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RESONOCO

23/07/2008 GMT 1

Un homenaje a José Marín Cañas.

marfuerte @ 01:52

prólogo que Alberto Cañas escribió en la obra "Valses nobles y sentimentales", una autobiografía de Marín Cañas.

Por Alberto Cañas

"Nací el día de San Agustín, el año en que Valle Inclán escribió "Sonata de Primavera". Asimismo, por el año, nacieron Neruda, Dalí, Carpentier, la teoría de la relatividad y el asesino de Trotsky. Un siglo antes había cerrado los ojos Kant. En la calle donde vine al mundo, la Municipalidad hizo colocar una placa. La placa dice "Calle 10". En ella, años atrás, había nacido un gran poeta: Julián Marchena."
Pongo por ejemplo el caso de un viejo y amable profesor que me orientaba -tendría yo 14 o 15 años? . en la lectura de los escritores costarricenses, haciendo que por mis manos pasaran Magón y El Primo; el Moto y La Caída del Aguila; y que en el momento en que fui (o vine) más lejos, me expresó: "pero si a ese muchacho no lo entiende nadie!". El muchacho era José Marín Cañas, y yo había mostrado cierto entusiasmo con los chistes de "Tú, la Imposible". Ahora no puedo reconstruir cuál fue la impresión exacta que me dejó esa primera lectura de la que años más tarde llamé -para provocar una sonrisa casi diabólica en su autor-la novela maldita de Marín Cañas; pero si recuerdo muy bien la fruición con que seguía (seguíamos todos, sin excepción), el folletín de "El infierno verde" que se publicaba en La Hora de Hoy, que ahora sé la escribía él a veces y a veces Adolfo herrera García, y en la que mis inquietudes de adolescente realidad de aquellos días. Recuerdo el placer que nos depararon dos de esas columnillas: una en la que se hacía guasa de cierta histeria contra las películas del oeste que desató un horrible asesinato que se cometió en San José por ese entonces, y otra que describía el estado lamentable en que los festejos populares allí celebrados dejaron en enero el llano de la Sabana. No sería raro que entre esos papeles viejos que nunca toco aparezcan un día esos artículos.
Nos aficionamos todos, pero lo que me importa decir es que me aficioné yo, a leer a Marín Cañas; fue muy simple, se trataba de un periodista, de un escritor ( la diferencia entre ambos no era muy clara y todavía no lo es) diferente; y leerlo era salirse de la rutina.
La intuición de muchacho puede razonarla el adulto. Ahora se sabe que José Marín Cañas provocó una ruptura en el desarrollo de las letras costarricenses. Entre otras cosas, le dio el golpe de gracia al costumbrismo.
Antes que él, Carmen Lyra y Luis Dobles Segreda se habían empeñado en que su prosa narrativa tuviese un valor literario autónomo. Haciendo "preciosismo" (como llamaban entonces a la prosa de clave modernista), y luego Carmen Lyra emprendiendo el arranque fenomenal hacia el empleo literario y sin intención folklórica dle lenguaje popular.

"A los 5 años entré a la escuela de las Sánchez. Mi madre me llevó a matricular, y la señorita Sánchez, que nos atendía, mostró su desolación de ver un niño tan desmirriado y palidejo. Mi madre le explicó: -Es que casi se nos muere. Tuvo una tifoidea terrible, ¿sabe usted? Teníamos que bañarlo en agua de hielo cuando la calentura le pasaba de cuarenta. Viera señora, a veces mi marido y yo lo bañabamos a media noche".
Marín Cañas no siguió ese camino, pero también nació a la literatura preocupado por el lenguaje y el estilo, buscando el suyo propio. Que no es cosa que se podría decir de Magón, o Gagini o del garcía Monge novelista.
