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RESONOCO

16/07/2008 GMT 1

Anticipo

marfuerte @ 02:17

Un domingo de palomas

Anticipo del libro ‘Un domingo de palomas’ del escritor y arquitecto Louis Ducoudray.

La niña del aire

Desde los techos del pequeño pueblo blanco caían sombras de añil y mordían linternas de la piratería. En bandejas de madera, las mujeres desbullaban ostras. Por las angostas calles, los niños pisaban escamas y espinazos que los perros lamían. Junto a la antigua brisa de algas que esparcía su modorra en las jardineras de las ventanas, corría el rumor de que Irene había perdido el juicio.

Si algo había de cierto era que la madre de la niña, sentada en el balcón de su casa, desde hacía días miraba a la gente con una tristeza que se parecía a la de una vela solitaria en el horizonte, como si un enorme miedo la hubiera apartado de la vida. Sus ojos, distantes, casi no parpadeaban. De la madre también se decían cosas, cuando la puerta azul estuviera cerrada [...].

Los primeros en intuir que algo sucedía en la casa de la puerta azul fueron los perros. Olfateando un gran peligro, se alejaron de esa calle. Vagaban en otras, alertas, prontos a saltar o salir huyendo. Sólo ellos oían una vibración en el aire, agudísima. Les erizaba el pelo y los ponía a orinar. La percibían cada vez que la puerta azul se abriera, y entonces iban a esconderse [...].

De noche, la niña se levantaba despacio. Sospechaba que cualquier movimiento brusco habría de alborotar las madejas de luciérnagas que desde hacía semanas hervían en su vientre. Bulliciosas y veloces, la llevaban a vomitar cuanto alimento tomara. Agarrándose de la cabecera de la cama, a veces de la veladora y aun de las sábanas, Irene lloraba. Doblando sus piernas sentía que las luciérnagas se rebalsaban y se atoraban en su garganta. Mareada, procurando no tropezar con los objetos que también se movían, llegaba al cuarto de baño. Ella era apenas un poco más alta que el lavabo. Sudorosa, apoyaba el mentón en el borde y miraba el chorro de chispas que le salían por la boca. Mientras sostenía sus trenzas, a fin de que no se incendiaran, la niña esperaba. Sentía un alivio cuando creía que ya no quedaba ni una sola luciérnaga en su vientre. Después del imposible dolor y del asco y del ahogo –en más de una oportunidad se desmayó–, su desdicha desaparecía. Se asombraba de ver aquellas criaturas luminosas que se aniquilaban y renacían y se le enredaban en los cabellos, iluminando el cuarto de baño [...].

Irene perdió el apetito. Día tras día enflaquecía. En las mañanas, sentada en la cama abría la boca y se miraba al espejo. Deseaba asegurarse de que en la garganta aún estaban esas luces que se atascaban y se fundían, como si la tentación de enfrentarse con la claridad del alba las apagara. Desperezándose, despacio alzaba los brazos y se ponía el vestido. La ropa empezaba a entallarle floja. La niña pensaba que su cuerpo cedía ante un brote de alas diminutas en la espalda, y por esto ninguna prenda le servía. La madre le cerraba el botón del cuello y trataba de levantar las hombreras, pero las ropas quedaban flojas. [...]

Tal cantidad de luciérnagas había vomitado Irene durante la noche, que su madre antes del amanecer se puso al borde de la asfixia. Cerró las ventanas con el propósito de que nadie se enterara. No se atrevió a vislumbrar el pánico que habría de inundar las calles si ese universo de luciérnagas lograra escapar.

En algún momento de su desesperación, pensó en abandonar el pueblo. Se lo impidió su hija. Jamás la había visto tan feliz: respiraba con los brazos abiertos y los ojos sonrientes. Saltaba, y a ratos desaparecía entre las nubes de luciérnagas, o giraba en serpentinas de luz, como si inventara impetuosas órbitas. Salía el sol cuando la madre vio algunos perros aullando frente a la puerta azul [...].

Suplemento Áncora. periódico La Nación 18 mayo 2008.

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