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RESONOCO

16/09/2008 GMT 1

Los 90: nuestra década perdida

marfuerte @ 02:51

Claudio Alpízar Otoya *
Con frecuencia se habla y escribe de los años ochenta como la década perdida. Es un término acuñado por aquellos que le dan prioridad a la economía sobre la política, cuando es ésta última la que debe determinar lo que acontece con la otra, más aún en una sociedad que tenga al ser humano como objetivo y no como medio. Sin embargo, revisando bien en América Latina esa década no fue perdida desde el punto de vista político, ya que fue la coyuntura en que desaparecen la mayoría de los gobiernos totalitarios de la región, dando paso a sistemas democráticos prácticamente en todas las naciones, con la excepción de Cuba. Para el caso de Costa Rica —que ya gozaba para entonces de un sólido prestigio internacional por la forma de manejarse — la década tampoco fue perdida, todo lo contrario.

La inició el gobierno del presidente Rodrigo Carazo (1978-1982), quien no tomó a tiempo las decisiones económicas de devaluar en el momento oportuno el colón, cuando ficticiamente se mantenida muy evaluado en relación con el dólar. Pero a pesar de ello, y con la fuerte crisis económica que se presento a nivel mundial, el Gobierno demostró valentía política para anteponer los intereses del país a los organismos internacionales, que intentaban imponernos una visión económica ajena a los intereses nacionales. Esta actitud demostró carácter, firmeza e independencia política, lo que fortaleció la imagen exterior de un pequeño país que se negaba a que su historia fuese escrita por otros. Además logro mantener a la nación unida y alejada de las guerras centroamericanas.

Posteriormente a esa administración vino la del presidente Luis Alberto Monge (1982-1986), que continuó con la idea de independencia política proclamando su célebre Neutralidad Perpetua. Un excelente antecedente con el que se pretendía desarrollar y fundamentar la visión de respeto a las decisiones soberanas de cada nación, y la disposición de Costa Rica por respetarlas, así como exigir respeto a las propias. Además, estableció su famoso plan de trabajo con un nombre que hoy la realidad reclama por haber sido obviado en muchos de sus alcances: Volvamos a la Tierra, una visión estadista de lo que el futuro depararía si se dejaba de lado uno de los pilares fundamentales de la historia del desarrollo socioeconómico del país.

Seguidamente el primer gobierno del Presidente Oscar Arias Sánchez (1986-1990) se preocupó por generar un liderazgo a nivel Centroamericano, como nunca se había presentado, inclusive trascendiendo a nivel latinoamericano. Fue un manejo político exquisito que logro concentrar esfuerzos para que en el istmo —nuestro radio natural— se instauraran sistemas y procesos democráticos, y con ello la paz en una región que se acostumbraba al conflicto. A lo interno del país el Presidente tomó la prédica de Confucio, maestro de los políticos, la meritocracia. El gobierno de los preparados para gobernar y los comprometidos con los más altos principios de la nación. El país vino a culminar una década de éxito político con la “cereza al pastel”: el Premio Nobel de la Paz, que con la moderación que caracteriza al presidente Arias, lo llevó a afirmar que este fue más un premio a la nación que a la persona, por el sustento de su historia de paz y cordura.

Como hemos visto la década de los 80 fue rica políticamente, no fue perdida como han tratado de hacernos creer aquellos que piensan que el mercado debe imponerse a la sociedad, son los mismos que nos dicen que aquel está sobre el Estado. ¡Error! Pues la crisis en el campo económico de esa década, represento en Costa Rica la toma de decisiones políticas oportunas, un punto de inflexión, el cual genero las directrices para reaccionar y reacomodar, al punto de diversificar nuestra producción. Se pasó de ocho productos de exportación a más de 2.600 en la actualidad.

Sin embargo, Costa Rica si tiene en su historia moderna y en el campo político una década pérdida. ¡Sí! ¿Cuál? Me pregunto un día don Manuel Alcántara, distinguido catedrático y politólogo español, a lo que sin titubeos respondí: la de los 90. Período en que se sucedieron los gobiernos de los presidentes Rafael Ángel Calderón Fournier (1990-1994), José Ma. Figueres Olsen (1994-1998) y Miguel Ángel Rodríguez Echeverría (1998-2002). Época que se caracterizo no solamente por la pérdida de los principios ideológicos que caracterizaban a los dos principales partidos políticos del país, sino que también por la pérdida de valores en la clase política.

Los que decían ser socialcristianos pasaron a ser socialcretinos y los que se definían como socialdemócratas se transformaron en socialdemuelen. Pues tanto unos como otros se encargaron de demoler la fortaleza del Estado costarricense como columna vertebral y responsable de los éxitos que muestra nuestra historia. Políticos que se caracterizaron por ser cretinos en la toma de decisiones que venían a favorecer a su círculo más cercano. La riqueza del Estado fue transformada en arcas personales; más que Consejos de Gobiernos eran Consejos de Negocios; los despachos de algunos ministros y presidentes ejecutivos se convirtieron en oficinas de negocios particulares. Se mancho la honra de la nación con políticos que eran detenidos como delincuentes comunes, mientras que otros huían por temor a la justicia. Costa Rica, la otrora ejemplo político latinoamericano no solamente por la limpieza de sus procesos democráticos, sino por su probidad en el manejo de la finanzas públicas y el apego al ordenamiento jurídico fue golpeada políticamente y con dureza en los años noventa.

Dichosamente para nuestro interés los Gobiernos que iniciaron el siglo XXI han hecho un esfuerzo por devolver al costarricense la credibilidad en la honorabilidad y la disponibilidad de sus políticos. Pueden equivocarse como seres humanos que son, pero han dado muestras de probidad en el manejo del Estado y en el ejercicio de la función pública, como método y compromiso para reencontrarse con la ruta que nos llevo al éxito. Ejemplo de ello fue la administración de Presidente Abel Pacheco (2002-2006).

Sin temor a equivocarme reconozco en el actual gobierno del presidente Óscar Arias Sánchez un esfuerzo por promover la transparencia en la política, un compromiso con un trazo definido y esbozado ante la opinión pública. Puede que el camino no sea compartido por todos, pero que ha sido consecuente con el discurso de la campaña electoral, en el que no hubo mentiras sobre la “hoja de ruta”, misma que la mayoría escogió como el camino acertado.

Estamos recobrando con la moderación que caracteriza al Sr. Presidente el respeto por la política, que a todos favorece, para la búsqueda de consensos y acuerdos, entendiendo que en la democracia el acuerdo sobre las reglas de juego, solo eso define, pues los acuerdos en la sociedad deben ser construidos en el día a día.

* Politólogo
periódico La Prensa Libre 13 agosto 2008

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