Marín Cañas se apartó del costumbrismo, pero inicialmente no del tema campesino. Sus primeros cuentos (no sólo "Rota la ternura" como se cree, porque hay otro, de parecida tesitura que debemos rescatar y que está publicado en Diario de Costa Rica en 1930), tienen personajes, peripecia y paisaj costarricenses, pero difieren de la producción de los mayores en que se proponen describir sino crear; su antecedente más directo y él lo reconoció, es "La propia", lo menos costumbrista y lo más literario de Magón. Los dos cuentos de que hablo ( el que todo el mundo ha leído y el que sólo conocemos unos pocos) son los dos únicos textos campesinos de Pepe Marín.
El resto de su obra de ambiente costarricense discurre por la ciudad, pues a pesar de que pedro Arnáez nace en la costa del Pacífico y se forma en los bananales del Atlántico, sólo es comprensible como habitante urbano. y muy concretamente de la ciudad de San José.

"Corría, quizás, el año de gracia de 1910. Es decir, aquél de desgracia en que la patria vino a sufrir el severo drama de Cartago. Tenía yo, por aquellos rumbos del tiempo, unos 6 años mal aprovechados. Era un fifiriche de poco peso, no rumbosa estatura, pelo lacio, ojos de ratón con tendencias al estilo chino, desangelado y con poco porvenir, cosa que se vio despúes en una forma perfectamente demostrada.
Desde aquellos primeros tiempos, yo quería conocerlo. Pero en ese entonces yo era tímido e incapaz de visitar a un escritor mayor y presentarme. Lo vine a conocer cuando ya se había publicado "Pedro Arnáez"; o sea que no conocí al novelista, sino -¡ira de Dios!-al ex-novelista. Me tocaba llevar, los martes por la tarde, a Diario de Costa Rica, la columna semanal del Centro para el Estudio de problemas Nacional, que estaba a mi cargo; y había escrito en Surco una apreciación, que yo naturalmente jusgaba muy certera, sobre "Pedro Arnáez". Mi visita al Diario ocurría a las 5, y a las 5 se reunía -sentados Abelardo Bonilla y los que llegaban primero en el pretil que formaba una de las ventas del edificio, y de pie sobre la acera los demás- la famosa Tertulia de la ventana. de sus miembros, yo tenía relación con Emilio Valverde, mi profesor de derecho de Trabajo, y una tarde, cuando yo salía de entregar la columna, creo que la dio un codazo a Marín Cañas y me llamó.
¿Con que yo era el autor del artículo aparecido en Surco? Luego salió a relucir que muchos años atrás, su padre y mi abuelo (que acababa de morir esos días) habían tenido negocios juntos (a pesar de esto Cañas y Marín Cañas no estaban unidos por parentesco de ninguna especie), hasta que la empresa común quebró. Nació esa tarde una amistad yo no sé ahora si más intelectual que afectiva o viceversa; en todo caso, una inconmesurable admiración mía por el conversador, que sobrepasó la que ya traía por el periodista, y que se prolongó desde marzo de 1943, fecha del encuentro, hasta el 14 de diciembre de 1980, día en que murió José Marín Caas y el destino me hizo la jugarreta de tenerme a muchos miles de kilómetros de San José e impedirme acompañarle hasta su tumba.

"Tenía yo entonces unos 18 años y trabajaba en un almacén de por el mercado, al cual había venido a escorar bajo la nefasta necesidad de medios económicos. Mi oficio era el de "cajero". Pero no debe entenderse tal quehacer con la interpretación clásica de quien recibe y entrega los dineros de un negocio, sino con la verdadera acepción que la palabra tenía para mí; quien tiene que echarse al hombro las cajas desde la bodega hasta el carretón para cargarlo, con rumbo al cliente del inetrior"
Recorro esa larga amistad y le encuentro incisos curiosos. Por ejemplo: en casi 38 años, jamás le llevé a Pepe Marín un manuscrito mío para solicitarle su opinión; en 38 años, solamente una vez estuve en su casa y él nunca en la mía, ni yo en la finca que tuvo donde se reunían sus amigos. Políticamente, él pensaba de una manera -aquí y fuera de aquí- y yo de otra; pero la única vez que coincidimos, hicimo juntos, y sin una sola discrepancia, la campaña de prensa de la oposición de 1947, coyuntura esta que amaró mejor nuestra amistad que es profunda. Hizo espontáneamente por la prensa el elogio de uno de mis cuentos y de dos de mis libros ("Los 8 años" y "Feliz Año, Chaves, Chaves", este último con bastante reservas), y si no habló de los otros es porque, con toda seguridad, no le gustaron demasiado. Era un lector inteligente y exigentísimo.
