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RESONOCO

02/09/2008 GMT 1

Columna Germinal

marfuerte @ 03:24

Año II No. 78

Alfonso Chase
Alexander Solzhenitsyn (1919-2008) ha muerto.

Luego de librar múltiples batallas contra sí mismo, la naturaleza, la enfermedad, los comisarios, la política como instrumento de dominación y sus propias convicciones sociales, ideológicas y hasta patrióticas, que lo convirtieron en un ego rezongón, brillante y gran escritor, libelista de fuste, siempre en lucha con los escritores burócratas y aquellos pegados a las planillas del bien público, siendo, en verdad funcionarios de estado y menos creadores auténticos.

Su desafío es parte de una valentía inusitada para defender lo que creyó justo y noble, porque nunca fue un ciudadano cualquiera.

Fue un prisionero de los Gulags, un patriota en la gran Guerra Patria, un acucioso investigador de los mecanismos de persecución ideológica, del alma humana en cautiverio, todo esto logrado en obras de gran calidad literaria, a partir de la novela “Un día en la vida de Ivan Denisovich”, (1961), escrita y editada en tiempo del Deshielo y cuando empezaba a definirse la lucha final contra el estalinismo, que quedó en suspenso, empezando así el calvario literario de este autor, cuya lucha siempre fue contra las mentiras, los engaños de la historia y su propio derecho, como científico y humanista, por escribir de lo cual había sido protagonista y testigo. No es cierto que fuera complaciente con la prensa occidental: recuérdese su fulminante discurso para los graduados de Harvard, 1978, contra el sistema capitalista, la prensa, los mecanismos de tergiversación editorial y a favor de la justicia social y contra el esnobismo académico. El conjunto de sus obras escritas, novelas, narraciones, teatro y ensayo abarca casi 20 tomos y está en proceso de edición por parte de su esposa Natalia Svetlova, albacea de sus escritos. La desazón espiritual lo convirtió en un solitario combatiente contra la corrupción, el capitalismo arrasante, la penetración de sectas religiosas fundamentalistas en su país y un enemigo de la clase política, derivada muchas veces de las altas esferas de la antigua URSS. El año pasado aceptó, con reticencias, el Gran Premio Estatal de Literatura, de manos del propio Presidente Vladimir Putin, a quien llamó “restaurador de la dignidad de Rusia”. Queda en la historia como uno de los más grandes escritores del siglo XX, al margen de sus enemigos y detractores, y en la mente y el recuerdo de sus admiradoras.

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• Alexander Solzhenitsyn
Somos la voz de todos
© Fotografía: Agencia INTERFAX
© TEXTO: Natalia
Svetlova/ Moscú 2008
Somos igual que aquel asombrado salvaje que se encuentra con el objeto insólito -¿arrojado por el mar, surgido de la arena, caído del cielo?- de intrincadas curvas, y lo ve brillar primero tenuemente y luego con esplendoroso rutilar. Le da vueltas una y otra vez entre sus manos, intentando adivinar lo que puede hacer con él, preguntándose si servirá para algo e ignorando totalmente su función más alta.,
También nosotros, al tener el arte en nuestras manos, creemos confiados que somos sus dueños. Lo dirigimos, lo renovamos, lo reformamos y lo exhibimos audazmente; lo vendemos por dinero, lo dedicamos a complacer a quienes se hallan en el poder. En determinados momentos lo empleamos como diversión, rebajándolo a la categoría de cancioncillas de cabaret, y en otros momentos, apoderándonos del arma más cercana, tapón o garrote, lo ponemos al servicio de las necesidades pasajeras de la política y de mezquinos fines sociales. Pero el arte no se deshonra a pesar de nuestros esfuerzos, no se desvía ni desiste de su verdadero propósito, sino que en cada ocasión y en cada aplicación nos concede una parte de su luz.

¿Poseeremos alguna vez la totalidad de esa luz? ¿Quién osa decir que ha definido el arte y enumerado todas sus facetas? Quizás alguna vez, hace mucho tiempo, hubo quien lo comprendió y nos lo reveló, pero eso no puede satisfacernos ya para siempre; escuchamos, dejamos de escuchar, lo rechazamos y lo aceptamos, apresurándonos como siempre a cambiar incluso lo mejor por lo nuevo. Y cuando alguien nos vuelve a decir la vieja verdad, ni siquiera recordamos que una vez fue nuestra.

Un artista se ve a sí mismo como el creador de un mundo espiritual independiente; carga sobre sus hombros la tarea de «hacer» ese mundo, de poblarlo, de asumirlo, de responsabilizarse de él. Pero se derrumba bajo esa labor, porque un genio mortal no es capaz de soportar tal peso, al igual que el hombre, que, aunque se ha proclamado rey de la Creación, no ha logrado organizarse un sistema espiritual equilibrado. Y cuando cae, víctima de la desgracia, le echa la culpa a la eterna desarmonía del mundo, a la complejidad del alma o a la estupidez del público.

