Ventajas comparativas y seguridad Alimentaria
Gerardo Castillo Martínez *
Los altos precios del petróleo, la debilidad del dólar usamericano, la especulación en los mercados financieros, el incesante incremento en el valor de las adquisiciones de alimentos, la escasez de éstos, el cambio climático global y la gran demanda por la comida mundial que están haciendo China y la India, han puesto en la picota de las discusiones académicas la vigencia y pertinencia de la teoría de las Ventajas Comparativas. Según esta postura, si un país X es más eficiente en la producción de determinado bien, los otros países que también lo producen, pero a un costo mayor, deben comprarle a X todos los suministros que necesitan para abastecer el mercado interno, con el fin de beneficiar a los consumidores dados los menores precios con que serán conseguidos, a la vez que desincentivan la provisión local de ese bien. También, esa teoría, cree ciegamente en el libre comercio, en la igualdad de cada uno de los actores que concurren al mercado y en la no intervención del Estado en la economía.
Sin embargo, lo que se les “olvidó” decir a ella y a sus defensores es que no se hacían responsables por el desempleo y por la pérdida del poder de compra de los productores “ineficientes” en las naciones que adhirieron a ese postulado y que quedarían al desamparo, pues no consideraron que igualmente se
alimentan y que necesitan del sustento que les procuraba el trabajo en el campo, y que ahora ya no tienen, para poder lograr ese elemental derecho. Por otra parte, “omitió” mencionar que los precios internacionales de los alimentos no se mantendrían siempre bajos en comparación con el costo local de producirlos. ¿Nos previno, acaso, de que los alimentos, amén de otras materias primas, subirían sus cotizaciones en gran parte por las prácticas especulativas de las Bolsas de Valores?
Pero sobre todo, no se nos advirtió que los países que dejaban de producir en favor de esos mitos, no obstante tener, en el caso de los granos básicos, las condiciones agroecológicas y climáticas ideales y el apoyo de los gobiernos para sostener la oferta interna, podrían ser extorsionados por razones geopolíticas o de mercado, tal como sucedió en Centroamérica en la era de la Guerra Fría. Tampoco hubo sinceridad en cuanto a que el libre comercio en realidad no existe en las naciones desarrolladas, cuna ideológica de la teoría de las Ventajas Comparativas, pues los subsidios a la producción y la exportación continúan hasta nuestros días, y que en el fondo lo que se perseguía era y es que los países que abandonaran su producción para importarlo todo, dejaran espacios para que los excedentes alimentarios que no podían ser colocados en otros mercados tuvieran oportunidad de ser depositados en aquellos a precios artificiales, que, a la postre, terminarían por destruir la aún endeble competencia criolla. En Costa Rica, los programas PL-480 y otros administrados por la AID, en especial durante la ejecución de los convenios de ajuste estructural y de estabilización económica, en los 80, con el BM y el FMI, se constituyeron en las estratagemas bien calculadas por la Secretaría de Agricultura y el Departamento de Estado de Estados Unidos para “convencer” a los gobiernos de entonces y a las empresas importadoras y agroindustriales de la necesidad de ver a los granos exportados por esos programas, respectivamente, como bienes salario e insumos competitivos, para luego crear las condiciones sociopsicológicas que posibilitaran la penetración, primero subsidiada, y luego a precios de mercado, del excedente alimentario de ese país en nuestro mercado interno.
Otra cosa que ocultaron hablar fue de que la ejecución del modelo de las Ventajas Comparativas, no admitía que el gobierno del país en donde se descuidó la producción de alimentos intentara siquiera crear y mantener una política de soberanía alimentaria, en la que los
precios y el mercado para los productores locales estén garantizados y la importación de granos sea disuadida a través de impuestos arancelarios altos.
Hoy día el Gobierno de turno, ante la arremetida y la profundización de factores externos adversos que han llevado al encarecimiento de los alimentos y a su escasez —y sin que haya ni por asomo un arrepentimiento ideológico por lo que hizo, en los 80, el mismo Partido que, en esa época, y ahora también, dirige el país—, propone que el consumo de arroz, de maíz blanco y de frijoles, de producción local, lleguen en dos y tres años a porcentajes altos en la demanda nacional, sin mencionar que la diferencia respecto del 100% en esos tres granos será de todas maneras satisfecha por la vía de las compras externas. Curioso que dentro de ese plan no hayan tomado en cuenta al maíz amarillo. La excusa es que el rendimiento de este grano es muy bajo, por lo que debe seguir siendo importado en su totalidad. ¡Cinismo!: desde la década de los 80, y hasta la fecha, desprotegieron adrede su producción en virtud de que es uno de los granos que Estados Unidos “negoció” con el Gobierno de esos años para ser vendido en el país, mediante los PL-480 y posteriormente a través del mercado.
Las autoridades no sueltan prenda acerca de cómo se regirá el sistema de precios con el cual serán adquiridos los granos producidos por los pequeños y medianos agricultores. Si la solución que prevé para esto es que el mercado se encargue de fijarlos, ergo la oferta y la demanda será determinada por el “precio de equilibrio”. El problema es que ese eventual precio puede que no cubra los costos o le deje un margen de ganancia muy estrecho al productor a tal punto que le impida reinvertir en su negocio. Es obvio que el ganador en un sistema así, será el intermediario privado. Por otro lado, el Gobierno no ha dicho qué pasará con la producción nacional, que afirma va a lograr con su plan, ante un escenario de precios altos en el mercado internacional, los cuales con toda seguridad incentivarán a que una porción muy importante de lo que se produzca trate de ser exportada. ¿De qué “seguridad alimentaria” nos habla el Gobierno si no ha explicado cómo frenará la potencial “estampida” de comida en un contexto semejante? Pienso que llegó la hora de hablar, planificar, decidir y ejecutar políticas sobre autosuficiencia alimentaria en vez de seguir insistiendo en el fallido supuesto ideológico de la seguridad alimentaria suministrada mediante las Ventajas Comparativas.
periódico LA Prensa Libre 10 julio 2008.

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