Librero
Otras realidades
Una familia honorable
Rafael Cuevas Molina
Novela. EUNED
Froilán Escobar
Escritor
Rafael Cuevas es un hombre sereno dominado por la intranquilidad. Bajo esa apariencia nirvánica, de buda guatemalteco salido del Popol Vuh , se oculta un obsesionado creador cuya preocupación esencial es embriagarse lúcidamente de realidad. Como un cronista de Indias actual, inconforme con lo que ha ocurrido y ocurre en su país, nos presenta en su última novela, Una familia honorable , un simulacro que se parece críticamente a la realidad.
En este caso, la novela como invención, disiente irónicamente no sólo de la honorabilidad de la familia de la Tía Edith, sino de la cruenta guerra de los años 70, en la que, a pesar de que “había habido miles de muertos, desaparecidos, persecuciones y secuestros, les parecía que no les competía a ellos”. ¿Por qué parecía que no les competía? Porque era la historia “que aparecía de vez en cuando en los periódicos”. Es decir, la representación no tiene un referente real, sino otra representación. Al no existir una realidad palpable de la cual agarrarse, todo se convierte en un juego de espejos, en una ilusión de otra ilusión. Pero esto le sirvió de mucho a Cuevas: así no debió contar una historia real, sino que imaginó una historia real a partir de ese recuerdo fragmentario y vago de lo que aparecía en los periódicos. Imaginarla es su forma de disentir, de llenar el vacío de una realidad brutal, o tal vez de crear, como significado, a partir del simulacro, el deseo de que el referente histórico, en lugar de teatro de la crueldad, como verdaderamente fue, al voltear la página de la novela, quedara como simple peripecia dramatúrgica de los verdugos.
Por otra parte, para inventar la historia real necesitaba un hecho previo que estuviese “pesando sobre su imaginación”. No obstante, la invención que Cuevas construye a partir de esta familia (en la que algunos de los personajes se involucran y participan directamente de los hechos, y otros, sencillamente, por estar ahí, viven aplastados por su peso), es una ficción tan verdadera que para el lector no es imprescindible conocer si hubo o no una realidad anterior.
La novela borra el referente, lo sustituye a tal punto que tienden a coexistir porque, al final, uno y otro generan las mismas imágenes (las marcas lacerantes o los olvidos también lacerantes, con que los personajes se encuentran y se descubren como seres humanos). Esto no permite saber dónde comienza la fuente y dónde la representación pues el relato cuestiona lo que pasó realmente, pero no lo niega.
Lo imaginado y lo real se confunden, producto del desplazamiento que se produce entre esos dos territorios, al parecer, opuestos. Esta es la manera de Cuevas de transfigurar lo fugaz, incluso lo que puede parecer trivial, en algo imperecedero. En su búsqueda, pese a lo que decía McLuhan, el medio no es el mensaje: lo importante, para él, no es el vehículo, sino el viaje, el mensaje mismo, la historia que se cuenta con ese lenguaje.
Por tanto, la palabra más bella es la que se inserta en una sucesión eficaz de palabras eficaces, aquella que, además de mostrar, engendra en la representación la ilusión del vértigo verdadero.
El lenguaje no es aquí la historia, sino el medio para contar una historia que, para que resulte más contundente, más profunda, se acerca a la crónica, a la manera que Borges se acercó a periódicos argentinos para escribir “Emma Zunz” u “Hombre de la esquina rosada”, con el fin de hacerlos más humanos.
La flecha que se dispara en Una familia honorable va en esa dirección: hacerlos más humanos en esta realidad segunda que es un simulacro atenuado de la verdadera realidad. Su propósito es contar una historia. Frente a un mundo delirante, que nos desborda con su absurdo y brutalidad, sólo existe el ultimátum del realismo: para denunciar la locura hay que mostrar la locura, con la fuerza de la representación, con la magia de su efecto, de su puesta en escena, que hace que las cosas tengan sentido al ser transfiguradas en espectáculo, en ilusión.
De esta forma, como dice Tomás Eloy Martínez, “cada novela crea su universo propio de relaciones, sus crepúsculos, sus lluvias, sus primaveras, su propia red de amores y de traiciones. Ese conjunto de leyes no tiene por qué ser igual a las leyes de la realidad. Su única obligación es engendrar una verdad que tenga valor por sí misma, que sea sentida como verdadera por el lector”. Eso es lo que logra este buda guatemalteco salido del Popol Vuh .
Suplemento Áncora. periódico La Nación 18 mayo 2008.

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