Eugenio
Enrique Obregón Valverde
Sereno, apacible, marchó silenciosamente por la vida, casi de puntillas, como para no molestar
Abogado
Me ha costado escribir algo sobre Eugenio Rodríguez Vega, lo confieso. Fuimos tan amigos, de tanta intimidad, él, su familia y la mía, durante tantos años, que la máquina de escribir como que se ha negado a narrar el sentimiento de una ausencia grande. En verdad, ausencia mayor.
Lo conocí cuando entré a la Escuela de Derecho, en 1946, y desde el primer momento nos conectamos espiritualmente, y a partir de allí, amigos para siempre. Todo lo que nos sucedía estrechaba nuestra relación, el trabajo como las diversiones; la política como la vida familiar; Ortega y Gasset como Harold Laski; Víctor Raúl Haya de la Torre como José Figueres; el nacimiento de un hijo como la muerte de un hermano. Todo. Y así, durante sesenta y dos años.
Los estudios, los exámenes, la Semana Universitaria, la entrega de los títulos y el ejercicio profesional. Todo. Los viajes, los encuentros, la política, las reuniones, los candidatos, los discursos y la socialdemocracia. Todo.
Y luego, finalmente, el retiro, el declive de las pasiones para encontrar la serenidad de la vida tranquila. Tuvimos, sobre todo, sintonía espiritual para declararnos viejos antes del tiempo señalado. Entonces nos encontramos, otra vez, en el mismo lugar, ahora en Santa Ana, y de nuevo, cercanas nuestras casas. Porque, en una ocasión, cuando iniciábamos estudios, vivíamos en el Barrio Luján y él, a la par de la casa de Carlos Monge, donde hacíamos tertulias y discutíamos y aprendíamos.
Un día llegó Eugenio y me dijo: “La puerta de tu casa está, exactamente, a setenta y cinco metros de la puerta de la mía. Los he contado ahora con mis pasos”. Muy cerca siempre.
A carcajadas nunca se rio, pero mantuvo permanentemente una sonrisa amable que distribuía generosamente entre familiares y amigos. Sereno, apacible, marchó silenciosamente por la vida, casi de puntillas, como para no molestar. No abandonó jamás la investigación histórica, la publicación de libros ni la lectura permanente. Eugenio, sin un libro en la mano, no era Eugenio y pienso que, al morir, escondió furtivamente, entre su chaqueta mortuoria, los Ensayos del señor Montaigne para seguir leyendo y meditando más allá de las montañas… mucho más allá.
periódico La Nación 1 agosto 2008

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