El corazón hueco de Occidente
Dominique Moisi | Copyright: Project Syndicate, 2008. www.project-syndicate.org Traducción de Claudia Martínez@nacion.com
Dominique Moisi, fundador y asesor de Ifri (Instituto Francés para las Relaciones Internacionales), actualmente es profesor en el College of Europe en Natolin, Varsovia.
BERLÍN – Resulta tentador comparar a la OTAN y a la Unión Europea con los equipos de futbol francés e italiano en la Eurocopa 2008 de este año. Lo que los une, por sobre todas las cosas, es un proceso de “decadencia competitiva”. La UE y la OTAN pueden verse a sí mismas como potenciales rivales o socios complementarios en el campo de la defensa, pero lo que sus líderes dicen en privado revela una sensación de frustración común.
“No logramos trasladar la presencia militar a la influencia política”, dice la gente de la OTAN, cuyos comentarios son muy similares a los de los representantes de la UE cuando se refieren al papel de la Unión en Oriente Medio. “No hemos podido transformar la ayuda económica en influencia política”, se lamentan.
Crisis de identidad. Las crisis que ambas instituciones enfrentan hoy tras la votación de Irlanda en contra del Tratado de Lisboa y el deterioro de la seguridad en Afganistán, obviamente, son diferentes. Sin embargo, ambas, en definitiva, son crisis de identidad. Tanto la OTAN como la UE se han visto obligadas a redefinir la manera en que funcionan y repensar sus objetivos tras un proceso dual de ampliación. Desde ese punto de vista, el desafío que enfrenta la OTAN puede ser aún más difícil, pues ampliar la organización de seguridad implica incorporar nuevos miembros y también ejercer nuevas responsabilidades “fuera del área”.
Pasar del Atlántico Norte a Afganistán, y de la disuasión al combate, terminó siendo un desafío importante para la OTAN, una prueba que puede resultar más difícil que la desaparición de la Unión Soviética hace casi 20 años.
¿Puede la OTAN sobrevivir a una derrota en Afganistán? El interrogante dista de ser abstracto. El desafío planteado por Afganistán fue subestimado desde el principio, y la Alianza le ha dedicado menos recursos de los necesarios. La falta de un plan claro –¿el objetivo es derrotar a Al Qaeda o crear democracia?– sigue siendo problemática, pero no tanto en el corto plazo como la falta de recursos adecuados.
De hecho, mientras que Afganistán tiene el tamaño de Francia, la OTAN ha enviado la misma cantidad de tropas que a la pequeña Bosnia. La guerra en Iraq no solo hizo que la OTAN perdiera el foco en Afganistán; también socavó la solidaridad de intención entre los aliados. Si no se confronta más seriamente el papel de “refugio” involuntariamente representado por Pakistán, no existe ninguna solución por delante para la OTAN en Afganistán.
El otro problema importante que enfrenta la OTAN está vinculado con la pérdida de la posición moral ventajosa de Estados Unidos. En la imaginación artística de los europeos, Estados Unidos ahora está más asociado con la servidumbre que con la libertad. En la última versión de Fidelio de Beethoven, de la Ópera de Berlín, los prisioneros parecían estar saliendo de Guantánamo.
Redefinir objetivos. El pantano afgano y la imagen de Estados Unidos no son los únicos problemas que enfrenta la OTAN. La organización tiene que redefinir su propósito, especialmente su relación con una Rusia resurgente. El objetivo de la OTAN no puede simplemente ser, para utilizar la famosa fórmula de Lord Ismay, “mantener a Estados Unidos adentro, a Rusia afuera y a Alemania abajo”.
Al perder su foco geográfico, la OTAN hoy está confrontada a un desafío de identidad importante. ¿Se convertirá en una “liga de democracia”? Si fuera así, debe considerar tener una relación especial con países como la India y Japón, para nombrar algunos.
Si va a seguir siendo una “Alianza occidental” en un mundo “globalizado”, ¿debe definir una relación mucho más clara con Rusia sin darle al Kremlin un veto en la Alianza? ¿O la OTAN finalmente se convertirá en una “alianza para la estabilidad” que incluya a todas las nuevas potencias –China, India y Brasil, para no mencionar a Rusia– del emergente “mundo multipolar”? Una cosa es segura: un “Occidente que se achica”, mientras conserve cierta influencia, debe crear las mejores instituciones que pueda durante el tiempo que todavía le quede.
En esencia, el dilema fundamental de la UE no es tan diferente del de la OTAN. Le ha ido tan bien que ha incorporado nuevos miembros y nuevas responsabilidades, pero ha perdido el foco y la claridad de intención. ¿Cuál es el proyecto de Europa hoy? ¿Dónde termina la UE? Ya no sueña con convertirse en “los Estados Unidos de Europa”, y la sugerencia de Jacques Delors de “las Naciones Unidas de Europa” se ha mantenido demasiado ambivalente, si no deliberadamente ambigua, como para ser efectiva.
Después del “No” irlandés, ¿puede la Unión encontrar la salvación en la idea de la OTAN de una “coalición de la voluntad”? ¿Pueden los europeos pro integración más decididos abandonar el grupo sin verse paralizados por la coalición de la no voluntad?
Por supuesto, el “No” irlandés no es el equivalente para la UE de lo que el pantano afgano representa para la OTAN. Aun así, también constituye un importante escollo y un desafío de naturaleza institucional, política y hasta psicológica. ¿Cómo se recrea una “narrativa” europea que reconcilie a la Unión con sus ciudadanos? La UE últimamente no solo no logró –mucho menos que la OTAN– ganarse los corazones, sino que tampoco convenció a los europeos de que en un mundo global es parte de la solución, no parte del problema.
periódico La Nación 3 julio 2008.

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