Administra tu Blog

¡Crea tu Blog Ya! Fácil y Gratis

RESONOCO

26/06/2008 GMT 1

Columna Germinal

marfuerte @ 02:02

AÑO 2 No. 65

Alfonso Chase
Octavio Paz (1914-1998) es un escritor mexicano universal, que a diez años de su muerte, merece una relectura de sus escritos, para lograr una visión esencial de lo que fue y de lo que permanece de su legado, como él lo proponía y lo esperaba.

El Premio Nobel de Literatura de 1990 solo fue una confirmación a su trayectoria como poeta, ensayista, comentarista y editor, más su extraordinaria presencia en las entrevistas que se le hicieron en vida, cuya posición pública le dio un marco de polemista y pensador de avanzada. Siendo una figura integral, su visión del escritor y del intelectual fue también la de un profeta, pues entre 1960 y 1970, su eminente cultura lo proyectó en diversos ámbitos, desde los cuales pudo ver el futuro y anticipar muchos de los sucesos que dieron forma al final del siglo XX. Siempre concibió a la política como una dimensión de la historia, la suya y la de nosotros, y en la cual la imaginación crítica le permitió, desde muy joven, tener un amplio espacio para ser libro, dudar de todo, afirmarse en muchas cosas, pero tomando en cuenta una visión amplia de la libertad. Tuvo enemigos temibles en la izquierda, el centro y la derecha y nunca aceptó ser el fiel de la balanza, sino la proyección literaria de ejercer la labor intelectual, y poética, más allá de todo punto. Defectos tuvo, y muchos, pero lo importante es que construyó un pensamiento propio, sin limitaciones o cortinas, y trajo sobre su inteligencia el sentido de una cultura amplia, libre y una propuesta por la que se le tiene como pionero en su visión de los últimos años de su siglo, desde que en 1929, casi un adolescente, escribiera sus primeros poemas. Estuvo de manera singular en casi todos los acontecimientos del tiempo en que le tocara vivir y sus poemas se relacionan con la historia y ambos con su propia visión critica del desarrollo social. En muchos temas se le puede considerar como premonitorio o profético, pues supo ver más allá de cualquier tradición ya establecida, y combinarlas hasta establecer una voz propia, de significación universal.

A los diez años de su partida, este texto, de finales de los años sesenta, puso a discusión lo que sería la historia del mundo, presente también en su poesía o en sus opiniones, para todos aquellos que pudimos verlo como un maestro, un hombre cordial, altivo pero siempre digno, aun en sus contradicciones, que hoy nos parecen muy propias de quien se vio como un peregrino en su patria y en el mundo.

Supo ver, como vidente que era, las transformaciones del universo social. Al igual que en su poesía y en sus ensayos, actuales y de lectura compartida.

--------------------------------------------------------------------------------

• Octavio Paz
Revuelta, Revolución, Rebelión
Texto: ©Marie José Paz
Fotografía ©Marie José Paz (1969)
En castellano se usa poco la palabra revuelta. La mayoría prefiere revolución y rebelión. A primera vista lo contrario habría sido lo natural: revuelta es más popular y expresiva. En 1611 Covarrubias la definía así: “rebolver es ir con chismerías de una parte a otra y causar enemistades y quistiones: y a éste llamamos rebolvedor y reboltoso, rebuelta la cuestión”. Los significados de revuelta son numerosos, desde la segunda vuelta hasta confusión y mezcla de una cosa con otra; todos están regidos por la idea de regreso asociada a la de desorden y desarreglo. Ninguna de las acepciones es buena, quiero decir: ninguna dice que la revuelta sea un hecho valioso. En una sociedad como la España del siglo XVII, la revuelta representaba un principio funesto: la confusión de clases, el regreso al caos primitivo, la agitación y desorden que amenaza la fábrica social. Revuelta era algo que disolvía las distinciones en una masa informe. Para Bernardo de Balbuena la civilización consiste en la institución de las jerarquías, creadora de la necesaria desigualdad entre los hombres; la barbarie es el retorno a la naturaleza: a la igualdad. No es fácil determinar cuándo empezó a usarse la palabra revuelta con la significación de levantamiento espontáneo del pueblo. Según Corominas la historia de la acepción alboroto o alteración del orden social está por hacer. En francés aparece hacia 1500, en el sentido de “cambiar de partido” y solo hasta un siglo después adquiere el significado de rebelión. Aunque el diccionario de Littré indica que viene del italiano revoltare (volver del revés), Corominas piensa tal vez sea de procedencia catalana: revolt, temps de revolt. Cualquiera que sea su origen, la mayoría escribe y dice revolución o rebelión cuando se refiere a disturbios y sublevaciones públicos. Revuelta se deja para significar motín o agitación sin propósito definido. Es una palabra plebeya.

