1948: cuatro historias
Enrique Obregón Valverde
UNA. Bajo el puente del río San Isidro, Isauro, herido gravemente, había quedado solo. Cuando los enemigos llegaron, el sargento que los dirigía intentó quitarle el rifle. Entonces Isauro, apretando fuertemente su máuser, con las pocas fuerzas que le quedaban, retadoramente le dijo: “Vos no sos hombre para desarmarme a mí”.
Minutos después, el sargento, suavemente, recogió el arma que se había desprendido de las manos ya sin vida de aquel heroico campesino.
kDOS
El militar hondureño era de carrera. Guerrillero de muchos años en su patria. Se incorporó a la revolución costarricense y llegó a San Isidro. Nunca usó arma de fuego, solamente un machete. Sigilosamente, se arrastraba por los matorrales y, de sorpresa, caía sobre el enemigo. A los tres días lo hirieron y fue llevado al improvisado hospital. El farmacéutico, que hacía de médico, le dijo que era profunda su herida y que no lo podía operar porque no tenía práctica de cirugía mayor. Entonces ordenó: “Usted corte con este puñal y no le importe si me duele, pero saque la bala”. El farmacéutico cumplió y el guerrillero arrugó la cara, pero se desmayó.
Una semana después volvió a la lucha, sigilosamente, por los matorrales.
kTRES
Misael se despidió alegremente de su madre. “No te preocupés –le dijo–, regresaré”. Por el viejo camino, iba corriendo y silbando. Al perderse por la pendiente, se detuvo, miró a su madre, levantó el brazo, y gritó: “¡Volveré!”.
Pero su madre pasó el resto de su vida llorando.
kCUATRO
El capitán dio las órdenes para la guardia nocturna y recomendó tener mucho cuidado porque los enemigos podrían estar muy cerca. Cansado y un poco hambriento, aquel soldado se quedó dormido, el brazo armado, frente al junquillo azul.
Cuando despertó, ya estaba muerto.
periódico La Nación 19 junio 2008.

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