la gente dice que era un hombre difícil. Tenía Fama de poco accesible. Pero los escritores jóvenes de Costa Rica (quiero decir los que han sido jóvenes y los que lo somos todavía) sabemos que era muy generoso y alentador y amigo de impulsar y de empujar a los que querían escribir. Y no había nada que le alegrara más el ánimo, que el descubrir una figura con talento nueva y comunicar su descubrimiento. De los últimos años, recuerdo con mucha claridad su entusiasmo ante Jorge Debravo y Mía Gallegos.

"Me tocó a mí, (refiriéndose a la dirección del periódico La Hora) joven enciclopédicamente inculto, iluso como una monja y ambicioso como un cocodrilo, ser lo que pudieramos llamar, imaginativa y falsamente, el sheriff del conjunto. Se trataba de un grupo mejor que el de las Repúblicas centroamericanas en el Monumento Nacional: Rubén Hernández, el más tenaz, copioso, inagotable y acucioso redactor que haya pasado por periódico alguno, Adolfo Herrera garcía, el más ingenioso periodista que haya tecleado una máquina de escribir. Abelardo Bonilla, una vida ejemplar y brillantísima tanto en los campos de la política como en los universitarios."
¡Y hay que ver lo que era estar frente a un pepe Marín entusiasmado! desgraciadamente lo mejor de él se va a perder, que era oírlo. Hablaba mejor que escribía, se expresaba con más claridad y contudencia verbalmente que por escrito. Y cada frase que profería era como un hachazo: definitiva y sin apelación. Estar con él era someterse a un torrente de ingenio, de deslumbrantes imágenes, de opiniones que no era lícito rebatir, y de potasa. Yo me imagino -cuando recuerdo algunas de sus frases memorables y todos los días pronunciaba una docena- que así debió de ser Oscar Wilde.
Algo pasó con su escritura cuando la reanudó, en 1968, después de 26 años de silencio. Se puso a escribir en serio. Lo hacía muy bien, pero dejó de ser el periodista juguetón de mil novecientos treinta y pico, para volverse reflexivo (bueno, ya en "El Infierno verde" se estaba poniendo reflexivo): y su cáustico humor, su nihilismo al acecho, su permanente pelea contra lo que le rodeaba, se los reservó para tertulias y conversaciones. El tertuliante no cambió; sólo el escritor. De columnista en malabares, pasó casi a ensayista. Lo hacía muy bien, pero sus amigos echamos de menos la otra vertiente.
Una de las cosas más admirables que tenía, era su facultad inenarrable para estar en contra. El periodista juvenil se manifestó contra la modosa y un poco somnolienta república de nuestros liberales; pero cuando esa república desapareció y sobrevino la de ahora, se plantó contra ella y recordó con nostalgia los tiempos de que juvenilmente se había reído. Aunque escribiese en otra tonalidad, no había cambiado; y esto hacía más terminante y convincente su figura, y permitía que brillaran mejor su talento y su ingenio.
En los últimos años se puso triste. Se le morían sus amigos y sus parientes más cercanos y queridos. Le temía a la muerte, pero en el fondo de su subconsciente parecía desearla. Comenzó entonces a escribir -primero en desorden, luego intentando encadenarlos-los recuerdos de su infancia y juventud. No sus memorias -término formal- sino sus recuerdos, que abarcaban muchas aventuras, muchos personajes, muchos episodios y muchos estados de ánimo. Como si quisiera ponerle (el término es de Alfredo Cardona Peña y puede encontrarse como título de uno de sus libros) una trampa al olvido. Esos recuerdos, llenos de fina observación, de viril nostalgia, de entrañable afecto para quienes figuran en ellos, constituyen su último libro, que ahora va a ser póstumo.

