelto. –le dijo.

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–¿Hay otros Jardines o es éste el único?

La serpiente rió.

–¿Puedo saber a qué se debe semejante pregunta?

–Vi en el fondo del rio imágenes extrañas que sin embargo parecían más reales que tú o yo o todo esto. Sentí que de mi dependía hacerlas existir.

–Y qué crees que debes hacer para lograrlo?

–Debo usar mi libertad. Comer de la fruta.

–¿No tienes miedo?

–Elokim quiere que lo haga.

–No es lo que me dijo.

–Lo sé y no lo entiendo.

–Quizás tema la libertad. La culminación del creador es crear su propio desafío, pero nunca se sabe con Elokim. No puedes decir que no te lo advertí. Podrías morir. Aunque admito que sería absurdo que los destruyera cuando apenas los ha creado.

–No moriré. Lo sé. Él espera que yo coma. Por eso me hizo libre.

–Puedes decidir no hacerlo.

–No. Sería demasiado fácil. Ya no es posible. Necesito el conocimiento.

–Tienes que saber –rió la Serpiente–. Verdaderamente los hizo a su imagen y semejanza. Él es el que todo lo sabe.

–Y que tiene miedo de saber. Pero yo no tengo miedo. He visto demasiadas cosas. ¿Por qué habría de verlas sino para comprenderlas y arriesgarme a que existan?

–Quizás para que aceptaras que no puedes comprenderlo todo.

Se quedó pensativa. Había cruzado la pradera bajo la mirada atenta del búfalo y del elefante, que empezaron a seguirla. Cuando llegó al centro del Jardín, al pie del árbol, ya eran muchos los animales que la seguían, acobardados y fascinados a un tiempo. Ella miró a su alrededor. No estaba segura siquiera de tener el valor de hacer lo que su conciencia le dictaba, pero no tenía alternativa. El Jardín entero esperaba por ella.

–Tocaré el árbol primero. Veremos si en verdad me causa la muerte.

–Mira que yo estoy recostado en él y nada me ha sucedido. No es muy fácil morir.

–Vi la muerte y no me gustó. ¿Qué sentiré si muero?

–No sentirás nada. Ése es el problema precisamente. Nunca más sentirás nada. La muerte es de una simplicidad terrible– sonrió la Serpiente.

Eva se apresuró. Sus manos sudaban. Le pareció que el aire apenas alcanzaba a llenar su pecho. Extendió la mano. Su palma derecha toco la áspera piel vegetal del árbol. Abrió los dedos. Oyó el retumbo de su cuerpo que palpitaba entero queriendo salirse de su envoltorio. Cerró los ojos. Entreabrió los parpados. Seguía de pie en el mismo lugar. Estaba viva. Nada había cambiado. No moriría, pensó. Comería y no moriría.

Envalentonada, se acerco a la rama más baja, tomó el fruto oscuro, suave al tacto. Lo llevó a su boca y lo mordió. La dulzura del higo se extendió por su lengua, la carne blanda derramo miel entre sus dientes. El efímero palpito de la espuma de los pétalos blancos que caían del cielo se le antojó material insustancial comparado con el jugo penetrante, el aroma del fruto prohibido. Sintió el olor dispersarse dentro de ella. El placer de sus papilas se expandió como un eco en su cuerpo.

Entreabrió los ojos y vio a la Serpiente en la misma posición. Los animales. Seguía todo igual. Tomó otro fruto, golosa. El néctar se derramo por su barbilla. Cedió a la euforia. Les lanzó una fruta y otra y otra a los animales, desafiante y contenta.

Los animales se aglomeraron. Uno a uno se aproximaron y bebieron el jugo de su mano. Quería que comieran todos, quería compartir el sabor nuevo, la sensación de hacer por primera vez lo que su cuerpo le pedía.

No sólo no había muerto, se sentía más viva que nunca. Miró al Fénix revolotear sobre su cabeza. Lo llamó. Le tendió la fruta. El pájaro no descendió. Voló lejos. Se alejo emitiendo un triste graznido.

Recostada contra el tronco del árbol, la Serpiente contemplaba la escena sin alterar su habitual expresión irónica e impávida, sin participar en el frenesí que había hecho presa de Eva y los animales.

Adán lo supo desde que oyó el jolgorio a lo lejos. El cuerpo se le puso rígido. Apuró el paso. Temía encontrarse solo otra vez sin compañera. Temía llegar y encontrarla fulminada por la furia de Elokim. Echó a correr. Mientras corría, un vacío frío horadaba su costado.

Sin la mujer, él ya no sería el mismo, pensó. Si desaparecía ella, que era hueso de sus huesos y carne de su carne, vagaría incompleto y desolado. Él apenas tenía pasado y el que tenía estaba todo lleno de ella.

[...]

Suplemento Áncora. periódico La Nación 1 junio 2008.

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