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RESONOCO

30/07/2008 GMT 1

La realidad invisible

marfuerte @ 02:24

Poeta esencial El jueves 29 se cumplirán 50 años de la muerte de Juan Ramón Jiménez, premio Nobel de 1956

Carlos Francisco Monge | cfmonge@hotmail.com
“Al artista, en general, solo hay que buscarlo en su obra” dijo en alguna ocasión el poeta Juan Ramón Jiménez. Se había propuesto dedicar toda su vida al arte; la multitud de libros que llegó a publicar fue, al mismo tiempo, un caso de variedad y de unidad en la evolución literaria de un poeta. El gran proyecto de su vida fue la creación, vigilancia y perfeccionamiento de su Obra (tal cual, con mayúscula).

El andaluz universal. Pensando seguramente en su existencia y en lo que sería de su poesía cuando aquella acabase, escribió “El viaje definitivo”, cuyos primeros versos lo dicen todo: “Y yo me iré y se quedarán los pájaros cantando; y se quedará mi huerto, con su verde árbol, y con su pozo blanco…”. De sí, solo podría aspirar a dejar lo esencial, los bienes intangibles, sus palabras dispuestas de cierta manera para darles perennidad.

Tal vez la crítica y algunos amigos cercanos exageraron un poco. Juan Ramón estaba convencido de haber nacido para la poesía y a ella destinó todo su tiempo. Alguien le hizo creer que era el gran poeta del siglo XX, o por lo menos uno de los tres pilares del arte contemporáneo, con Picasso en pintura y Manuel de Falla en música. Se sentía uno de los tres andaluces universales.

Fue –qué duda cabe– poeta famoso y popularísimo por algunas de sus obras. No solo por la abundancia y frecuencia de sus libros de poemas sino por su innegable valor, ya desde sus veinte años gozaba de prestigio y renombre. Sus viajes a América le dejaron no pocas satisfacciones personales; en los Estados Unidos fue invitado a dar charlas, cursos y recitales en varias de las mejores universidades; su estancia en Cuba y posteriormente en Puerto Rico también fue fructífera; en Argentina fue recibido por una multitud, hecho insólito en su tiempo para un poeta que venía de tan lejos.

Popular entre sus minorías. Ni la vanidad natural de su temperamento ni las urgencias del quehacer cotidiano le hicieron perder de vista que su destino era uno más esencial y hondo: su megaproyecto La Obra . Tal vez no muy tangible como un buen salario o la comodidad de una residencia suntuosa, pero sí una realidad a la que dirigió toda su energía.

Los datos que puede ofrecernos la crítica especializada son apabullantes por su complejidad y opulencia. Hasta 1958, año de la muerte del poeta, se habían publicado noventa y dos títulos suyos, entre primeras ediciones, refundiciones, reimpresiones y antologías. Habría que sumar al menos una veintena de traducciones de varias de sus obras al francés, al inglés, al italiano, al holandés, al sueco, al alemán, al hebreo y al eusquera. Esto puede explicar la idea que el poeta tenía de haber alcanzado la universalidad, situación paradójica, teniendo en cuenta que Juan Ramón siempre aspiró a escribirle a la que denominó “la inmensa minoría”.

Su libro más conocido y editado es Platero y yo ; apareció en 1914, cuando el poeta tenía 32 años. Son unos poemas en prosa de innegable valor literario, aunque de menor alcance que su obra de madurez. Aunque siempre es difícil clasificar o periodizar su obra, por abundante y constante, es desde La estación total (no publicada hasta 1946 con ese título) que el poeta se empeñó en darle a toda su literatura unidad y consistencia. La estación total reúne poemas escritos desde 1923.

El lector de sí mismo. Juan Ramón fue, quizá, el más asiduo y atento lector de sí mismo. Se hizo célebre por su obsesión de revisar y perfeccionar centímetro a centímetro sus escritos. “Corregir es crear, tanto como inventar” dijo en una ocasión.

Hoy es tarea de verdaderos devotos rastrear las enmiendas, supresiones y variantes que les hizo a muchos de sus poemas, sobre todo a aquellos que él consideró de su primera juventud . Un mismo poema aparece en dos o tres de sus libros; seleccionó con un rigor maníaco los escritos para sus autoantologías; recogió de aquí y de allá títulos, que pasaron a ser secciones de nuevas recopilaciones.

Los defectos benditos de la poesía. Juan Ramón vio en su poesía una doble oportunidad: por un lado, la de mostrar que la creación de una obra es un proceso inacabable; por otro, la de contemplarse a sí mismo en busca de la plenitud, si no de la perpetuidad. No lo inquietaban, sin embargo, ni el triunfo ni el fracaso en su labor de orfebre literario; por el contrario, sabía con plena conciencia que la labor del poeta no es alcanzar la perfección, sino tan solo avizorarla e intentar perseguirla: “¡Bendito el llamado defecto, que no lo es, y que nos salva de la odiosa perfección!”.

Su idea de llegar a una “poesía pura” se le malinterpretó con frecuencia. No buscaba el orden perfecto ni el impecable acabado del círculo; buscaba con los poemas una realidad invisible, ajena a los demás, pero segura y accesible por la música, la imagen o la palabra. Las impresiones antes que los conceptos: Monet escogió los colores, Debussy los sonidos, él la palabra. “La realidad invisible” es el nombre de la sección de uno de sus libros; en el fondo, la que el poeta siempre intuyó y a la que nunca le dio verdadero alcance.

Juan Ramón en Costa Rica. La poesía de Juan Ramón Jiménez penetró temprano en la poesía costarricense. Su mano –o su voz– se puede rastrear porque se lo citó o porque se reprodujeron poemas suyos en algunas revistas afines al modernismo.

Tal vez la prosa poética de Platero y yo dejó huellas en ciertas obras como Música sencilla (1928), de Blanca Milanés; en Atardeceres (1929), de Clara Diana; incluso en algunos poemas tempranos de Francisco Amighetti. La historia y el estudio del poema en prosa en las letras nacionales todavía está por hacerse, pero una de las más que posibles fuentes puede estar en la obra juanramoniana. Llamativo también podría ser el Platero y tú , que Victoria Urbano publicó en Madrid en 1962: ¿un diálogo con Juan Ramón?

Quienes mejor se alimentaron de aquel Juan Ramón juvenil fueron los poetas del intermedio entre modernistas y la vanguardia, que optaron por una poesía apegada a los paisajes marinos, campestres o intimistas, característicos del posmodernismo.

Hay que releer la obra –si bien escasa y hoy poco conocida– de Fernando Luján, Salvador Jiménez Canossa, Adilio Gutiérrez y Ricardo Segura. Los mares, cielos, senderos y entornos crepusculares, tan característicos de Julián Marchena o de Carlos Luis Sáenz, también son, a su medida, frutos de unas lecturas al poeta andaluz.

Estos escritores fueron cercanos al Repertorio Americano , de Joaquín García Monge. Ello llevó a su editor a dedicar un número a Juan Ramón, el del 27 de enero de 1940. Fue entonces el homenaje formal más llamativo de las letras costarricenses a la poesía española, que era la contemporánea, la más reciente. Uno de los poemas reproducidos allí, nos dice e interroga: “Tú que ves en tu balcón esta aurora, ¿es de este modo la gloria?”.

No hay respuestas. Juan Ramón solo aspiró a la realidad invisible de su obra, en sucesiva elaboración.

El autor es poeta, ensayista y crítico literario.

Suplemento Áncora. periódico La Nación 25 mayo 2008

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