Eternos inútiles crónicos
Claudio Alpízar Otoya *
Estoy convencido de que las grandes obras se deben más a los sueños altruistas de un ser humano, que a la voluntad de las masas. Hombres o mujeres que de manera particular y como proyecto personal, deciden llevar acabo una idea para el bien de la comunidad y la nación. En ese proceso con su carisma, seguridad y perseverancia, logran conjugar el apoyo para sus buenos y grandes ideales.
Empero, de igual forma, en toda sociedad siempre hay personas que se oponen a lo malo, a lo bueno o ambos. En algunos casos por frustraciones personales, en otros por creer que poseen el monopolio de la verdad y el conocimiento, o sencillamente por lo más común: por estupidez. Son esos eternos inútiles crónicos, que hacen lo imposible para evitar que los seres humanos concilien y evoluciones positivamente.
Decía Benjamín Franklin que “los hombres son criaturas raras: la mitad censura lo que ellos practican, la otra mitad practica lo que ellos censuran; el resto siempre dice y hace lo que debe”. Por eso no tiene nada de extraño que cuando alguna persona toma la decisión de desarrollar un buen proyecto, surge un puño de detractores que a toda costa intentan destruir o desanimar la idea. Confirmando que el ser humano es el más cruel enemigo del ser humano.
El hombre un animal salvaje. En el fondo somos animales salvajes y terribles, que disimulamos, pues nos conocen solamente después de haber sido domesticados mediante un poco de educación y de intercambio social, lo cual nos civiliza y diferencia de los otros animales. Por lo tanto, no hay que alarmarse cuando somos enfrentados y sale a la luz nuestra verdadera cara.
Vivimos en tiempos difíciles en que a uno le gustaría ahorcar a toda la raza humana que ignora los problemas fundamentales, sobre todo por hacerse de la vista gorda con los más necesitados. Creen que la pobreza es un castigo para aquellos que se lo “merecen”, cuando es bien sabido que es la falta de oportunidades y solidaridad lo que determina el futuro de los desposeídos. Las personas marcadas por su desinterés en el bien común llegaran a ser viejos pero nunca a ser buenos.
Si analizamos fríamente a la sociedad nos daremos cuenta de que los hombres sensatos son los primeros que ceden siempre, tal vez por ello es común que los más sabios sean dirigidos por los más testarudos. Hemos nacido en sociedad, esto obliga a unirnos con nuestros semejantes, a vivir en comunidad con los demás. Siglos atrás afirmaba Aristóteles que si no lo hacemos el hombre será una bestia.
Aquellas personas que piensan que pueden salir adelante sin necesitar y dar ayuda a su semejantes, de antemano están destinados al fracaso, a convertirse en esa bestia que nunca apoyo las buenas ideas y que crónicamente esta en desacuerdo con todo. La vida es una frustración si no nos provoca ninguna satisfacción.
Grandes seres humanos. Pero la idea de estas líneas no es desanimar, es todo lo contrario, es motivar para la presencia de individuos y líderes carismáticos, que impulsen, inventen y se proyecte con una lectura óptima de la realidad. Ejemplos de ello han sido muchos: Confucio, Cristo, Lincoln, Gandhi, Churchill y en nuestro país otros tantos; que han tenido la visión no solamente de lo que se avecina a futuro, sino del tipo de ser humano que requieren las sociedades para superar los inconvenientes que siempre se presentan, y que requieren profundidad y decisiones acertadas para su solución,
Requerimos hombres y mujeres altruistas, que estén dispuestos a sacrificar tiempo y dinero en aras del bienestar de las masas y las comunidades. Personas que mediante el constante contacto con otros seres humanos, que con su tacto y olfato sociopolítico,
puedan descifrar e identificar las falencias sociales y las necesidades para articular la consecución de logros que vengan a dignificar a las mayorías.
Es en el intercambio, en la comunicación social, desde donde se pueden articular las fuerzas necesarias para el logro de objetivos comunes y la mejora de este mundo. Pero si la inutilidad sigue siendo la principal característica de los individuos, la enfermedad de la estupidez se volverá habitual hasta la eternidad, confirmando la premisa de Tito Libio que aseguraba que “los hombres son menos sensibles al bien que al mal”.
* Politólogo
periódico La Prensa Libre 4 junio 2008

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