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RESONOCO

24/07/2008 GMT 1

Un largo adiós

marfuerte @ 02:58

Nueva vida Renace ‘Sed de mal’, filme que Orson Welles escribió, dirigió y protagonizó hace medio siglo

Jurgen Ureña Arroyo | jurgenurena@yahoo.com
A los veinticinco años, Orson Welles dirigió El ciudadano Kane (1941), lo que equivale más o menos a construir el Partenón griego en media semana. Después se quedó inmensamente solo, apenas acompañado por su fiel audacia. Cuando se trata de Welles, todo adquiere visos de inmenso y de solitario.

Cinco años después, en la sala de espera de un aeropuerto cualquiera, Welles tomó un libro del fondo de un anaquel cualquiera y le comentó al director de Columbia Pictures , Harry Cohn: “Esta será mi próxima película”.

En la divertida Arcadia todas las noches , el escritor cubano Guillermo Cabrera Infante afirma que, sin duda, Welles solo ojeó la portada de La dama de Shanghai ya que ninguna persona medianamente inteligente, que hubiera leído dos o tres novelas en su vida, valoraría aquel adefesio literario.

Añaden las malas lenguas que La dama de Shanghai (1948) llegó a rodarse en realidad por obra y gracia de Rita Hayworth, la exuberante actriz que por aquellos días estaba casada con el director. La estrella supuso que el filme sería un pedestal dorado para su carrera, pero se equivocó de principio a fin, como tantos se han equivocado cuando se trata de Welles.

La puerta y el espejo. El cine del legendario niño prodigio de Kenosha está plagado de equívocos. Cuando Cabrera Infante explicó, durante una conferencia también legendaria, que había un pedazo de El ciudadano dentro de La dama de Shanghai , un espectador despistado creyó que Welles dirigía películas orientales pornográficas.

Por otra parte, ¿por qué hablamos de El ciudadano Kane y de La dama de Shanghai cuando deberíamos comentar Sed de mal (1958)? Para responder a preguntas impacientes y esquivar errores excesivos conviene aclarar que Welles era en realidad un fantástico ebanista disfrazado de cineasta; un creador de puertas con espejos que conducían siempre a otras puertas y a otros espejos.

Entre los rodajes de La dama de Shanghai y Sed de mal transcurre una década. En ese lapso, Welles se autoexilia de los Estados Unidos, lo que es un eufemismo para decir que huye de la cacería de brujas desatada por el senador McCarthy en su país.

Welles rueda entonces Macbeth (1947), Otelo (1952) y Mister Arkadin (1955). También inicia su odisea interminable tras Don Quijote, el filme que su asistente de dirección en España, Jesús Franco, culmina mucho tiempo después como homenaje póstumo.

Al igual que La dama de Shanghai , Sed de mal es un filme de atmósferas densas y pasajes laberínticos, que se nutre de los perdurables motivos shakesperianos y encuentra un poderoso centro de atracción en la figura trágica de Welles. El cineasta encarna a Hank Quinlan, un policía obeso y corrupto que deambula como alma en pena desde que el asesino de su esposa fue absuelto por el laberinto legal.

El antagonista de la película es un policía mexicano de apellido Vargas, pulcro, correcto e idólatra de la ley, interpretado por Charlton Heston. El juego de los contrarios es evidente y se expresa desde el propio inicio del filme, mediante un célebre plano secuencia que atraviesa la frontera entre México y Estados Unidos. Ese tránsito significativo conduce al espectador de un idioma a otro, de Vargas a Quinlan, del bien al mal.

La ingeniosa idea se confirma mediante una puesta en escena cargada de contrastes visuales y ritmos sincopados.

Años atrás, la industria que lo había recibido como niño prodigio, lo había despedido como hijo pródigo. ¿Es casual que Welles regresase a Hollywood con una metáfora sobre el tránsito entre la inocencia y la desilusión? En el cine de Orson Welles no existen demasiadas casualidades.

La dama ausente. Durante el rodaje de Sed de mal, Welles recurre a su insólita capacidad para transformar los obstáculos en virtudes y los accidentes en metáforas.

A los pocos días de haber llegado al pueblo californiano de Venice, donde se rueda la película, el inmenso cuerpo del cineasta cae a uno de los canales que recorren la ciudad.

Las consecuencias del accidente se agudizan en cada uno de sus 140 kilogramos de peso, e incluyen torceduras de muñeca, fisuras en los tobillos, la inflamación de una rodilla y hematomas en el rostro. Sin embargo, con gran lucidez, Welles suma, a la abrupta herencia del azar, una horrible nariz postiza y conforma así los rasgos del maltrecho Hank Quinlan.

En el filme, el policía encarnado por el cineasta también cae al agua, lo que comprueba que, en esta pesadilla, los monstruos también se asoman a los espejos.

Muy cerca de la corpulencia que flota sobre el agua, una gitana recita en castellano un largo “adiós” que se pierde bajo el fondo musical de una pianola.

La intérprete excepcional es Marlene Dietrich. El personaje que representa reaviva la memoria de tiempos mejores, cuando Quinlan era todavía un policía honrado, antes de la muerte de su esposa.

La aparición de la gitana nos devuelve además el placer de las simetrías. ¿Es el “adiós” un eco de la despedida lejana de Rita Hayworth, la diva de origen español recordada con nostalgia por el cineasta? ¿Es el motivo de la mujer ausente una referencia cinéfila al filme Rebeca (1941) , rodado por Alfred Hitchcock paralelamente a la filmación de El ciudadano Kane ? Con Sed de mal, Welles reflexiona en torno al motivo de la frontera y disuelve definitivamente los límites entre pasado y presente, autobiografía y cine.

Versiones. Se ha dicho muchas veces que el ingenio gigante de Welles le permitió filmar siempre la película que quiso, pero nunca le alcanzó para finalizar sus películas como hubiese querido. Las erratas de los grandes creadores son igualmente grandes, tal como se comprueba en Sed de mal .

Una vez que concluye el montaje del filme, Welles viaja a Europa tras el sueño quijotesco de rodar una adaptación de El ingenioso hidalgo don Quijote de la Mancha . Los ejecutivos de la Universal consideran que Sed de mal es demasiado confusa, por lo que realizan su propia versión, a contrapelo de las soluciones estéticas del director.

Como puede suponerse, y como ocurrió con cada una de las películas dirigidas por Welles, Sed de mal fue un fracaso comercial tan absurdo y estrepitoso como la caída de una ballena blanca en una piscina infantil. La crítica estadounidense la consideró “presuntuosa”, “amanerada” y “sórdida”. Welles nunca dirigió otro filme en territorio hollywoodense.

El montaje original de la película reapareció finalmente en el año 2000, guiado por las minuciosas indicaciones vertidas en un memorando de 58 páginas, escrito por el cineasta cuatro décadas atrás.

Cuenta la leyenda que mientras Orson Welles flotaba sobre el agua turbia, durante las pausas de un rodaje que reproducía su propia caída, ensayaba en voz alta la defensa previsora de su película. Otros afirman que esa noche solamente se escuchaba, sobre el fondo musical de una pianola, el largo “adiós” recitado por una mujer.

Suplemento Áncora. periódico La Nación 22 junio 2008.

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