Columna DIGAMOSLO.
Walter Hernández Valle
guelo59@hotmail.com
• Mi larga carrera periodística me ha permitido el honor y la satisfacción de tratar y de crear vínculos de amistad con varios ilustres caballeros que han desempeñado el honroso cargo de Presidente de la República.
• Quiero evocar, en esta oportunidad, la figura de dos de ellos, que dejaron una huella indeleble en mi espíritu y en mi mente, por sus ejemplares actitudes y sabias enseñanzas. Más adelante, trataré de hacer lo propio con otros de ellos, todos distinguidos costarricenses.
• En primer lugar, me emociona profundamente recordar a don Francisco J. Orlich, don Chico, como cariñosamente todos lo llamábamos. Tal vez me sentí más atraído hacia su persona, porque me evocaba la figura bondadosa, sencilla y patriarcal, de mi abuelo paterno, Valerio Hernández Cedeño, quien fue mi guía y mentor en los años infantiles que fueron...
• Conversar con don Chico era nutrir el espíritu de sabios consejos; impregnarse de su humildad, bondad y comprensión. Era notable el perfecto uso que hacía de los refranes y máximas populares. Para cada ocasión o asunto, tenía un refrán a una frase esclarecedora. En eso se parecía a don Ricardo Jiménez.
• Recuerdo que en ocasiones, cuando yo salía de la Asamblea Legislativa, luego de finalizada alguna importante sesión, en horas de la noche, pasaba frente a la Casa Presidencial, ubicada entonces al costado oeste del Parque Nacional, para dirigirme al diario La República, donde laboraba, a escribir la crónica correspondiente.
• En diversas oportunidades, don Chico se hallaba, enfundado en una gabacha de entre casa, parado en la puerta de la sede, que era a la vez residencia Presidencial, con un cigarrillo apagado en una de sus manos.
• “¿Tenés un fósforo?”, me preguntaba y luego de encenderlo, invariablemente me decía: “Contame en qué paró la sesión de hoy. ¿Qué ocurrió de importante?” Y me pedía contarle, si era posible, algunos entretelones de lo que ocurría en el parlamento y sobre lo que decían de él los diputados.
• Con el licenciado Daniel Oduber Quirós me ligó una larga y estrecha amistad. Su extraordinaria inteligencia maravillaba a todos. Tenía una memoria increíble. Cuando los periodistas empezaban a esbozar una pregunta, al vuelo captaba lo que querían saber y contestaba de inmediato.
• Daniel Oduber fue un adelantado para su época. Sabía de todo. Su cultura era exquisita. Leía a los clásicos en su idioma original. Y lo mismo disfrutaba de un ensayo político o de un artículo complejo de economía, que de un manojo de poesías.
• Uno de sus pasatiempos favoritos, en los cuales tuve el gusto de acompañarlo muchas veces, era escuchar y hablar de tangos. Era un gran admirador de Carlos Gardel y siempre, cuando yo viajaba a la Argentina, me pedía traerle grabaciones del Zorzal Criollo.
• Digámoslo: Los grandes hombres se moldean en el estudio y en el trabajo...
periódico La Prensa Libre 22 julio 2008.

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