La solidaridad familiar y de las amistades
Helio Fallas | helio.fallas@gmail.com
Creo que todos poseemos en nuestra conciencia un espíritu de compasión y solidaridad
exministro de vivienda
El Instituto Interamericano del Niño define a la familia como “un conjunto de personas que conviven bajo el mismo techo, organizadas en roles fijos (padre, madre, hermanos, etc.) con vínculos consanguíneos o no, con un modo de existencia económico y social comunes,con sentimientos afectivos que los unen y aglutinan . Tiene además una finalidad: generar nuevos individuos a la sociedad”.
Por otra parte, la Iglesia Católica, mediante su catecismo, expresa la importancia de la familia en los términos siguientes: “En nuestros días, en un mundo frecuentemente extraño e incluso hostil a la fe, las familias creyentes tienen una importancia primordial en cuantofaros de una fe viva e irradiadora . Por eso, el Concilio Vaticano II llama a la familia, con una antigua expresión, “Ecclesia domestica” (LG 11; cf. FC 21).
En el seno de la familia, “los padres han de ser para sus hijos los primeros anunciadores de la fe con su palabra y con su ejemplo, y han de fomentar la vocación personal de cada uno y, con especial cuidado, la vocación a la vida consagrada” (LG 11)”. “Aquí es donde se ejercita de manera privilegiada el sacerdocio bautismal del padre de familia, de la madre, de los hijos, de todos los miembros de la familia”, “en la recepción de los sacramentos, en la oración y en la acción de gracias, con el testimonio de una vida santa, con la renuncia y el amor que se traduce en obras” (LG 10).
El hogar es así la primera escuela de vida cristiana y “escuela del más rico humanismo” (GS 52,1). Aquí se aprende la paciencia y el gozo del trabajo, el amor fraterno, el perdón generoso, incluso reiterado, y sobre todo el culto divino por medio de la oración y la ofrenda de su vida”.
Vínculos solidarios. De estas dos visiones deseo resaltar los vínculos solidarios que se desarrollan entre los miembros de la familia, particularmente en lo relativo a las relaciones entre sus miembros y los valores que se transmiten de padres a hijos. La diferencia esencial entre estas visiones reside en que las familias creyentes en Dios procuran transmitir y vivir una fe donde Dios guía sus vidas por medio de las enseñanzas esenciales que nos ofrece el Evangelio y la tradición religiosa.
En ese contexto, permítame concebir una relación entre el actuar de una familia creyente en un Dios misericordioso y amoroso, donde me tocó sufrir un accidente muy doloroso (el de Honduras) y extraer algunas conclusiones. Con ello no quiero decir que todas las familias creyentes se puedan comportar de tal manera, ni que las familias no creyentes puedan en algunos casos y para algunos aspectos actuar con los mismos sentimientos y de solidaridad que una creyente.
Desde el primer momento que sufrí el accidente, el 30 de mayo del 2008, mi esposa Nuria y mi hijo mayor, Javier, se desplazaron el mismo día al lugar del accidente, y mis otros hijos, Luis Diego y Marcela, llegaron el martes siguiente. Se determinó que lo mejor era llevarme al Jackson Memorial Hospital en Miami; llegué con tres tubos, uno de los cuales me permitía respirar. Al llegar, entré directo a la unidad de cuidados intensivos. Inmediatamente mi familia se organizó para cuidarme en las noches donde casi no se podía dormir por el tratamiento permanente de medicinas y exámenes.
¿Casualidad o milagro? En algún momento de la gravedad pensé que no volvería vivo a Costa Rica y solo le pedía a Dios que pudiera resistir los dolores tan agudos que tenía en el pecho. Cuando estaba más consciente, se me notificó que mi familia se había trasladado a Miami y fue tan impactante verlos a todos juntos, que en ese momento me percaté de que debía luchar con todas mis fuerzas por sobrevivir.
Además, supe que fui rescatado por dos hondureños que no conozco, que personas que no conocía en Tegucigalpa me donaron sangre, que los amigos preguntaban y rezaban por mi restablecimiento y aún gente anónima también oraba. Más adelante pude conocer que el cerebro no fue afectado, que ningún órgano vital sufrió daño alguno y que las piernas y brazos estaban levemente golpeados, a pesar de que el avión sufrió graves daños. ¿Casualidad o milagro?
Frente a la situación que vivía, sí pude darme cuenta de que otros pacientes no recibían visitas y de que prácticamente estaban casi abandonados, aunque ello no era tema de conversación entre los pacientes. Toda esta situación me llevó a preguntarme por qué los miembros de una familia y amigos y no amigos son capaces de desarrollar sentimientos de solidaridad ante una persona, sin esperar nada a cambio.
Las motivaciones para ayudar a una persona en este tipo de situaciones pueden ser múltiples, pero en el fondo creo que todos poseemos en nuestra conciencia un espíritu de compasión y solidaridad.
Claro está que esto no debe ignorar la tendencia actual de la cultura donde el protagonismo del individualismo tiende a poner en un segundo plano las normas sociales de las generaciones precedentes. Por otra parte, en las familias creyentes tenemos la firme esperanza de ser oídos por un Padre misericordioso que siempre escucha nuestra oración.
Hoy, en proceso de recuperación, doy gracias a Dios por esta nueva oportunidad de vivir y doy gracias a todas aquellas personas que hicieron y hacen posible esa recuperación, así como a las personas que con sus oraciones y buenos deseos me alentaron a seguir luchando por mejorar mi salud.
periódico La Nación 19 julio 2008.

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