"Melico era grueso y avasallador. Tenía la fuerza bombástica del preludio de "Lohengrin". Sobre los anchos hombros, dilatados por el ejercicio de los pulmones, llevaba montada una cabeza de tamaño heroico. Su torax parecía fuerte como el de un caballo. Era la estatura de sí mismo. Las facciones, gruesas y dramáticas. El gesto, arrastrado a lo largo de la azarosa vida, remedada el del Moro ante el tálamo de Desdémona. Parecía que siempre estaba cantando o iba a cantar aunque permaneciera en silencio."
Me lo entregó una mañana de diciembre de 1979, la víspera del fallecimiento de su hermana Emilia, que fue el gatillo que precipitó su final. Pocos días después enfermó, o retrocedió, como ustedes quieran, y a lo largo de muchos meses fui cuidando con él la mecanografía deifinitiva, estableciendo cierto orden, despojando algunos capítulos -que habían aparecido aislados en figura de artículos periodísticos-, de los elementos que los fijaban como tales, de suerte que pasaran a ser indubitables capítulos de un libro. Como la tarea era grande y el autor podía participar cada día menos en ella, llamamos, de común acuerdo, a Víctor Julio Peralta para que nos ayudará. Así nació el libro "Valses nobles y sentimentales".
¿Qué sitio ocupará dentro del conjunto general de su extensa bibliografía? Si hacemos abstracción de su obra novelística, yo creo
que es una culminación; que dentro de una línea que no incluye sus cuatro novelas pero que arranca de "Los Bigardos del Ron", es la coronación de su carrera de escritor, de su mejor estilo periodístico, y de su destino de narrador. Aquí lo tenemos contando sucesos de su vida con la misma febril emotividad con que hasta 1940 narró sucesos imaginados. Muchos de los personajes que desfilan por estas páginas, cobran en ellas una nueva vida, una vida especial de personajes de literatura, distinta de la que tuvieron por las calles de San José. Rige aquí el paradójico dictum pirandelliano sobre la vida definitiva e inmutable que sólo se alcanza en al página escrita.
Nació parcialmente este libro en la página 15 de "La Nación". La búsqueda del tema es ardua para el articulista regular. Y un buen día, Marín Cañas se apoderó de su propia vida como tema. Un artículo periodístico es un origen tan noble como cualquier otro para un libro. Alguos de los capítulos de éste fueron inicialmente -como queda dicho- artículos de periódico. pero luego el autor siguió adelante, y comenzó a escribir sobre su vida sin la presión periodística, con vistas a un libro que incidentalmente incluiría a sus producciones autobiográficas de periódico, pero que sería lisa y llanamente eso: un libro.

"Hace más de medio siglo, en una noche de diablos sueltos, los libros exégetas cuajados de parábolas a la manera aristotélica, fueron arrojados al gran basurero municipal. Ahí están desde entonces. Sólo un peregrino de precaria fortuna podrá encontrarlos si raspa con la uña, como hozan los cerdos, y saca la luz aúrez de una apretada mescolanza de culos de botella, latas de sardina vacías y bacinillas rotas y ya desenlozadas. Serán ininteligibles sus folios porque al pergamino lo enmoheció el olvido. Es el trabajo del Tiempo. El hombre no podrá volver a leerlos nunca"
Lo fue escribiendo a trechos; los capítulos, sin orden cronológico, iban saliendo de su pluma. Pero un día -me lo declaró a mí casi llorando- no pudo más. Lo que había escrito, ahí estaba. No iba a seguir, porque se sentía enfermo. Pero lo que tenía escrito era, ya, un libro. Incompleto, pero un libro. Este libro.
