LAS DISCUSIONES
Juan Luis Mendoza
Me refiero concretamente a las discusiones de la pareja. Y, ante todo, hay que decir que es humano, es normal, y hasta saludable que para la solución de los infaltables problemas se susciten esas discusiones. Como lo observa Bernabé Tierno Jiménez “la discusión ayuda a la nueva pareja a conocerse y a discernir sobre la conveniencia o no de esa relación”.
Ahora bien, una discusión como Dios manda tiene sus propias normas:
No guardarse nada adentro que moleste. Si usted ve que hay algo en el otro (a) que le parece que está mal, dígaselo; pues si no lo hace en el momento, se le puede acumular en su mente y en su corazón la tensión que le provoca la molestia, y hasta derivar, según los casos, en rencor lo que no es buena base para la discusión.
No discutir siempre sobre lo mismo. La discusión está en función de un problema que se ha de solucionar o que, al menos, se intenta, aunque no se consiga. Lo que no conviene, porque no conduce a nada sino a agravar la situación y fijarla en su punto muerto, es el volver siempre sobre el mismo asunto, esgrimiendo los mismos manidos argumentos, cada cual cerrado en lo suyo, sin más alternativas.
Centrarse en el problema sobre el que se discute, ¿Qué sucede? Que si los interlocutores se descuidan, se dejan llevar no por la razón sino por los sentimientos que tornan a revivir vivencias pasadas y las consiguientes discusiones, también pasadas, y los problemas se suceden uno tras otro, sin que se sea capaz de centrar la atención en uno solo, por ahora, aquel que dio pie a la discusión inicial. Y nada más. Completo el tema otro día, Dios mediante.
Diario Extra 17 mayo 2008.

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