Dictador Tinoco, dos visiones
Julio Suñol
Alfredo González Flores asumió la Presidencia de Costa Rica el 8 de mayo de 1914. Federico (Pelico) Tinoco le dio un golpe de Estado el 27 de enero de 1917. En 1919 fue depuesto con el mismo entusiasmo y adhesión que le habían mostrado quienes lo ungieron en el puesto. Y en toda esa trayectoria de los años 14 al 19 se reflejaron los patriotismos, los oportunismos y los sometimientos al poder avasallador de los Estados Unidos, que los costarricenses fueron capaces de adoptar con una conducta camaleónica. Esto, por lo demás, no parece extraño -hasta la fecha- al comportamiento político histórico de muchos dirigentes y dirigidos de nuestro país.
Hemos podido profundizar un poco más en los acontecimientos de esos aciagos años, gracias a dos excelentes trabajos que fueron tesis de grado de los licenciados Hugo Murillo Jiménez y Jesús Fernández Morales. El aporte del primero se convirtió en libro en algún momento, y el del segundo está esperando un editor que desee contribuir a llevar más luz a los nefandos sucesos de una época, espejo fiel de las virtudes y los vicios políticos que no han abandonado el escenario nacional.
Dictador y traidor. Debemos empezar por recordar que Pelico Tinoco fue el mago político que, con la participación de Ricardo Jiménez Oreamuno, llevó al poder a Alfredo González Flores en mayo de 1914. Don Alfredo no había sido candidato a nada, pero en razón de que para esa fecha hubo un vacío poselectoral, se la ingeniaron para que el ilustre herediano entrara al poder por la ventana. Esto no demerita al personaje, ni autoriza a ignorar que González hizo un buen gobierno y que asimismo fue traicionado por Tinoco, quien era su ministro de la Guerra, como se le llamaba entonces a esa cartera. González fue depuesto por la oligarquía cafetalera, que estuvo en contra de las iniciativas del gobernante para introducir nociones y prácticas bancarias y tributarias, que se pueden resumir en la frase: que el rico pague sus impuestos como rico y el pobre como pobre.
Tinoco fue para muchos un dictador y un traidor y su caída se inicia no únicamente por la acción de los mismos intereses económicos y políticos que lo elevaron, sino por la presión inmensa y pertinaz que aplicaron el presidente Woodrow Wilson de los Estados Unidos, su secretario de Estado Robert Lansing y el audaz y atrevido intervencionista Benjamín Chase, quien como cónsul, con síntomas de paranoia, se daba la libertad de dirigir discursos al pueblo desde la sede diplomática norteamericana y de encabezar desfiles contra Tinoco. Ello satisfacía a los enemigos de éste y molestaba a la United Fruit Company y a su personero principal, Minor Keith, furibundo avalador de Tinoco y beneficiario del régimen. La intervención llegó a ser descarada y violatoria de las normas del Derecho Internacional.
González tenía varios factores en contra, como la profunda crisis económica de la primera posguerra, aparte de que buscó la justicia tributaria, lo cual incomodó a grupos de gran poder. Paralelamente se le había hecho una imagen de proalemán, lo cual equivaldría en nuestro tiempo reciente a haber sido prohitleriano o procomunista. Como no había nazismo, sí existía el kaiserismo, y como tampoco había el fantasma del comunismo, surgía el germanismo. Y en Costa Rica laboraba una influyente colonia alemana que supuestamente apoyaba a González. Es más: en aquellos tiempos decían que don Alfredo tenía una estación de radio en Heredia para comunicarse en secreto con el Kaiser. A esos absurdos llegaron las campañas contra él.
Wilson y el derrocamiento de Tinoco. De ambos estudios y de otros conocimientos se deriva la convicción de que la testarudez del idealista presidente Wilson fue lo que llevó al derrocamiento de Tinoco. Wilson soportó presiones de colaboradores directos que en algún trecho de su accionar recomendaron reconocer al dictador, entre ellos el mismo Secretario Lansing y John Foster Dulles, quien por esos días ya asomaba sus inclinaciones a instigar y resolver, como si estuviera preparándose para los años en que ocuparía la Secretaría de Estado. Dulles estuvo en Costa Rica para rendir un informe a Wilson.
La política wilsoniana del no reconocimiento, firme hasta el final, condujo al aislamiento económico de Tinoco (del país), lo que vino a crear problemas fiscales y sociales graves. Algunos daban por descartado que algo hubieran tenido que ver los intereses petroleros, aunque para entonces subsistían contratos de exploración y explotación petroleras, relacionados con Lincoln G. Valentine y Greulich-Pinto, compromisos inicialmente apoyados por González, pero después rechazados por él alegando que había propuestas mejores.
Quienes ven a Tinoco con otros lentes, argumentaban que éste accedió al poder de la misma forma en que él había hecho presidente a don Alfredo. Y alegaron que éste quería reelegirse, y que había existido un fraude en los comicios parlamentarios de medio período en 1915, atribuyéndole al gobierno sobornos y otros pecados capitales. Tampoco se negaban los esparcidos rumores de sobornos petroleros que habrían sido dados a prominentes figuras de la política nacional.
En el ínterin, siempre estuvo presente el fantasma de la intervención armada norteamericana, sobre todo por las pretensiones del cónsul Chase, quien pidió la presencia de barcos de guerra en Limón y Puntarenas, e incluso solicitó el desembarco de marines, lo que no sucedió porque el Secretario de Estado Lansing se negó, al igual que lo hizo el presidente Wilson.
Finalmente, Wilson se opone a la transacción que facilitaría la toma de la presidencia por el general Juan Bautista Quirós y veta a éste, pero impone la figura de don Francisco Aguilar Barquero, lo que sucede una vez que Tinoco ha salido hacia Europa por vía marítima desde Limón. Luego vendría la elección de Julio Acosta, quien junto con Alfredo y Jorge Volio y otros seguidores se habían atrincherado en Nicaragua, con el apoyo decidido del presidente, general Emiliano Chamorro. Éste temía una alianza de los tinoquistas con los liberales de su patria. Los enemigos de mis enemigos son mis amigos, parecía ser la inspiración chamorrista.
La conclusión es que aunque Wilson, respondiendo a su idealismo democrático y antidictatorial ayuda a tumbar a Tinoco, su intervención aparentemente buena para las instituciones, se convierte en rechazable para la mayoría de los costarricenses. La razón es que violenta e irrespeta nuestra soberanía. Eso explica por qué el país se levanta al unísono contra el mandatario cuando el presidente José Figueres Ferrer bautiza la carretera que conduce al aeropuerto El Coco (hoy Juan Santamaría), con el nombre de Autopista Wilson. Esta designación desapareció con rapidez.
Suplemento Página Abierta. Diario Extra 12 agosto 2008.

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