Se hará a corto plazo la evaluaión sistemática de la obra de ese escritor. Habrá que leer de nuevo -que publicar de nuevo, primero- su inencontrable primera novela, "Lágrimas de Acero", error de juventud según él, relato emocionado, espontáneo y farragoso de sus experiencias de estudiante en España. Que revisar su estallido de 1928: una crónica periodística instrascendente y un cuento de profundo dramatismo premiados en un histórico concurso; su ingreso en el periodismo, la publicación de "Los Bigardos del Ron", esa extraña mezcla de cuentos y reportajes, crónicas y meditaciones; buscar y revelar de nuevo los dos únicos cuentos que escribió después del premiado, uno dramático del que ya hablé, y otro cómico y firmado con seudónimo (Juan de Espinel, que empleó mucho de joven) publicados ambos en Diario de Costa Rica en 1930, y que a estas alturas nadie conoce y su autor tenía olvidados hasta que uan vez lo enfrenté con la copia xerox de uno de ellos, habrá que justipreciar su comedia "Cómo tú" (versión de un acto, versión de tres), recientemente reprooducida por la revista Escena, en la cual el periodista y narrador que nos renovaba, se mostró como un dramaturgo extremadamente convencional; y las comedias y sainetes, noblemente sainetes, que vinieron despúes, despliegue y catarata de ingenio y chistes, profundamente locales, si es que los encontramos, porque con una excepción, todos aparentemente se perdieron; ni el autor guardaba copia de ellos. El Tesoro de la Isla del Coco, El Valor de Lamoneda, Un Pic Nic Delicatessen, y En Busca de Candidato. Solo se ha salvado milagrosamente, Una Tragedia en 8 Cilindros, breve farsa jardielponcelesca que conservaba Abelardo Bonilla, que me encargué de publicar en el suplemento Posdata del diario Excelsior, y que por esa razón no se perdió.
Cuando llegué ese momento de la revisión y la revaluación, quedará fijado su papel de renovador de la literatura costarricense; de hombre que escribió -y no había cumplido 30 años- como aquí nadie había escrito; que se apartó violentamente de los cánones casi académicos del costumbrismo y la "concherí" (entendida ésta por nuestros antepasados como un género y no como el hallazgo genial e inimitable de un gran poeta que nos acompaña todos los días)
Entonces veremos, valga como ejemplo, que "Tú, la imposible" su gran fracaso de 1931, la novela de que todos se burlaron ("Se burlaron hasta de mí", decía "y me llamaron Marín, el imposible"), pese a su trasfondo descomunalmente romántico y sentimental, está revestida de un atuendo humorístico de lenguaje, y cntiene -implícita, bien observada, captada y consignada- una impagable descripción interna del San José de 1930, en el momento en que se iniciaba la transición: el San José de lso primeros edificios de cuatro pisos, de los primeros cabarets, del cine parlante y las primeras convulsiones d ela crisis mundial; el que sustituyó sus nexos con al cultura popular española por nexos con las culturas populares nortemaericana y mexicana (cine, música, idioma). Allí está todo. No lo insertó Marín deliberalmente, pero allí está. Conforme transcurra el tiempo, esta novela (en cuanto a novela, eso sí, todo lo defectuosa que su autor decía) será fuente imprescindible para el estudioso de esa ápoca; además de lo que significa en la evolución estilística del autor, que en cuatro años más pasaría de la pirotecnia verbal de "Tú, la imposible", a la concentración reflexiva, ritms sinfónicos y feroces intuiciones de "El infierno verde", y en cinco más a la introspección y alardes de técnica narrativa de "Pedro Arnáez".
