FRATERNIDAD
Claudio Alpízar Otoya *
La política, ciencia maltratada por muchos, juega un papel fundamental en la búsqueda de coincidencias en ese abanico de diversidad que es la sociedad. Es en ella y en el respeto a la sumatoria de los pensamientos divergentes, donde surge el trabajo conjunto para la consecución de objetivos comunes. La política bien entendida obliga a ver en los opuestos a adversarios no a enemigos. En su devenir genera la fraternidad entre las personas y el conocimiento de las necesidades y los objetivos de los otros.
Sobre este último concepto quisiera enfocar las siguientes líneas. Puesto que hoy en día ya no se habla de fraternidad, solo de solidaridad, la que se presenta como un amor abstracto hacia la humanidad, distante, sin compromiso, es ayudar al que no conocemos. Por su parte la fraternidad es contraria a esa vivencia, obliga a relacionarse y a conocer a los otros. Aún quedan muestras de ella, sobre todo en algunas de nuestras zonas rurales, más no en los centros urbanos, en donde la desconfianza es lo que marca la convivencia entre las personas. La fraternidad promueve la libertad y con ello se cuaja el mejor sueño de los hombres, pues fraternidad sin libertad es una pesadilla. La fraternidad es un puntal para la armonía en el desarrollo y en la vida social de los seres humanos. La solidaridad comúnmente solo hace su aparición en casos de emergencias o de catástrofe, lo contrario sucede con la fraternidad que es constante al mantener a los seres humanos en un permanente intercambio, actualizando sobre las necesidades de todos.
En el discurso de la solidaridad las clases superiores en momentos de crisis con frecuencia les piden sacrificios a los demás, solicitan apretarse los cinturones, pero no se incluyen ellas en las mediadas. En la fraternidad el sacrificio es común, o en el peor de los casos las clases superiores subsidiaran a la inferiores, pues se entiende que los problemas comunes deben resolverse en común. Se comprende que las clases superiores para disfrutar de sus ventajas requieren que las otras clases también disfruten de lo básico y necesario para ser felices, así se erradican los resentimientos que provoca la desigualdad de oportunidades. Pretender una igualdad completa es pecar de iluso, pues las diferencias son intrínsecas al ser humano desde su nacimiento, si no fuese así tendríamos que acudir a la ingeniería genética para lograr la igualdad total. Los que piensa así comenten el error permanente de convertir en sinónimos a la igualdad y la uniformidad, cuando no solamente son diferentes los seres humanos, sino que cada uno tiene necesidades y aspiraciones muy propias. Aquí es cuando la fraternidad se hace más importante, pues ella sí logra producir solidaridad, lo que no sucede a la inversa. Además permite establecer la verdadera dimensión del gran problema: las desigualdades injustificables, así como luchar en contra de ellas. Los políticos que no comprenden lo que es la política como ciencia de las ciencias no comprende su dimensión, y pierden el sentido de la misma al creer que lo que hacen son favores, sin darse cuenta que la confianza depositada en ellos es a razón de la esperanza de una especial capacidad para enfocar objetivos comunes. La política obliga a que la persona sea tratada como un objetivo, no como un medio, siendo las acciones colectivas las que cultivan la fraternidad.
Ahora bien, debe quedar claro que la fraternidad no es incompatible con el individualismo -tampoco masifica como la solidaridad- pues permite la realización personal pero dentro de un marco común, produciendo mejores personas. Su mayor producto es la libertad, la cual además de lo que comprendemos por ella, es poder decirle a la gente lo que no quiere oír. Si existiese más fraternidad o hermandad autentica las personas aprenderían a escuchar las críticas, así las preocupaciones acerca de la igualdad exacta y de las diferencias marginales perderían importancia. Reafirmando como premisa clave que la alegría compartida es una alegría doble.
* Politólogo
Diario Extra 5 septiembre 2008.

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