Épica de un pueblo
Héroes en pantalla La Revolución Mexicana ha suscitado muchas películas memorables
Pedro González Olvera | pgonzalez@sre.gob.mx
A principios de 1914, un grupo de camarógrafos estadounidenses cruzaba la frontera de su país con México para ir al encuentro del ejército comandado por Pancho Villa. Su misión consistía en filmar una película en la que se plasmaran sobre todo diversas imágenes procedentes de las campañas militares emprendidas por el revolucionario mexicano. No iban a la aventura, sino resguardados por un contrato firmado por Villa con la Mutual Film Company por $25.000, que autorizaba su trabajo.
Por eso, es posible decir que Pancho Villa fue uno de los primeros actores que obtuvo un jugoso contrato con la industria cinematográfica mexicana. Este hecho tiene mucho de anecdótico, pero también de conveniencia para el revolucionario necesitado de armas y comida.
Sin embargo, más allá de esa anécdota, importa resaltar que, además de un periodo fundamental de la historia de México, su revolución es un factor de peso incalculable para el desarrollo del arte y la cultura mexicanos, incluido, por supuesto, el cine.
Testimonios. Primero fueron los documentales. Desde sus inicios, el movimiento armado fue filmado por quienes hoy son considerados precursores del cine en México: los hermanos Alva, Jesús H. Avitia, Carlos Martínez de Arredondo, Manuel Cicerol y otros más.
Algunos filmaron por su cuenta; otros, porque fueron contratados por los caudillos para que dejasen constancia de sus hazañas: las cintas difundirían sus logros bélicos y opacarían a otros líderes revolucionarios.
Esos documentales se convirtieron también en un novedoso sistema de información. El naciente público del cine se enteraba así de lo que sucedía en los frentes políticos y militares de la guerra civil.
En un segundo momento, la Revolución Mexicana y sus líderes principales resultaron motivos muy atrayentes para filmar cintas con argumento y guion, y con toda la carga subjetiva que ello pudiera significar. Nacionales y extranjeros se propusieron así ofrecer variadas facetas del movimiento armado iniciado en noviembre de 1910.
En buena medida, la llamada “época de oro” del cine mexicano se sustentó en las películas que tienen como elemento central a la Revolución Mexicana. Casi todos los grandes actores y actrices de esa época participaron en alguna película argumental basada en aquel gigantesco movimiento popular.
Más aún, no sería exagerada la afirmación de que, aún en la actualidad, cuando está por cumplirse el primer centenario de su inicio, la Revolución Mexicana sigue siendo un elemento que despierta el interés de productores, guionistas, directores, fotógrafos y todos quienes intervienen en la filmación de una película.
Héroes. Curiosamente, los que más atraen a los creadores son los líderes de las fracciones más populares y más radicales, como Emiliano Zapata y Pancho Villa. Es enorme la cantidad de filmes cuyos personajes principales son esos dos caudillos. Son recientes una película sobre Villa (de Bruce Beresford, con Antonio Banderas; 2003), y otra sobre Zapata (de Alfonso Arau, con Alejandro Fernández; 2004).
No son esas, desde luego, las obras maestras sobre aquellos tiempos. Es casi unánime la aceptación de que los logros mayores recaen en Fernando de Fuentes, autor de la llamada “trilogía de la Revolución Mexicana”: El prisionero trece (1933), El compadre Mendoza (1933) y ¡Vámonos con Pancho Villa! (1935).
En estas tres cintas, con la ayuda de literatos como Mauricio Magdaleno, De Fuentes plasma desde los ideales de los hombres y mujeres que creen sinceramente en la necesidad del cambio, hasta las ambiciones terrenales de quienes sólo ven la oportunidad de beneficio personal inmediato.
En ese universo también surge la amistad que nace en los momentos difíciles. Se reconstruye también la figura del abstemio Pancho Villa, quien se caracterizaba por sus bruscos cambios de ánimo, por su crueldad y por su bondad simultáneas, por su valentía frente a las armas y su cobardía ante las enfermedades.
Las obras de Fernando de Fuentes propias del ciclo de la Revolución Mexicana no fueron inicialmente apreciadas en todo su valor estético, sino muchos años después, contra lo que sucedió con Allá, en el rancho grande (1936), su obra más famosa.
Creadores. En el tema de la Revolución Mexicana incursionaron otros directores, como el Indio Emilio Fernández, Ismael Rodríguez, Roberto Gavaldón, Miguel Zacarías y hasta el truculento Juan Orol. Por lo general, en sus cintas dejaron de lado el asunto de los ideales, los principios o las contradicciones para centrarse más en una visión edulcorada, melodramática, de la revolución.
En sus cintas privan aventuras más que heroicas de Villa o Zapata, y amores de militares reales o ficticios con mujeres fuertes y valientes, al mismo tiempo que resignadas y enamoradas. Empero, para el caso del Indio Fernández, es de justicia resaltar que sus películas aportan una nueva estética gracias al talento del fotógrafo Gabriel Figueroa. Los paisajes y los horizontes interminables son elementos imprescindibles de sus películas.
Por supuesto, hay excepciones a la visión superficial de la Revolución Mexicana, convertida –como dice un historiador– en mero espectáculo. De ello citemos dos ejemplos.
Uno es La soldadera (1966), de José Bolaños. Al parecer es la filmación de un episodio que no pudo realizar el cineasta ruso Serguéi Eisenstein durante su estancia en el país (de la que surgió la película inconclusa ¡Que viva México! ). La soldadera narra la vida –mejor es decir “las desventuras”– de una de las mujeres que acompañaron a sus maridos a la guerra, siempre en la retaguardia para apoyarlos en lo que fuere menester.
Obra maestra. El segundo ejemplo es La sombra del caudillo (1961), basada en la novela del mismo nombre del escritor Martín Luis Guzmán. Sin embargo, esta cinta maestra de Julio Bracho fue vetada de manera extraoficial durante más de treinta años.
La sombra del caudillo es una adaptación excelente de la trama de la novela, hasta el punto de que –se dice– Guzmán afirmó que, si bien la novela era suya, la película era totalmente de Bracho.
La narración se centra en los conflictos de varios militares por la sucesión presidencial en México en los años en que las nuevas instituciones políticas apenas se estaban asentando, después de más de diez años de lucha armada. De nuevo tenemos, frente a nosotros, el conflicto entre ideales y ambición personal, entre la voluntad popular y las decisiones caudillistas.
Las actuaciones son magistrales, y la mano de Julio Bracho es notoria en cada escena. Él saca lo mejor de cada actor y pone al espectador ante a una realidad que no siente ajena.
Aquel veto fue un golpe para el director, quien se deprimió hasta que, de hecho, terminó su carrera; pero también perjudicó al cine mexicano, que ya no pudo alcanzar la altura de La sombra del caudillo en las innumerables cintas que se filmaron después sobre la Revolución Mexicana, épica de un pueblo que ha hecho historia.
EL AUTOR ES DIPLOMÁTICO MEXICANO Y DIRECTOR DEL INSTITUTO CULTURAL DE MÉXICO EN COSTA RICA.
Suplemento Äncora. periodico La Nación 17 agosto 2008.

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