Sus contemporáneos no hamos abrigado la menor duda de que "El infierno verde" y "Pedro Arnáez" le garantizan a José Marín Cañas un sitio importante en al historia de nuestra literatura, como dos de las novelas costarricenses más importantes anteriores a la generación del 40 (la tercera podría ser "La esfinge del sendero" de Jenaro Cardona). Tampoco la hemos tenido sobre su condición de renovador del periodismo; la impronta de "La Hora" todavía se siente. Lo que sí ha ofrecido dudas es su trabajo posterior a 1968, fecha en que por circunstancias personales salió de su mutismo de 26 años para ingresar a un estado intermedio de articulista, de periodista literario. Tres libros surgieron de ese empeño y -parcialmente- éste es el cuarto. Yo me atrevo a predecir que "Tierra de Conejos, Ensayos y Realidad e Imaginación" quedarán como lo que son: como recopilaciones, auqnue el primero tenga un tema central y sea más que nada un libro de viajes. pero éste de hoy -con tener elementos periodísticos en su gestación- es una obra redonda aunque inconclusa, y la culminación lógica del narrador ue interrumpió sus labores después de "pedro Arnáez". Aquí tenemos otra vez a ese narrador, en plena madurez. Sólo que hablando de sí mismo y de lo que le rodeó; evocando, recordando con nostalgia, y contemplándose a sí mismo con humor (nuevamente y contemplándose a sí mismo con humor (nuevamente, con mayor profundidad, las comprobables antinomias de "Tú, la imposible") La prosa es tan imaginativa como la de sus mejores tiempos de joven.
Cuando se observe en conjunto su tarea de articulista de los últimos tiempos, indefectiblemente se incurrirá en cotejarla con la de León Pacheco (fallecido el mismo año) Ambos-juntos-contribuyeron a dar alta categoría literaria a la página 15 de La Nación. Sólo que -amigables rivales-se pudo anotar, y alguien que no recuerdo lo anotó en tertulias, que Marín parecía querer escribir como Pacheco, y Pacheco como Marín: Marín, buscando los temas profundos y trascendentales gratos a Pacheco; Pacheco, buscando el estilo juguetón, pintoresco y barroco propio de Marín. En todo caso, yo no creo que la labor periodíctica de Marín Cañas entre 1968 y 1979 pueda compararse con la que realizó de 1929 a 1937 (fecha de su separación de La Hora). Su algún día se pudieran recopilar sus escritos periodísticos de es primera época, esto se pondría en eviencia con mayor claridad.
El joven periodista se reía de todo. El periodista de 1968 en adelante fue un hombre más bien melancólico que-sin proponerselo- se había visto afectado de alguna manera por su propia importancia, por el respeto y el cariño que le concedieron a raudales sus estudantes de la Universidad, y por la convicción que tenía-porque la tenía y en buena hora-de que la historia de la literatura costarricense no podría escribirse sin él. Entonces se esmeró en ser profundamente serio. Muchas gentes, casi todas, pueden ponerse serias. pero como se ponía Marín Cañas en su primera época, así no se puede poner cualquier hijo de vecino. Herrera García, por ejemplo, lo entendía muy bien; y creo que muchos lo entendemos.
Quizá por eso, por lo que eso tiene de juventud irrecuperable y de evolución interrumpida, no escribió nunca esa novela que , en el fonde de su corazón y sin confesarlo ni a si mismo, llevaba dentro. A algunos nos esbozó un tema: el individuo formado en lso comienzos de siglo durante la república liberal, que no se logra orientar en la Costa Rica de ahora. ¿Nos habría dado un "Doctor Zhivago"? No lo dudo: al fin y al cabo su personaje favorito, Pedro Arnáez, es un desadaptado. Pero Pedro Arnáez no es José Marín Cañas; y el desadaptado de la novela que no quiso escribir sí lo habría sido. Por eso, en vez de la novela, comenzó a ecribir su autobiografía. Una autobiografía en la que José Marín Cañas aparece como el perro mojado de los humoristas judíos. "Yo no soy un escritor, soy un empresario cinematográfico", "Yo nosoy escritor, soy un criador de vacas", "yo no soy escritor, soy un gacetillero". Y lo que no dijo: "Yo no soy un escritor, soy el presidente dle Instituto de Cultura Hispánica". Pero no se deja de ser escritor para ser esas otras cosas, en la afirmación sobre las cuales hay un dejo de discipliscencia. No sé deja de ser escritor, ni para ser tantas cosas, ni para ser ninguna otra. Aun durante los veintiocho años que pasí sin escribir ( o escribiendo ocasionalmente, porque debemos rescatar dos piezas de esos veintiocho años: una sobre don Cleto González Víquez y otra sobre el Dr. Carlos Durán), siguió circulando por la vida en tesitura de escritor: pensando como escritor, discutiendo como escritor, hablando como escritor, comportándose como escritor, recibiendo a los jóvenes que buscaban al escritor. Escritor renegado, pero escritor. No empresario sinematográfic, ni criador de vacas, ni gacetullero. Y cuando regresó a lo suyo, lo hizo en tensión, a plena conciencia, y con el afán inconfesable, si no de recuperar, sí de resarcirse del tiempo perdido. orque un escritor con tanto que decir, cuando pasan muchos años sin decirlo provoce dentro de su ánimo un aluvión de temas que pugnan pr salirse y a veces no lo consiguen. Muchos se le quedaron dentro, y para siempre. Pongo dos ejemplos: la historia de cómo concibió y escribió "El infierno verde" y la de "Pedro Arnáez", del jurado nacional y del jurado internacional del concurso de novelas convocado por Farrar, Rinehart en 1940, historia que fue el detonador que determinó su alejamiento.
