El mejor policía de tráfico
John Ford Se cumplieron 25 años de la muerte del más artista entre los artesanos de Hollywood
Bértold Salas Murillo | bsalasmurillo@gmail.com
Orson Welles, aquel advenedizo proveniente del teatro, no comenzó con Ciudadano Kane , para muchos el mejor filme de todos los tiempos, hasta después de aprender qué era el cine… viendo decenas de veces La diligencia (1939), de John Ford. En el carro de la diligencia, pequeño universo de dos por dos metros, no falta un astro, y la cámara está siempre en el lugar preciso para captarlo.
Allí están la aristocrática dama, esposa de un oficial de caballería, y la dulce prostituta, expulsada del pueblo por las cacatúas de la Liga de la Decencia. Están el forajido y el tahúr, uno tras la venganza y el otro tras la redención. También el médico alcohólico y el tímido vendedor de whisky , así como el arrogante banquero y sencillo conductor de la diligencia.
El cine es una buena historia, pero bien contada. Eso es La diligencia . Eso son las mejores obras de John Ford. En esta, particularmente, se encuentran además casi todos los personajes y las pequeñas historias del western , y quizás del cine estadounidense clásico. Colección de lugares que aún no eran comunes, noble e idealista, divertida y emocionante, mostraba el talento de Ford para narrar, componer vivas imágenes y dirigir actores.
Estas cualidades hicieron de John Ford uno de los más exitosos y acaso el mejor entre los realizadores surgidos del comercial e industrial Hollywood. “Un jornalero del cine, un policía de tráfico al frente de una cámara, pero el mejor policía de tráfico”, diría, seguro de su talento.
El pionero irlandés. La diligencia es apenas una entre la veintena de películas de Ford que suelen considerarse “imprescindibles”. También es cierto que tuvo una extensa carrera, entre 1917 y 1966, y que realizó decenas de obras mediocres, muchas más que las memorables. Era un empleado de los estudios, y no siempre podía elegir el tema (dirigió alguna de Shirley Temple…) ni el equipo con el que trabajar.
Cuando nació, el 1° de febrero de 1894, el nombre de este empleado no era el isabelino John Ford, sino Sean Aloysius O’Feeney. Hijo de inmigrantes irlandeses era, como suelen decir de sus ancestros, dado a la poesía y al alcohol, honrado e individualista, impaciente y perseverante.
Llegó al emergente Hollywood desde su natal Portland, después de fracasar un semestre en la universidad. Se encontró con su hermano Francis Ford, que había ganado alguna fama como actor. Tradujo su nombre al inglés, adoptó el apellido de su hermano y, como Griffith y De Mille, fue uno de los pioneros de este arte e industria.
Desde el período del cine mudo se reconoció su impecable técnica, así como la vigorosa narración. También era prolífico: desde entonces y hasta los 50, dirigió entre tres y cinco películas por año. Disfrutaba mucho haciéndolas, aunque después se desentendiera de ellas y no solía ir al cine. Fue más allá: enmendó errores, encontró sus temas y forjó el estilo que lo diferenciaría definitivamente.
Ganó cierta independencia y reconocimiento artísticos a partir de 1934, cuando dirigió La patrulla perdida (1934), El juez Priest (1934) y El delator (1935), que fue su primer Oscar como realizador. Sin ser sus obras más importantes, muestran sus condiciones como paisajista y estudioso del grupo humano.
El fortalecimiento de estas condiciones lo convertiría en el director más premiado de Hollywood. Recibiría el Oscar por Las uvas de la ira (1940), a partir de la novela de John Steinbeck; ¡Qué verde era mi valle! (1941), donde realizó un trabajo cuya preparación efectuó William Wyler, y El hombre tranquilo (1952). Solo la última fue un trabajo “personal”; las otras eran asignaciones del estudio en las que imprimió su mirada.
La mirada fordiana. Ninguno de esos filmes es un western . Por entonces, este género daba pocos premios, pero llenaba los cines. A Ford lo encantaban porque permitían salir del estudio y filmar en exteriores. Media docena de sus películas se desarrollan en el Monument Valley, que inmortalizó.
Sin embargo, la mirada fordiana no era simplemente la de un paisajista, un pintor capaz de componer las más bellas imágenes a partir de un desierto o un grupo de personas: era una mirada moral . Una película legítimamente fordiana era nostálgica y estaba cargada de valores. Por eso le iban tan bien las del oeste, que permitían idealizar el pasado y poblarlo de gente sencilla y cálida. En este ayer impera una jerarquía benevolente y es fácil distinguir los buenos de los malos.
Junto con La diligencia , el más redondo de sus westerns es Pasión de los fuertes (1946), un poema tan comprometido con el mito como irresponsable con la historia. Allí, Henry Fonda encarna a un Wyatt Earp que es la expresión más pura del héroe del oeste: valiente y de pocas palabras, individualista y solidario.
Actor con menos recursos que Fonda, John Wayne aprendió el oficio de la mano de Ford. Juntos realizarían la “trilogía de la caballería”: Fuerte Apache (1948), la magnífica La legión invencible (1949) y Río Grande (1950).
Wayne también estuvo en sus westerns crepusculares: Centauros del desierto (1956), desencantada e irregular, pero considerada su obra maestra, y El hombre que mató a Liberty Valance (1962).
Esta última película es una especie de despedida: del western como el más popular de los géneros, del Hollywood clásico y de John Ford.
A partir de los años 60, los cambios culturales hicieron anticuado su cine y los valores que defendía. Viejo y cansado, más alcohólico y menos disciplinado, no se reencontró con el éxito.
Fue solo entonces, cuando dejó de ser el favorito de la taquilla, que la crítica descubrió al artista detrás de la obra del artesano. “El más grande de los directores estadounidenses”, dijeron. Como tal murió el 31 de agosto de 1973.
“Me llamo John Ford…”
Suele pensarse que Ford era republicano. Sus filmes idealizan el pasado rural y la vida militar; sin embargo, se definía a sí mismo como “socialista”. Quizás solo era una suerte de anarquista, con una escala de valores muy firme y personal.
Ejemplo de ello es la reunión de la Asociación de Directores en 1950, en las primeras idas y venidas de la Guerra Fría y la paranoia anticomunista. Fue convocada a raíz de la propuesta de De Mille de relevar al presidente, el liberal Joseph L. Manckiewicz.
MÁS SOBRE ESTE TEMA
El mejor policía de tráfico
Defensores y acusadores discutían, y De Mille no se guardó esos insultos que se volvieron frecuentes durante la “cacería de brujas” de Hollywood. Cuando parecía imposible un acuerdo, un irreprochable nacionalista pidió la palabra: “Me llamo John Ford y hago westerns ”, se presentó, como si alguien no conociera al más galardonado entre los presentes. “No creo que haya nadie en esta sala que sepa más sobre lo que quiere el público americano que Cecil B. De Mille, y él sabe cómo dárselo. En ese aspecto lo admiro; pero tú no me gustas, C. B. No me gusta lo que representas y no me gusta lo que has estado diciendo aquí esta noche. Joe (Manckiewicz) ha sido vilipendiado, y creo que merece una disculpa”.
Como De Mille no respondió, Ford remató: “Entonces me parece que sólo hay una alternativa: propongo que el señor De Mille y el consejo en pleno dimitan y que demos a Joe un voto de confianza, y que después nos vayamos todos a casa y durmamos un poco. Mañana tenemos unas cuantas películas que hacer”. Manckiewicz recibió un voto de confianza unánime.
Suplemento Áncora. periódico La Nación 7 setiembre 2008.

Meneame
del.icio.us