Columna Enfoque
Jorge Vargas Cullel
Politólogo
Es tiempo de iniciar un urgente diálogo nacional para, sin matarnos a descalificaciones, responder preguntas como estas: ¿A qué fuentes energéticas debe apostarle una pequeña economía abierta como la nuestra, que no produce petróleo ni es rica en carbón? ¿Qué cambios en los patrones de consumo de personas y empresas debemos impulsar? ¿Qué comportamientos deben estimularse y cómo? ¿Cuáles desestimular y cómo?
No sé exactamente cuándo, pero se nos coló un cambio de época. Nuestros descendientes dirán: “El 2 de enero del 2008, cuando el precio del petróleo superó los $100, se inició una nueva era”. Algo así como cuando se afirma que la Revolución Francesa (y la era moderna) comenzaron el 14 de julio de 1789, con la toma de La Bastilla. Pero otra cosa es ser contemporáneo de acontecimientos desordenados que nos pasan por encima. De pronto, la nueva época estaba allí, sorpresiva como un derrumbe en la madrugada, pero previsible como un alud en el Cerro de la Muerte.
El futuro nos alcanzó. Un petróleo cuyo precio está por las nubes impone cambios impensados en nuestros hábitos de vida. La cada vez más despilfarradora y ostentosa sociedad tica chocó con eso que llaman “el ahorro”. El apretón en el bolsillo obró el milagro de cierta austeridad, que no se hubiera conseguido con mil y una campañas publicitarias. Que hoy paguemos el triple por el combustible ha moderado el consumo y, de paso, convirtió a los carros “Hummer”, hasta hace poco símbolo de estatus, en reliquiasdemodé de una época anterior.
Un informe de la reputada revista The Economist (“El poder y la gloria”, 21/06/2008) relata que en la actualidad distintas fuentes y tecnologías energéticas (hidrógeno, geotérmica, eólica, solar, biodiésel) compiten por convertirse en el motor del futuro. Sin embargo, la cosa va más allá de la gasolina. El petróleo se utiliza para un montón de cosas. Sus derivados sirven para fabricar desde recipientes de plástico hasta lápices labiales, por lo que también habrá cambios en las tecnologías de producción. ¿Serán permanentes? No sabemos con certeza, pero todo parece indicarlo.
Aunque el impacto en el bolsillo ha forzado cosas, es insuficiente. Necesitamos empujar un cambio cultural porque, si no, volveremos a las andadas apenas podamos. Esta es la oportunidad para implantar hábitos ambientalmente sostenibles, entender que el ahorro no es una estrategia temporal, sino un indispensable modo de vida. El cambio climático es impulsado (al menos en parte) por los gases emitidos en la quema de combustibles fósiles, otra fuerte razón para cambiar costumbres. Es hora de hablarnos.
periódico La Nación 17 julio 2008.

Meneame
del.icio.us