Una vez le dijo a un amigo en cpmún: "No me explico cómo García Márquez se ha atrevido a escribir otra novela despúes de Cien años de Soledad". Ahí puede estar el secreto de la novela que todos esperamos que Marín Cañas se sentaría a escribir en 1968: no valía la pena escribir otra despúes de Pedro Arnáez. Pero si meditamos, comprenderemos que sí la valía.
Trato de recapturar las numerosas conversaciones que tuve con él a partir de 1968 -la fecha de su reincorporación a las letras-, sobre su condición ineludible de escritor y lo que escribiría en el futuro. Y aparte su afirmación -que no le escuche- en torno a Cien años de Soledad, me parece haber adivinado en él, pasados los 60 años de edad, la manifestación de los traumas que en su personalidad de escritor y de hombre tiene que haber dejado la recepción absolutamente negativa que tuvo su obra por parte del establishment cultural costarricense de 1930. Es cierto: le premiaron en el histórico certamen de 1928: pero se negaron a aceptarlo. Los comentarios -citados por él casi taquigráficamente- que los daba por buenos y que él era lo suficientemente inteligente para saber que no debía escribir más.
"Dijeron que el imposible era yo, y reconozco que lo soy".Pero se olvidaba del cálido respeto que rodeó la aparición de "El infierno verde", y del entusiasmo que -no en el establishment de 1930 claro está, sino en las generaciones sucesivas de lectores -despertó "Pedro Arnáez". Lo que nunca quiso reconocer fue que, si bien lo rechazaron los viejos, sus contemporáneos y quienes vinimos detrás de pel sí lo aceptamos, hasta que sobrevino el momento biológico en que una nueva generación se dio el lujo de negarlo.Pero lo negó muy superficialmnete y sin desconocer su importancia. Lo negó superficialmente con esa superficialidad característica del joven que siente de pronto una especia de obligación generacional de negar, y termina por expresar su pensamiento -si pensamiento es- con frases como "cuertos viejillos ya aburren".
Lo que sucedió más bien, me parece, es que estilísticamente dejó e interesarles, y que no aprobaron la posición melancólica, nostáligica y espectacularmente reaccionaria que se complacía en adoptar en público, aun cuando, en el seno de la conversación amigable, denotaba puntos de vista diferentes, si no en política en literatura. Trinaba en público contra las izquierdas, pero mantuvo una amistad anquebrantable con Adolfo Herrera García y una dmiración que se le salía por los poros hacia Carlos Luis Fallas, el novelista y hacia Carlos Luis Fallas el ser humano. Nunca pudo dejar de ser espectacular. La prueba de que no era ese "viejillo que ya aburre" está en la devoción conmovedora que supo despertar entre sus estudiantes, durante los tres años que profesó en la Escuela de periodismo. Los estudiantes de periodismo de 1969-1971 constituyeron, como quien dice, la guardia de honor de su vejez, sus más fieles seguidores, defensores, y albaceas periodísticos.He ahí la prueba de que no se precisaba opinar de igual manera que él para quebrar el anillo y penetrar en su recinto. Es más me atrevo a decir que mejor ganzúa para penetrarlo que lo de pensar distinto, no existía.