Otro artista cree en un poder más excelso y trabaja alegremente, como un humilde aprendiz, bajo los cielos de Dios. Sin embargo, su responsabilidad respecto a todo lo que está escrito o proyectado y respecto a los hombres que observan su trabajo es mayor que nunca. Pero, en cambio, este artista no piensa que ha sido él quien ha creado ese mundo, ni quien lo dirige, ni tiene dudas en cuanto a sus orígenes. El artista debe tener una percepción de la armonía del mundo y de la belleza o fealdad de la contribución humana de esa armonía más aguda que los demás, para comunicarlo con mayor perspicacia a sus semejantes. Su sentido de la armonía no le abandona nunca, ni en la desgracia, la pobreza, la cárcel o la enfermedad, ni en ninguno de los abismos de la existencia. Pero toda la irracionalidad del arte, sus sorprendentes giros, sus imprevisibles descubrimientos, su tremenda influencia sobre los seres humanos, son demasiado mágicos para que el artista los agote con su visión del mundo, con su concepción artística o con el trabajo de sus inhábiles dedos. Los arqueólogos no han descubierto ninguna era de la existencia humana, por temprana que fuera, que no tuviese su arte. Desde el más remoto amanecer del hombre fuimos recibiendo este arte de unas manos que hemos descubierto con demasiada lentitud. Y también estamos tardando demasiado en preguntarnos: ¿con qué propósito de nos ha concedido este don?, ¿cómo lo utilizaremos?
Se equivocan y se equivocarán siempre los que profetizan que el arte se desintegrará, que sobrepasará sus propias formas y morirá. Somos nosotros los que moriremos; el arte permanecerá. ¿Llegaremos a comprender, siquiera en el día de nuestra destrucción, todas sus facetas, todas su posibilidades?
No todo asume un nombre. Algunas cosas se hallan más allá de las palabras. El arte inflama incluso al alma ignorante y helada hasta llevarla a una experiencia espiritual de verdadera excepción. A través del arte percibimos a veces, aunque breve y oscuramente, revelaciones tales como no pueden alcanzarse por medio del raciocinio.

Es como ese espejo de los cuentos de hadas en el que, si nos miramos, veremos reflejada no nuestra imagen, sino lo inaccesible, el lugar donde ningún hombre puede llegar volando o cabalgando. Dostoiewski hizo una vez esta enigmática observación: “La belleza salvará al mundo” ¿Qué clase de afirmación es esa? Durante mucho tiempo creí que sólo eran palabras… Porque ¿cómo iba a ser posible? ¿Cuándo, en el curso de nuestra cruenta historia, la belleza había salvado a alguien de algo? Ennoblecido, elevado, quizá. ¿Pero salvado? Sin embargo, existe indudablemente cierta particularidad en la esencia de la belleza, cierta particularidad en la naturaleza del arte. Es decir: la fuerza de convicción de una verdadera obra de arte es completamente irrefutable y obliga a rendirse incluso al más rebelde.

Es posible pronunciar un discurso político inspirado, escribir un artículo enjundioso, inventar un programa social o un sistema filosófico que tengan por base el error o la mentira. Lo que se oculta tras todo ello, lo que desfigura la verdad, no se advierte inmediatamente.

Pero alguien pronuncia un discurso de tendencias opuestas al anterior, un artículo contrario, un programa, una filosofía diferentes, todo ello igualmente inspirado y enjundioso, y también convence. Por eso desconfiamos. Es vano reiterar lo que no nos llega al corazón.

En cambio, una obra de arte lleva en sí misma su propia evidencia. Los conceptos inventados o forzados no resisten que se les plasme porque aparecen débiles, sin poder de convicción, y terminan por derrumbarse. Pero las obras de arte que han encontrado la verdad y nos la presentan como una fuerza viva, se apoderan de nosotros, nos dominan, y nadie, nunca, conseguirá rebatirlas. Así, pues, quizás esa antigua trinidad de la Verdad, la Bondad y la Belleza no sea simplemente una fórmula vacía y marchita, como pensábamos en la época de nuestra confiada y materialista juventud. Si las copas de estos tres árboles convergen, como afirman los sabios, pero los troncos de la Verdad y de la Bondad son tronchados por demasiado directos y aparentes, quizás el tronco de la Belleza, imprevisible, inesperado, se abrirá camino y crecerá en ese mismo lugar, llevando a buen fin la tarea que debían efectuar los tres juntos. En ese caso, la frase de Dostoiewski sería mucho más que unas palabras irreflexivas: sería una profecía. No olvidemos que Dostoiewski fue un iluminado.

En ese caso, ¿podrían el arte, la literatura, ayudar al mundo de hoy?
Lo que deseo exponer ante ustedes es el resultado del pequeño grado de clarividencia que he conseguido alcanzar sobre el particular a través de los años.

Para ascender a esta plataforma desde donde se pronuncia el discurso del Nóbel, plataforma ofrecida a muy pocos escritores y una sola vez en la vida, no he subido tres o cuatro peldaños, sino cientos e incluso miles; han sido peldaños empinados, difíciles, que me sacaron de la oscuridad y el frío, a los que sin duda era mi destino sobrevivir y donde otros, quizás más dotados y fuertes que yo, perecieron. Conocí a muchos de ellos en el archipiélago de Gulag, desperdigados en su multitud de islas. Como me hallaba bajo la losa helada de las tinieblas y la desconfianza, no hablé con todos ellos; solo de oídas he sabido de algunos, y a otros no he hecho sino adivinarlos. Los que cayeron en el abismo cuando ya se habían labrado un nombre en la literatura tienen el consuelo de que el mundo lo sabe, pero son muchos los desconocidos cuya identidad jamás ha sido mencionada. Casi ninguno ha conseguido regresar; toda una literatura nacional se ha quedado allí, sumida en el olvido, careciendo no ya de tumba, sino de ropa interior. Esos hombres han vivido desnudos, con un número marcado en un dedo del pie. La literatura rusa no ha interrumpido un momento su producción, pero desde el exterior parece un erial. Donde hubiese podido crecer un bosque admirable no quedan, después de la tala, más que dos o tres árboles… Hoy me hallo aquí, acompañado por las sombras de los caídos, inclinando la cabeza ante otros hombres más merecedores que yo de ocupar este lugar, y quisiera adivinar y expresar lo que ellos hubieran deseado decir. Esta obligación ha pesado durante mucho tiempo sobre nuestras espaldas; la hemos comprendido.

Revista Abanico. periódico La Prensa Libre 9 agosto 2008.

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