Las diferencias entre el revoltoso, el rebelde y el revolucionario son muy marcadas. El primero es un espíritu insatisfecho e intrigante, que siembra la confusión; el segundo es aquel que se levanta contra la autoridad, el desobediente o indócil; el revolucionario es el que procura el cambio violento de las instituciones. (Apenas me detengo en las definiciones de nuestros diccionarios porque parecen inspiradas por la Dirección de Policía). a pesar de estas diferencias, hay una relación íntima entre las tres palabras. La relación es jerárquica: revuelta vive en el subsuelo del idioma; rebelión es individualista; revolución es palabra intelectual y alude, más que a las gestas de un héroe rebelde, a los sacudimientos de los pueblos y a las leyes de la historia. Rebelión es voz militar; viene de bellum y evoca la imagen de la guerra civil. Las minorías son rebeldes; las mayorías revolucionarias. Aunque el origen de revolución sea el mismo que el de revuelta (volvere: rodar, enrollar, desenrollar) y aunque ambas signifiquen regreso, la primera es de estirpe filosófica y astronómica; vuelta de los astros y planetas a su punto de partida, movimiento de rotación en torno a un eje, ronda de las estaciones y las eras históricas. En revolución las ideas de regreso y movimiento se funden en la de orden; en revuelta esas mismas ideas denotan desorden. Así, revuelta no implica ninguna visión cosmogónica o histórica: es el presente caótico o tumultuoso. Para que la revuelta cese de ser alboroto y ascienda a la historia propiamente dicha debe transformarse en revolución. Lo mismo sucede con rebelión: los actos del rebelde, por más osados que sean, son gestos estériles si no se apoyan en una doctrina revolucionaria. Desde fines del siglo XVIII la palabra cardinal de la tríada es revolución. Ungida por la luz de la idea, es filosofía en acción, crítica convertida en acto, violencia lúcida. Popular como la revuelta y generosa como la rebelión, las engloba y las guía. La revuelta es la violencia del pueblo; la rebelión, la sublevación solitaria o minoritaria; ambas son espontáneas y ciegas. La revolución es reflexión y espontaneidad: una ciencia y un arte. El descenso de la palabra revuelta se debe a un hecho histórico preciso. Es una palabra que expresa muy bien la inquietud y la inconformidad de un pueblo que, aunque se amotine contra esta o aquella injusticia, está dominado por la noción de que la autoridad es sagrada. Igualitaria, la revuelta respeta el derecho divino del monarca; de rey abajo, ninguno. Su violencia es el oleaje del mar contra el acantilado: lo cubre de espuma y se retira. La acepción moderna de revolución en España e Hispanoamérica fue una importación de los intelectuales. Cambiamos revuelta, voz popular y espontánea pero sin dirección, por una que tenía un prestigio filosófico. La boga del vocablo no indica tanto una revuelta histórica, un levantamiento popular, como la aparición de un nuevo poder: la filosofía. A partir del siglo XVIII la razón se vuelve un principio político subversivo. El revolucionario es un filósofo o, al menos, un intelectual: un hombre de ideas. Revolución convoca muchos nombres y significados: Kant, la Enciclopedia, el Terror jacobino y, más que nada, la destrucción del orden de los privilegios y las excepciones y la fundación de un orden que no dependa de la autoridad sino de la libre razón. Las antiguas virtudes se llamaban fe, fidelidad, honor. Todas ellas acentuaban el vínculo social y correspondían a otros tantos valores comunes: la fe, a la Iglesia, como encarnación de la verdad revelada; la fidelidad, a la autoridad sagrada del monarca; el honor, a la tradición fundada en la sangre. Esas virtudes tenían su contrapartida en la caridad de la Iglesia, la magnanimidad del rey y la lealtad de los súbditos, fuesen villanos o señores. Revolución designa, a la nueva virtud: la justicia. Todas las otras —fraternidad, igualdad, libertad— se fundan en ella. Es una virtud que no depende de la revelación, el poder o la sangre. Universal como la razón, no admite excepciones e ignora por igual la arbitrariedad y la piedad. Revolución: palabra de los justos y de los justicieros. Un poco después surge otra palabra, hasta entonces vista con horror: rebelión. Desde el principio fue romántica, guerrera, aristogrática, déclasée. Rebelde: el héroe maldito, el poeta solitario, los enamorados que pisotean las leyes sociales, el plebeyo genial que desafía al mundo, el dandy, el pirata. Rebelión también alude a la religión. No al cielo sino al infierno: soberbia del príncipe caído, blasfemia del titán encadenado. Rebelión; melancolía e ironía. El arte y el amor fueron rebeldes; la política y la filosofía, revolucionarias.