Pedro arnáez y un poco detrás "El infierno verde" (por lo que tiene de proeza periodístico-literaria y de belleza en su concepción y ejeución) son los libros que le garantizan ese sitio de que he hablado en la historia de las letras costarricenses. pero junto a esos libros figurará -me atrevo a profetizarlo sin saber si más bien es que lo deseo profundamente- este libro póstumo de "Valses Nobles y sentimentales".
"Lagrimas de acero", "Cómo tú", "los bigardos del Ron", "Tú, la imposible", "Coto", "Rincón de olvido", "Pueblo Macho", "tierra de conejos, realidad e imaginación", Julio Sánchez, Ensayos" interesarán a los estudiosos y saldrán a relucir con mayor o menor frecuencia. Lo mismo, cuando se recopilen los artículos de "La Hora de Hoy", que acaso hayan envejecido, y aunque no se separen - y a lo mejor ni falta hará separarlos -los suyos de los de Herrera. resultará extraño y digno de consideración para el estudioso del futuro, el hecho de que sus tres libros claves (insisto en agregar éste), fueron concebidos, escritos y publicados años después del momento crucial en que Marín cañas quebró la trayectoria que traía la literatura costarricense y le abrió nuevos horizontes. Así ocurre. Están sus libros literariamente importantes, y también, claro está, los que tienen una importancia histórica. Estos últimos son "Los Bigardos del Ron" (principalmente por la incorporación a él del cuento "Rota la Ternura" que abre la brecha) y "Tú, la imposible", dígase lo que se diga, como la novela desenfadada de un escritor joven que no estaba, dispuesto a respetar iconos ni a procurar que lo respetaran a él. Cualquiera sea la calidad que en definitiva de posteridad le atribuya, esta novela fue, por decirlo con un término con que él alguna vez se refirió a otro cosa, una patada en la espinilla de nuestras letras.
Marín estaba convencido de que se le recordaría por sus ensayos. Yo le respondí que era muy pequeña aspiración, esa.
Pero a veces afirmaba tal esperanza, alimentando otra: la de que su interlocutor le respondiera con pedro Arnáez en ristre, y allí sí se producía una convergencia de ideas.
Nunca me imaginé que no podría asistir a sus funerales, encontrábame en Buenos Aires, viviendo una vez más la experiencia a que estoy acostumbrado en la América del Sur. La de que me preguntes: ¿Y usted es pariente de Marín Cañas el de Infierno Verde? Y contestándole esta vez a la escritora María de Vallarino, que quería saber de él y entiendo que hasta se carteaba con el: "Ay, doña María, me temo que cuando yo regrese a mi país, no lo voy a encontrar".
Así fue. Regresé y ya no estaba. pero sobre mi escritorio hallábase este libro, como un recordatorio, como un señalamiento. me tocaría a mí terminar, sólo, la tarea que un año antes había iniciado con él.
La cumplí, lo mejor que he podido, como un homenaje, no ya como el escritor, sino al periodista. Como un homenaje másbien a la convesación, a la tertulia ininterrumpida que sostuvimos durante casi treinta y ocho años. tertulia que, a diferencia de los textos escritors, si se terminó, definitivamente y para siempre. Y sin la cual me va a costar acostumbrarme a leer, a observar y a vivir. Sólo una cosa hay más triste que perder un interlocutor, y es perder a aguien a quien nos habíamos acostumbrado a escuchar. Lo que echaré de menos ahora, no será el conversar con él, sino el escucharle. Me quedará, claro, el recurso de releerle. pero la palabra escrita está fija y es invariable. Y José Marín cañas, por el contrario, era un hombre con quien el diálogo era siempre, absolutamente nuevo. tenía el don indescriptible e inapreciable de no repetirse. Era el río de Heráclito.

Tomado de la web del Club de Libros.

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