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RESONOCO

10/07/2008 GMT 1

Un experimento literario

marfuerte @ 01:59

Otras voces En 1941 se organizó el primer concurso de ‘cuento comprometido’ en Costa Rica

Iván Molina Jiménez | ivanm@cariari.ucr.ac.cr
Treinta colones fue el primer premio de un singular concurso de “literatura comprometida” organizado en nuestro país, y que tuvo entre sus jurados a personajes como Julián Marchena y Abelardo Bonilla.

A diferencia de sus competidores electorales, el Partido Comunista de Costa Rica, fundado en junio de 1931, se caracterizó por ser permanente, por contar con un periódico propio (el semanario Trabajo ) y por disponer de una base sindical.

De esa forma, el objetivo de lograr un buen desempeño en las urnas, pese a su fundamental importancia, era solo parte de un esfuerzo más amplio. Este incluía mantener una presencia constante en la esfera pública –centrada en la denuncia de las injusticias sociales–, organizar crecientemente a los trabajadores y elevar el número de afiliados.

Dadas tales características, el Partido Comunista quedó ubicado en una estratégica posición para ampliar el mercado cultural de la época con base en su audiencia de lectores, militantes y simpatizantes.

Además, tal posibilidad era estimulada por las contribuciones que un arte y una literatura “socialmente comprometidos” podían brindar a las tareas sindicales, periodísticas y electorales del Partido.

Inicialmente, la única intelectual de peso que se declaró comunista fue la escritora Carmen Lyra, pero, en poco tiempo, el Partido logró atraer a jóvenes pintores, como Gilbert Laporte y Francisco Amighetti. Simultáneamente, una nueva generación de literatos y artistas empezó a surgir bajo el alero del Partido, como Emilia Prieto, Carlos Luis Fallas ( Calufa ), Luisa González y Carlos Luis Sáenz.

Artistas y literatos podían contribuir a los quehaceres y metas del Partido con obras dominadas por una particular sensibilidad social, y, a cambio, las verían publicadas en las páginas de Trabajo (o de manera independiente) y serían promovidas por el aparato de propaganda de los comunistas.

Su experiencia más exitosa fue la de Fallas, cuyos textos literarios lograron numerosas traducciones y ediciones en la Europa oriental, de influencia soviética.

Nuevo impulso. En septiembre de 1941, en el marco del entusiasmo generado por la publicación de Mamita Yunai (la obra emblemática de Fallas), los comunistas organizaron un concurso de cuento corto cuyo propósito era promover literatura socialmente comprometida. Para ello emplearon la revista mensual Vanguardia, dirigida a las organizaciones obreras.

Según lo dispuesto por los organizadores, los relatos no debían sobrepasar las 1.800 palabras y versarían sobre asuntos nacionales (“preferibles cuestiones de carácter social”).

Los interesados tenían hasta el último día de octubre para enviar sus trabajos, firmados con seudónimos y el nombre en una plica adjunta. Las obras serían evaluadas por un jurado integrado por el poeta Julián Marchena, el abogado Emilio Valverde, el periodista y novelista Adolfo Herrera García y el estudioso de la literatura Abelardo Bonilla.

Se definieron tres premios. El primero era de 30 colones en efectivo (equivalente al salario semanal de un trabajador especializado) y la publicación del cuento y de la foto del autor en Vanguardia y en las revistas Bohemia (La Habana) y Norte (Nueva York).

El segundo premio consistiría en el obsequio de cuatro libros: Uvas de la ira , de John Steinbeck; J’acusse , de André Simón; Mamita Yunai , de Fallas, y Alas en fuga , de Marchena. Finalmente, el tercer lugar implicaba una suscripción anual gratuita de las revistas ya citadas.

En su edición de noviembre, Vanguardia dio a conocer a los ganadores: el artista Ricardo Segura (premios primero y tercero) y Maggie Breedy (segundo lugar). Los dos cuentos premiados de Segura fueron Lo injusto , acerca del maltrato y el abuso experimentados por una joven pobre del campo, y Purruja , narración cuyo trasfondo es el mundo de los coligalleros.

El cuento de Breedy, Una burbuja , tiene por tema el descubrimiento que hace una maestra de las condiciones miserables en las que vive uno de sus alumnos.

Sin embargo, el resultado del concurso dejó insatisfechos a jurados y a organizadores. Según los primeros, “se presentaron cincuenta trabajos, en general de escasa calidad literaria”, de los cuales, además, pocos “tienen el carácter y la técnica del cuento corto, que fue motivo del concurso, y abundan entre ellos las crónicas y escenas simples de la vida, que no es posible considerar como cuentos”.

Pese a lo anterior, los jurados (con la notable ausencia de Marchena) decidieron “escoger [algunos de] entre los pocos que se aproximan al cuento, tomando en cuenta los aspectos psicológicos que se presentan, el ambiente y la redacción”.

En respuesta a un jurado que claramente había optado por premiar trabajos sobre los cuales tenía enormes dudas, la Redacción de Vanguardia expresó:

“Respetamos el fallo del Jurado de nuestro Concurso de Cuento Corto y reconocemos que, efectivamente, la calidad literaria en general de los cuentos que llegaron es baja. Algunos de los trabajos no tienen las características ni la técnica del cuento corto. Esto es debido, a nuestro juicio: en primer término a que la cultura popular nacional está muy descuidada; no se lee lo necesario, y en 2º lugar, a que aquellas personas que sienten aficiones literarias no encuentran estímulo ni ambiente para sus actividades. No obstante, insistimos en que algunos de los trabajos que recibimos son de gran valor […]. Si no tienen un desarrollo brillante, sí tienen en cambio originalidad”.

Desencuentro. Al responsabilizar a las culturas populares y al ambiente nacional del resultado del concurso, la Redacción de Vanguardia procuró esquivar la responsabilidad que le cabía en un experimento que, con base en un canon literario, establecía un jurado de intelectuales para evaluar cuentos escritos por personas –presumiblemente– de origen popular.

En tales circunstancias, defender algunos de los trabajos en razón de su “originalidad” parece haber sido un intento de último minuto de la Redacción por buscar maneras de valorar las obras con criterios diferentes de los que suponía el canon.

El inevitable desencuentro entre jurados y concursantes ¿fue motivado por la expectativa que eventualmente tenían los organizadores de descubrir nuevos Fallas entre los lectores de Vanguardia ?

Si tal motivación existió, los organizadores pasaron por alto el hecho de que Fallas solo llegó a escribir Mamita Yunai después de un prolongado proceso de aprendizaje e intelectualización, realizado en buena parte en las páginas de Trabajo y con el apoyo, entre otras personas, de Carmen Lyra.

Pese al desencanto de jurados y organizadores, y al conflicto que parece haberlos enfrentado, debe destacarse el carácter novedoso de abrir un concurso literario, en una revista dirigida a los trabajadores, con el fin de producir literatura socialmente comprometida.

También es preciso resaltar que, no obstante el breve plazo fijado (menos de dos meses), fueron recibidos cincuenta trabajos. Finalmente, a la luz de lo expresado por el jurado acerca de las características que presentaban la mayoría de las obras, este experimento literario de Vanguardia parece haber sido un importante antecedente de los concursos de historias de vida de campesinos y artesanos, organizados en Costa Rica en la segunda mitad del siglo XX, y de la literatura testimonial.

EL AUTOR ES HISTORIADOR Y MIEMBRO DEL CENTRO DE INVESTIGACIÓN EN IDENTIDAD Y CULTURA LATINOAMERICANAS DE LA UCR.

Suplemento Áncora. periódico La Nación 15 junio 2008.

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