En la segunda mitad del siglo pasado aparece otro vocablo: reformista. No venía de Francia sino de los países sajones. La palabra no era nueva; lo eran su sentido y la aureola que la rodeaba. Palabra optimista y austera, singular combinación de protestantismo y positivismo. Esta alianza de la vieja herejía y la nueva, el luteranismo y la ciencia, hizo que la odiasen todos los casticistas y conservadores. Su odio no era gratuito, bajo apariencias decorosas la palabra escondía el contrabando revolucionario. Pero era una palabra decente. No vivía en sus suburbios de los revoltosos ni en las catacumbas de los rebeldes sino en las aulas y las redacciones de los periódicos. El revolucionario invocaba a la filosofía; el reformista a las ciencias, la industria y el comercio: era una fanático de Spencer y los ferrocarriles. Ortega y Gasset hizo una distinción muy aguda, aunque tal vez no muy cierta, entre el revolucionario y el reformista: el primero quiere cambiar los usos; el segundo, corregir los abusos. Si fuese así, el reformista sería un rebelde que ha sentido cabeza, un satán que desea colaborar con los poderes constituidos. Digo esto porque el rebelde, a diferencia del revolucionario, no pone en entredicho la totalidad del orden. El rebelde ataca al tirano el revolucionario a la tiranía. Admito que hay rebeldes que juzgan tiránicos a todos los gobiernos; no es menos cierto que condenan el abuso, no el poder mismo; en cambio, para los revolucionarios el mal no reside en los excesos del orden constituido sino en el orden mismo. La diferencia, me parece, es considerable. A mi juicio las semejanzas entre el revolucionario y el reformista son mayores que aquello que los separa. Los dos son intelectuales, los dos creen en el progreso, los dos rechazan al mito: su creencia en la razón es inquebrantable. El reformista es un revolucionario que ha escogido el camino de la evolución y no el de la violencia. Sus métodos son distintos, no sus objetivos: también el reformista se propone cambiar los usos. Uno es partidario del salto; el otro del paso. Ambos creen en la historia como proceso lineal y marcha hacia adelante. Hijos de la burguesía, los dos son modernos.

Revolución es una palabra que contiene la idea del tiempo cíclico y, en consecuencia, la de regularidad y repetición de los cambios. Pero la acepción moderna no designa la vuelta eterna, el movimiento circular de los mundos y los astros, sino el cambio brusco y definitivo en la dirección de los asuntos públicos. Si ese cambio es definitivo, el tiempo cíclico se rompe y un nuevo tiempo comienza, rectilíneo. La nueva significación destruye a la antigua: el pasado no volverá y el arquetipo del suceder no es lo que fue sino lo que será. En su sentido original, revolución es un vocablo que afirma la primacía del pasado: toda novedad es un regreso. La segunda acepción postula la primacía del futuro: el campo de gravitación de la palabra se desplaza del ayer conocido al mañana por conocer. Es un haz de significaciones nuevas: preeminencia del futuro, creencia en el progreso continuo y en la perfectibilidad de la especie, racionalismo, descrédito de la tradición y la autoridad, humanismo. Todas estas ideas se funden en la del tiempo rectilíneo: la historia concebida como marcha. Es la irrupción del tiempo profano. El tiempo cristiano era finito; comenzaba en la Caída y terminaba en la Eternidad, al otro día del Juicio Final. El tiempo moderno, revolucionario o reformista, rectilíneo o en espiral, es infinito. El cambio de significado de revolución afecta también a la palabra revuelta. Guiada por la filosofía, se transforma en actividad prerrevolucionaria: accede a la historia y al futuro. Por su parte la palabra guerrera, rebelión, absorbe los antiguos significados de revuelta y revolución. Como la primera, es protesta espontánea frente al poder; como la segunda, encarna al tiempo cíclico que pone arriba lo que estaba abajo en un girar sin fin. El rebelde, ángel caído o titán en desgracia, es el eterno inconforme. Su acción no se inscribe en el tiempo rectilíneo de la historia, dominio del revolucionario y del reformista, sino en el tiempo circular del mito: Júpiter será destronado, volverá Quetzalcoatl, Luzbel regresará al cielo. Durante todo el siglo XIX el rebelde vive al margen. Los revolucionarios y los reformistas lo ven con la misma desconfianza con que Platón había visto al poeta y por la misma razón: el rebelde prolonga los prestigios nefastos del mito.
Revista Abanico. periódico La Prensa Libre 10 mayo 2008.

Comentarios

No hay Comentarios »

Dejar un Comentario


<a href> <em> <blockquote> <strong> <cite> <code> <ul> <li> <dl> <dt> <dd>

Archivo | ¡Crea tu Blog Ya! Fácil y Gratis