Columna Enfoque
Jorge Vargas Cullel | jovargas@nacion.co.cr.
Politólogo
Nueve meses después del referéndum del TLC, a primera vista, las cosas son muy distintas a las previstas. Eso es lo interesante de la política: que uno nunca sabe. Todo el mundo está descolocado, como sorprendido por la situación en la que se encuentra.
Empecemos por el Gobierno. No se cumplió su expectativa de que la victoria fuera el envión para asirse permanentemente de la iniciativa política. La cosa se le torció. Sigue atrapado por la aprobación de las leyes de implementación del TLC, que le ha dificultado plantear otras prioridades de política pública. El drástico cambio en el entorno internacional (subida del petróleo y alimentos, y desaceleración de la economía de los EE. UU.) ha instalado una difícil situación. Además, se ha enredado en sus propios mecates.
Está a la defensiva por varios yerros, incluyendo el episodio con la plata de Taiwán y del BCIE. La oposición de terciopelo (el PUSC, libertarios y otros minoritarios) sigue amarrada por el abrazo del oso del TLC. No puede desmarcarse del Gobierno, pues aún no se aprueba toda la agenda de implementación. Pero ya le agarró tarde para presentarse en el 2010 como fuerzas opositoras con credenciales como tales. Han proyectado más la imagen de sucursales pequeñas de la Casa Presidencial que de partidos con identidad discernible.
El PAC tiene limpia la cancha como fuerza opositora, pero no ha capitalizado esa ventaja. Solito parece haberse hecho un chicle. Ha pagado un fuerte costo por sus abruptas marchas y contramarchas en relación con la agenda de implementación. Ha influido poco en temas cruciales como la apertura de seguros y de telecomunicaciones. Se ha debilitado –perdió una diputada– y no logró alivianar la desconfianza que le profesa una parte de su base electoral “natural”.
La oposición extraparlamentaria (organizaciones sociales, laborales y círculos intelectuales) no ha logrado articularse en una alternativa política. Sigue enojada pero dispersa. Los comités patrióticos no mantuvieron su nivel de actividad y los sindicatos están aislados. Su definición de que el referéndum era la batalla final contra el neoliberalismo les dificultó el día después.
Y, sin embargo, el desconcierto tras el referéndum era previsible. Ningún resultado sobre el TLC resolvía la crisis de nuestro sistema político o el entrabamiento institucional que facilita el bloqueo recíproco. Hoy afloran las consecuencias de la política del “todo o nada” del año pasado. Cuando más se necesitaba tender puentes hacia el futuro, es decir, nuestro complejo presente, nos fuimos de boca con la retórica y la testosterona. Y así llegamos aquí.
periódico LA Nación 10 julio 2008.

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