Columna A FONDO
José A. Cabezas
jcabezas@racsa.co.cr
Un sábado iniciando la tarde. Usted, como cualquier costarricense, tenía el derecho de pensar que es un día para salir sin estrés, con el mínimo congestionamiento de tránsito posible. Usted sabe, porque ha sido insertado en nuestra misma Constitución Política, que tiene derecho a un ambiente tranquilo y a una calidad de vida más o menos buena. Esto último significa que si el Estado no puede ayudar a ganarla, por lo menos está obligado a no entorpecerla.
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Tomó la autopista a Ciudad Colón. Usted quería visitar ese sector oeste de San José. ¡Qué agradable, por cierto, gozar un sábado de esa zona, en donde hay tranquilidad, buenos restaurantes y lugares típicos. O, quizá usted dejó para el sábado ir a hacer las compras a los abundantes centros comerciales que están de camino.
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Pero, ¡sorpresa! Cuando dobla en el Gimnasio vislumbra a unos doscientos metros el inicio de una presa. A medida que pasan los eternos minutos, mira con compasión a las otras largas filas que pretenden entrar a la vía en las intersecciones de La Sabana, la Radial de Circunvalación y Los Anonos. No hay, ni por asomo, un inspector de tránsito que ayude, que guíe, que colabore. Los paisanos suyos están tratando de meterse a la bravuconada o, a la espera de un ánima bondadosa que les dé campo. Ya para entonces, las caras de sus colegas conductores muestran disgusto y estrés. A veces odio, pero usted se imagina que es que en ese momento se acuerdan de doña Karla González, la señora Ministra de Transportes, que en cada discurso de jacta de algunas reparaciones en puentes, mientras el país vive día a día el colapso sin que ella haga nada por aliviarnos. ¡Nada visible! Incluyendo los semáforos para vehículos que puso en los bulevares peatonales…
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A la hora y media, usted llegó al puente en construcción. Y léame, óigame o imagínese: cuando usted va terminando de pasar el dichoso puente, se encuentra a un policía de tránsito indicándole con la mano que se apure. ¡Como se usted necesitara que se lo pidieran! ¡Como si no fuera su mayor deseo salir de ese maldito infierno! En tres o cuatro kilómetros no estuvo, aunque fuera uno solo, en donde más se necesitaba, pero se para cómodamente cuando su crisis ya pasó.
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¿Para qué quieren más presupuesto? ¿Para tener a dos, cuatro o seis inútiles parados en la vía sin hacer nada productivo y no a uno solo? El problema no solo es de número sino de calidad, que para que sigan siendo como son, mejor quedarnos con los que están.
periódico La Prensa Libre 2 septiembre 2008

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