Globalización del hambre
Rodrigo Madrigal Montealegre
“¡Dios debe querer mucho a los pobres, porque sólo así se explica que hayan tantos!, exclamó con conmovedora ironía Lincoln, el gran emancipador de los esclavos. Si estuviera vivo aún, le dolería constatar que en la gloriosa era de la globalización – sinónimo de la prosperidad, el progreso y la confraternización que une a toda la humanidad -, cada hora 1.200 niños mueren de hambre en nuestro planeta, lo que equivale, según la ONU, a las víctimas que causarían tres colosales tsunamis al mes.
Es decir, que al año perecen diez millones de párvulos, que lo que más los distingue de otros galopines del mundo es un estómago vacío, un rostro triste y un cerebro atrofiado por la desnutrición. Ellos provienen de esa multitud paupérrima de 2.500 millones de seres miserables, que sobreviven con uno o dos dólares al día y abarcan el 40% de toda la humanidad, pero apenas disponen del 5% del ingreso mundial.
La asimetría es tan sideral, que en el otro extremo de esa polarización, el 20% de la población del planeta disfruta del 80% de la riqueza mundial, y el ingreso total de los 500 magnates más acaudalados equivale al de 416.000.000 seres famélicos del Tercer Mundo.
Además, la FAO reveló que, a causa de la crisis actual del petróleo y los alimentos. la condición de 860 millones de seres humanos que padecen de desnutrición crónica sufrirá un grave deterioro y que, además, esa enorme masa famélica aumentará en cien millones de nuevas víctimas, lo que equivale a la población de México.
El agua potable que necesitan esos 2.500 millones de desdichados, por ejemplo, cuesta apenas $7.000 millones al año. Esa inversión, que podría salvar 4.000 vidas al día, representa menos de lo que anualmente en Europa se gasta en perfumes, lo que se paga en cirugía plástica en los Estados Unidos o a casi la mitad de los $ 12.000 millones que les cuesta al mes la guerra de Irak.
El monto necesario, según la ONU, para rescatar a 1.000 millones de mortales de la pobreza más aguda es apenas de $ 300.000 millones, que equivale a la suma de las cinco fortunas más grandes del mundo, o a la tercera parte de lo que se despilfarra anualmente en el planeta en gastos militares.
El PNUD estima, además, que los $1.000 millones diarios en subsidios que los países ricos conceden a sus agricultores, lesionan a las naciones pobres, y que las normas de la OMC, sobre todo las de propiedad intelectual, maltratan a los países pobres, al elevar el costo de la transferencia tecnológica y los precios de los medicamentos. Más grave será, ahora, con el vertiginoso aumento de los alimentos y el petróleo.
Hace unas décadas, los países ricos prometieron destinar el 0.7% de su PIB al Tercer Mundo; pero, aparte de Holanda y los países escandinavos, esa promesa nunca se cumplió. Con pinzas y cuentagotas, se repartió poco a poco y selectivamente con criterios ideológicos y estratégicos de la Guerra Fría. Mientras tanto, soportaron el castigo de las crisis petroleras de 1973 y 1979, cayeron en la trampa de la “deuda eterna” y sufrieron el látigo del FMI.
En el año 2005, la ONU se comprometió a reducir a la mitad los 1.200 millones de quienes sobreviven con un dólar al día. Sin embargo, en 53 países habitados por el 80% de la población mundial se ha agravado la desigualdad y hasta en los países más prósperos, donde 50 millones de niños viven en la extrema pobreza. Además, sufren la crueldad de la publicidad que los tortura provocando voluptuosos deseos que nunca logran saciar, como a Tántalo,
Diez millones de niños y ocho millones de adultos perecen todos los años por el hambre. Eso significa que, cada tres años, ese flagelo apocalíptico extermina a un monto de seres humanos similar al de todos los muertos en batallas, bombardeos y campos de concentración durante la Segunda Guerra Mundial, considerados como “daños colaterales” en la nueva jerga militar del darwinismo selvático.
La aldea global –sinónimo de progreso, solidaridad, optimismo y modernidad - se erige sobre un enorme cúmulo de hambre, miseria y dolor humano, con una brecha que sigue separando al globo terrestre y confirma el lamento de Lincoln, así como una sabia reflexión de Luiz Inácio Lula da Silva: “El hambre es, en verdad, la peor de todas la armas de destrucción masiva…”
Suplemento Página Abierta Diario Extra 5 agosto 2008.

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