El ojo en la espiral
Inagotable Tras medio siglo de revisiones, la cinta ‘Vértigo’ confirma su asombrosa complejidad
Jurgen Ureña Arroyo | jurgenurena@yahoo.com
Cuenta la indiscreta miscelánea del cine que Alfred Hitchcock lamentó profundamente no haber filmado la novela francesa Las diabólicas , escrita por Pierre Boileau y Thomas Narcejac, y llevada a la gran pantalla en 1954 por Henri Georges Clouzot.
Se afirma también que, en cuanto el prolífico dúo Boileau-Narcejac publicó su posterior relato, De entre los muertos , la Paramount Pictures se apresuró a comprar los derechos con la intención de que Hitchcock realizara su adaptación cinematográfica. La prisa era innecesaria: la novela se escribió, de principio a fin, pensando en el maestro del suspenso.
A inicios de 1957, Hitchcock emprende el proyecto con inmejorable entusiasmo y con la experiencia otorgada por 45 largometrajes. El filme conseguido mediante la curiosa alquimia entre apasionamiento febril y observación reposada, es actualmente una de las diez mejores películas de la historia, según autoridades de la cinefilia internacional, como el American Film Institute .
En nuestros días, paralelamente a la celebración del quincuagésimo aniversario del estreno de Vértigo , se conmemora el centenario del natalicio de James Stewart, actor protagónico del filme que le otorga una honda humanidad, idealista y atormentada, propia de los grandes relatos del romanticismo decimonónico.
La primera mirada. El desarrollo argumental de Vértigo gira en torno a Scottie, un exdetective que intenta recuperarse de un miedo patológico a las alturas. Para el protagonista, el reposo concluye cuando un antiguo compañero de estudios le pide ayuda: su esposa Madeleine cree estar poseída por el espíritu de su bisabuela, Carlota Valdés (muerta cien años antes), y se teme que intente suicidarse.
Scottie acepta a medias el encargo, pero poco a poco se enamora de la inquietante y fría mujer. Más adelante, la acrofobia que padece lo convierte en espectador cuando debería ser héroe: Madeleine se lanza al vacío desde una torre elevada, y Scottie no puede evitarlo.
A partir de este momento, la trama argumental se reinventa asombrosamente y Hitchcock sugiere que, bajo la apariencia de un normal relato policiaco, Vértigo es la historia de un hombre desesperado por recuperar a la amada muerta.
Tras el estreno del filme, en mayo de 1958, la crítica y la audiencia estadounidenses interpretaron su oscura complejidad como simple y llana complicación. La revista Time afirmó: “El viejo maestro ha fabricado un disparate hitchcockiano , donde el misterio no es tanto quién es el criminal, sino a quién le importa”.
Ruptura y necrofilia. La subversión del modelo narrativo clásico, así como el merodeo por los territorios de la muerte –vedados en gran medida desde la Edad Media–, explican el rechazo hacia Vértigo por parte de sus contemporáneos. Solo en España se reconocen tempranamente sus virtudes; allá, Hitchcock se lleva la Concha de Plata al mejor director en el Festival de Cine de San Sebastián, y James Stewart recibe el galardón al mejor actor.
Tal como comentaba el propio cineasta a su colega François Truffaut: “Un aspecto importante de Vértigo es la voluntad que anima a este hombre para recrear una imagen sexual imposible. Para decirlo de manera sencilla, este hombre quiere acostarse con una muerta: esto es necrofilia”.
La muerte es claramente una de las constantes temáticas de Hitchcock, al menos desde Rebeca (1940), su primera película hollywoodense. La fuerza de atracción otorgada en Vértigo a este elemento sumerge al espectador en los meandros de una tragedia romántica y hace que pronto deba superar las fronteras del género policiaco en el que inicialmente se ha ubicado.
La ruptura planteada en el filme es significativa: la protagonista femenina muere violentamente en medio del desarrollo argumental, como ocurre también en Psicosis (1960). Esto produce una sensación de orfandad en el espectador y tiñe al texto con una densa pátina mortuoria.
Esa modificación introducida en la novela de Boileau y Narcejac, conduce además a la temprana revelación del misterio, lo que supone un reto para el espectador clásico, quien debe abordar la nueva perspectiva más allá de la promesa de una revelación final.
Las formas del deseo. Algunos teóricos cinematográficos se han referido al motivo de la transformación reiterado en Vértigo, como un gesto autorreferente de su director.
Originalmente, Hitchcock había diseñado el doble papel de Judy y Madeleine para Vera Miles. Cuando la actriz rechaza el ofrecimiento debido a un repentino embarazo, el cineasta contrata a Kim Novak y transforma su apariencia, tal como había hecho en el pasado con Ingrid Bergman y Grace Kelly, y tal como ocurre en el interior del filme.
En un artículo publicado en la revista The Times , John Russell apunta: “Es fácil detectar una semejanza en el argumento, de ninguna manera casual, con lo que ‘Hitch’ ha hecho una y otra vez a sus protagonistas femeninas. Vértigo se acerca a una alegoría autobiográfica, a un documento sobre la búsqueda obsesiva de un ideal, a un cuento de amor perdido y reencontrado”.
De acuerdo con esa perspectiva, Vértigo puede verse como la representación cinematográfica de una mirada anhelante, que gravita siempre tras el rastro de la mujer imaginada, tanto hacia el exterior como hacia el interior del filme.
Tal como ocurre con el mito clásico de Pigmalión, Scottie modela a Judy de acuerdo con el ideal de belleza impuesto por Madeleine. De esta manera, se conforma el mecanismo de una imagen dentro de otra, lo que encuentra en el filme una lúcida representación mediante las repetidas composiciones rectangulares dentro del encuadre.
Fascinación y voyerismo. Uno de los rasgos más característicos de la escritura hitchcockiana es la concepción de la mirada como tema, lo que conduce a una concentración de sentidos en torno al ojo. Este es precisamente el punto de partida de Vértigo : del ojo emergen los créditos iniciales y una serie de espirales evidentes, tanto en los ramilletes y moños de Carlota y de Madeleine, como en la escalera de caracol que se eleva hacia la torre mortuoria.
El voyerismo que Hitchcock había explorado ampliamente en La ventana indiscreta (1954), es esencial en este caso. Vértigo es un ensayo cinematográfico sobre el poderoso embrujo que entraña una imagen y una aguda representación de la mirada inquieta ante su objeto de deseo. El ojo al borde del precipicio, junto a la tentación de la caída libre, producen un efecto contradictorio de atracción y repulsión, que ha producido relecturas fílmicas tan diversas como Bajos instintos (1992), Autopista perdida (1997), Mulholland drive (2001) y Femme fatale (2002).
En nuestros días, los gestos conmemorativos reavivan la fascinación despertada por Vértigo y producen una nutrida serie de ensayos y artículos especializados. La mirada deambula una vez más entre las referencias psicoanalíticas, literarias y mitológicas del filme, y descansa en los complejos mecanismos narrativos propuestos por Hitchcock.
Todo indica que la estela producida por el sinuoso movimiento de Vértigo , a pesar de medio siglo de revisiones y asombros, apenas se inicia.
Suplemento Áncora. periódico LA Nación 25 mayo 2008.

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