CONTRASTES FAMILIARES
Juan Luis Mendoza
En un escrito anterior, aludí ya a que, al no elegir la familia, en ella nos puede ir bien o mal. Y al ser lugar de permanencia, puede resultar un lugar grato o insoportable.
Confianza y agresividad. En el hogar normalmente nos sentimos a nuestras anchas, desinhibidos, dispuestos a comunicarnos abiertamente, sin medirnos en las palabras y gestos. Todo eso es bueno, relajante, apto para liberarse de tensiones, siempre y cuando no se den excesos, lo que es muy común precisamente por la confianza que nos tomamos al ser de la familia y que “todo queda en casa”.
Los conflictos. Los que integran una familia son seres humanos, expuestos por su condición a mil problemas que, al confluir en ella, nos pueden llevar al descontrol y derivar en el echarse la culpa unos a otros, perderse el respeto, agredirse, agravar la situación… Lo que correspondería es no escandalizarse de que se den conflictos y verlos, más bien, como retos que contribuyen a nuestro crecimiento humano si acertamos en su conveniente solución.
Seres humanos como somos, metemos a la familia en un incesante cambio. El cambio nos permite ser nosotros mismos y entrar en un proceso de madurez, seguridad y gozo; pero si las cosas andan mal, la familia no es capaz de aceptar esos cambios o los precipita para salir de ellos cuanto antes, creando de ese modo desazón y frustración.
Sigo otro día, Dios mediante.
Diario Extra 7 junio 2008.

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