Pablo héroe
Recuerdo El viernes 4 de julio se cumplió otro aniversario de la muerte de Pablo Presbere
Juan Rafael Quesada Camacho | juanquesada@costarricense.cr
En el cantón central de Limón hay un monumento dedicado a Pablo Presbere, egregia figura de nuestro país, y un busto lo representa en las instalaciones de la Asamblea Legislativa. Hace unos años, un colegio de nuestra capital llevó su nombre, pero –en un acto inexplicable– fue sustituido por un nombre anodino.
Los símbolos visibles de Presbere no son, pues, muchos: menos que los merecidos. Sin embargo, pese a eso, debemos ver siempre a ese líder indígena como el ancestro que supo encarnar los valores de libertad, identidad y soberanía de nuestro país.
¿Cuántos costarricenses saben qué se recuerda el 4 de julio? ¿Qué porcentaje de la población está enterado de que el 4 de julio es el Día de Pablo Presbere, Defensor de los Pueblos Originarios de Costa Rica? Para no olvidarlo, veamos quién fue este personaje.
A la llegada de los españoles a lo que luego sería llamado Costa Rica, este territorio estaba poblado por decenas de miles de seres humanos, o sea, por las los habitantes autóctonos.
Muchos españoles se creían con el derecho de apoderarse de tierras y personas; impulsados por el afán de enriquecerse, conquistaron el continente americano por medio de dos instrumentos: la espada y la religión.
Poco después de 1502, la población indígena concentrada en el Pacífico Norte y el Valle Central fue objeto de varios tipos de violencia: muchos fueron esclavizados y algunos exportados a varios lugares del continente. A otros se los utilizó como mano de obra gratuita, y la mayoría fue obligada a pagar tributos y a proporcionar alimentos y servicios a los españoles.
Aunque una parte de la jerarquía indígena colaboró con los invasores, el resto de la población, amistosa al principio, empezó a rebelarse ante los abusos de los conquistadores. Es significativo que, en Cartago, algunos indígenas fueran descuartizados cuando osaron rebelarse.
Sin bien el dominio español se consolidó en el Valle Central a finales del siglo XVI, aquellos autóctonos que no se sometieron se refugiaron en las montañas.
Así, en particular, la vertiente atlántica permaneció inconquistable debido a su lejanía, al rigor de su clima y, especialmente, a la notable resistencia indígena, a pesar de que los métodos de conquista fueron allí más violentos que en el resto del país.
La brutal explotación a la que fueron sometidos los habitantes originarios de Costa Rica por parte de las autoridades político-militares y eclesiásticas, más las enfermedades importadas por los españoles, dieron como resultado un abrupto descenso de ese grupo humano (catástrofe demográfica).
Entonces, los conquistadores debieron buscar afanosamente mano de obra en las áreas ocupadas por los llamados “indios bravos”, ubicados en la región atlántica, sobre todo en Talamanca.
En consecuencia, desde principios del siglo XVII, a las acciones militares se unió la actividad misionera con el propósito de fundar poblaciones estables y, así, apoderarse de los aborígenes.
Ese proceso se inició en 1605, cuando se fundó Santiago de Talamanca, y culminó en 1709. Durante todo este periodo fueron comunes toda clase de tropelías contra los indígenas, desde el azote hasta el corte de las orejas y la destrucción de sus creencias religiosas.
Rebelión. La reacción de los nativos talamanqueños no fue sumisa; al contrario, opusieron una feroz resistencia. Cada acto de rebeldía era seguido por la represión, lo que fortalecía, entre los indígenas, cada vez más, el ansia de rebelarse ante a la opresión extranjera, de defender su libertad y cultura.
El 28 de setiembre de 1709, bajo la conducción del cacique Pablo Presbere, comenzó un enorme levantamiento que agrupó a miles de indígenas.
Armados de arcos, flechas y lanzas de pejibaye, se enfrentaron con españoles provistos de arcabuces y los pusieron en dificultades. Durante varios meses, los primeros pobladores de nuestro país mantuvieron el control de sus tierras, desde la frontera con Panamá hasta las cercanías de Cartago. En realidad, se podría afirmar que recuperaron su derecho a ser soberanos.
Sin embargo, el gobernador de entonces, Lorenzo Antonio de Granda y Balbín, pidió ayuda militar a Guatemala, y con ella fue aplastada aquella insurrección.
Vencidos los indígenas, centenares de ellos fueron amarrados y conducidos a Cartago, donde fueron convertidos en mano de obra gratuita.
A la vez, se sometió a juicio a sus caciques e inspiradores, entre ellos Pablo Presbere, considerado el “principal motor” de esa rebelión, según documentos de la época.
Presbere fue sentenciado a ser arcabuceado y decapitado. Una vez muerto, con el fin de amedrentar a sus seguidores, sus restos fueron exhibidos.
Para comprender mejor los alcances de estos hechos, se debe tener presente que Pablo Presbere era reconocido como el guerrero más respetado de la región talamanqueña.
No es de extrañar entonces que, al ser condenado, Pablo Presbere diera pruebas de altivez porque, a pesar de ser torturado para que delatase a los otros dirigentes, prefirió callar y aceptar él solo las consecuencias de su gesta liberadora.
Sin duda, Pablo Presbere es digno merecedor del título de Defensor de los Pueblos Originarios de Costa Rica.
EL AUTOR ES HISTORIADOR Y MIEMBRO DE LA ASOCIACIÓN CIUDADANA ACTIVA, QUE DEFIENDE EL CARÁCTER PLURICULTURAL Y MULTIÉTNICO DE COSTA RICA.
Suplemento Áncora. periódico La Nación 6 julio 2008.

Meneame
del.icio.us