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RESONOCO

12/07/2008 GMT 1

Poetas en el Sol

marfuerte @ 02:15

Selección Una antología publicada en México reúne reciente poesía centroamericana

Carlos Cortés | Escritor@nacion.com
Una antología como La herida en el Sol (Poesía contemporánea centroamericana, 1957-2007) , que reúne a cinco países, 54 autores y 303 poemas en 524 páginas, no es tanto un libro como un acto de fe. Se cree o no se cree. Es real porque es imposible –diría el cubano Lezama Lima citando a Tertuliano y pensando en José Martí–, y su importancia estriba en la medida de su imposibilidad.

Centroamérica –en particular, su cultura– debe ganarse cada día su espacio vital; luchar en favor de su existencia y en contra de la dispersión de su tradición cultural y de la invisibilización de su destino compartido. Existe y cobra consistencia en milagros cotidianos como es esta antología.

Hace casi una década escuché por primera vez al poeta y editor Marco Antonio Campos, director de la colección Poemas y Ensayos de la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM), su deseo de realizar una recopilación de este tipo. Durante este periodo no cejó en su esfuerzo por culminarla, a pesar de obstáculos que, sin duda, lo llevaron a pensar que la poesía centroamericana no existía, es imposible de hallar o fruto de la imaginación.

Sin embargo, como “la poesía es la única prueba concreta de la existencia del hombre”, según el guatemalteco Cardoza y Aragón, la poesía centroamericana parece ser la única prueba concreta de la existencia de Centroamérica.

Más allá de Cardenal. Con este acto de fe, la UNAM y el recopilador de la antología, el escritor nicaragüense Edwin Yllescas, se propusieron ofrecer un nuevo argumento probatorio de la hipótesis de Cardoza y Aragón. Con un título tan elocuente como el resplandor flagelante que proclama, La herida en el Sol es tan consistente como sus dos kilos y medio de peso. Como me dijo hace 20 años la poeta panameña Consuelo Tomás, al regalarme el ladrillo de mil páginas de Un siglo del relato latinoamericano : “No es para que te lo leas; es para que le des en la cabeza a quien te diga que no hay narrativa en Latinoamérica antes del boom ”.

La herida en el Sol va en sentido contrario: no solo está hecha para leerse –desde el óleo de Armando Morales que le sirve de portada– sino para demostrar que hay poesía centroamericana después de Martínez Rivas, Cardenal, Roque Dalton y Eunice Odio, por citar algunos clásicos.

En este libro, el poeta de más edad es Roberto Sosa, de 78 años, que con toda justicia no es ni un viejo poeta ni un poeta viejo, sino un poeta mayor. La menor en edad es la salvadoreña Roxana Méndez, de 29 años. Con excepción de Sosa y de otras voces plenamente maduras –como los salvadoreños José Roberto Cea y Alfonso Kijadurías, la guatemalteca Ana María Rodas y los costarricenses Laureano Albán y Alfonso Chase–, la muestra se dedica a la creación simultánea o posterior a la crisis regional de los 80 y el final de la Guerra Fría.

Antecedentes. Ni siquiera en la década de 1980 fueron abundantes las antologías centroamericanas, pero al menos se publicaron recopilaciones de poesía nicaragüense y salvadoreña en varios idiomas. También se editaron dos antologías relevantes: Poesía contemporánea de Centro América (1983), del salvadoreño Roberto Armijo y el hondureño Rigoberto Paredes, en España, y Las armas de la luz (1985), de Chase, para el Departamento Ecuménico de Ediciones (DEI).

Diez años más tarde, la Editorial Costa Rica presentó Poesía contemporánea de la América Central, del guatemalteco Francisco Albizúrez Palma; la selección, sin embargo, solo incluye cuatro autores nacidos después de 1951 y se interesa de modo primordial por los poetas de la primera mitad del siglo XX.

La edición española de Armijo y de Paredes, de hace 25 años, es el único antecedente moderno de una antología regional publicada fuera del área.

La herida en el Sol no es una antología “total”; es necesariamente parcial y no puede ni pretende ser exhaustiva.

Tampoco muestra una literatura “armada de futuro hasta los dientes” –como dice el “Canto de guerra” de Belli– ni enseña “los dispositivos en la flor” –en la fórmula revolucionaria del cubano Cintio Vitier–.

Esta es una antología que se inserta de lleno en la incertidumbre del siglo XXI; adscribe a un presente movedizo que duda de sus propios signos de identidad, más allá de cualquier posible tendencia, etiqueta, escuela o movimiento que pueda endilgársele a la perseguida, perdida, encontrada y perdida de nuevo tradición centroamericana.

Contextos y mutaciones. Es oportuna no solo porque nos vuelve visibles ante nosotros mismos, sino porque presenta al menos dos generaciones de poetas en pleno, hipotético y provisional desarrollo, en un momento en que algunos autores se abren paso de modo individual en el ámbito de la poesía iberoamericana.

En el último lustro, al menos cinco poetas centroamericanos han sido incluidos en antologías internacionales o han recibido premios relevantes en Europa: el guatemalteco Humberto Ak’abal (el premio Pier Paolo Pasolini de Italia), los nicaragüenses Gioconda Belli (premios Generación del 27 y Ciudad de Melilla) y el antologado Francisco Ruiz Udiel, el costarricense Luis Chaves (el premio Fray Luis de León) y el salvadoreño George Alexander Portillo (el Adonais), por mencionar los galardones más importantes.

Esta antología nos permite entender de dónde proceden estos autores y visualizar el contexto cambiante del que forman parte. Como atestigua la guatemalteca Carolina Escobar Sarti: “No poetas / sino duración de lo que cambia / y se mueve” (“Sólo somos tiempo”).

Centroamérica es una región de extremos, incluso en literatura: inició el modernismo y lo alargó hasta la decadencia casi 50 años después; introdujo la vanguardia y el exteriorismo, y a la vez se parapetó en el soneto, los provincianos juegos florales, las rimas de salón y la mística. Creó la poesía del siglo XX y, por mucho tiempo, se resistió a la poesía del siglo XXI.

Somos innovadores y profundamente reaccionarios; invencibles y plagiarios; urgentes imitadores de Cardenal y solipsistas seguidores de la Biblia. Sanguina-rios en Bonampak y devotos en Solentiname; milenarios en el Popol Vuh y habitantes del tiempo real en los graffiti sobre la piel de los mareros, una lágrima tatuada por cada muerto, siete palabras alrededor del cuello, un anillo de calaveritas en los tobillos.

Todas estas facetas están presentes en La herida en el Sol , disolviéndose en una selva de símbolos –si bien faltan nombres fundamentales, como el mencionado A’kabal, el salvadoreño Roberto Armijo y el costarricense Carlos Francisco Monge–.

En un tiempo de ruina para los profetas, futurólogos y críticos, me atrevo a sospechar que la poesía centroamericana es contemporánea en su rechazo de la épica abstracta, en su canción descorazonada, en su fe en la desesperanza, en su silenciosa y precaria arritmia. Una poesía que sospecha de la poesía:

“Yo Confieso / que maté al Padre. Freud / que lo copié todo a Freud. Lacan” (“Confesión última”, C. E. Sarti).

“¿Quién habló de victorias? Sobreponerse es todo”, dejó dicho Rilke. ¿Quién habló de sobreponerse? Existir, resistir, continuar, es la verdadera victoria.

Suplemento Áncora. periódico La Nación 18 mayo 2008.

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