Anticipo
La fuga
Extracto de ‘El nudo’, libro que el autor presentará el martes 16 de setiembre a las 6:30 p. m. en Librería Internacional, de Barrio Dent.
“Aquí sucede solo lo que yo escribo, pero sin tu ayuda nunca llegaremos al final, y ese desgarbado, miserable harapiento que se dispone a cruzar la calle con las primeras insinuaciones del día –apenas la sospecha, la premonición de un amanecer–, nunca podrá hacerlo. Permanecería entonces el tiempo congelado, el amanecer en suspenso y el miserable ahí, a un lado de la carretera, paralizado como estatua de sal. Nada sucedería. Solo tu deseo y mi palabra, o tu palabra y mi deseo, o lo que nace de su encuentro, puede dar inicio al tiempo, poner en movimiento los hilos de la trama y empujar al Sol para que continúe su lento pero incontenible ascenso.
La que se anuncia, sin embargo, no es una mañana cualquiera, sino la del último día, del último año, del último siglo del segundo milenio –hay quienes dirán que el último–, de la cristiandad. De la misma forma, el paso que el miserable se dispone a dar tampoco es un paso cualquiera, pues marca el inicio de nuestra historia, o al menos el principio del fin. ¿Pero qué es el fin? ¿Y dónde está el comienzo? Reconozco que se trata de preguntas inoportunas que resulta preferible obviar.
Para él es solo un paso, anónimo y sin importancia, pero si supiera lo que enseguida va a suceder, probablemente reconsideraría su parecer y dudaría de darlo, o al menos lo dejaría de considerar un simple paso más, pues el auto que asoma a lo lejos iluminando la carretera, es conducido por hombre completamente borracho.
Nos encontramos en la carretera que comunica Santa Ana y San José, al oeste del Valle Central de Costa Rica, en el sitio conocido como el Alto de las Palomas. Hasta hace pocos años, aquí crecían milpas y frijolares, pastaban plácidos jamelgos y vacas descastadas, chillaban las piapias y los pájaros carpintero, y por la cresta de los árboles se deslizaban sigilosas ardillas y zarigüeyas. Y, naturalmente, abundaban las palomas que le dieron su nombre. Ahora proliferan familias de jóvenes profesionales e incipientes empresarios. La mayoría posee dos carros, los jardines de sus casas están al cuidado de los campesinos que cultivaban las milpas que antes crecían ahí; crían hijos por lo general sanos que envían a escuelas privadas; pagan televisión por cable y usan los teléfonos celulares con la discreción de la que carecen aquellos para quienes el celular es conquista o distintivo de estatus. ¡Ah! Y están bien familiarizados con la Internet.
La carretera es perfecta para correr, y el conductor no ve razones para no hacerlo ahora. Como casi todos los borrachos, tiene una confianza irracional en sus reflejos, y a medida que acelera el carro, despierta en él un viejo sentimiento de dicha y libertad. Cierto es que, en su caso, además de la confianza en sus reflejos, se ampara en la que le produce su automóvil, un BMW deportivo de color negro.
Y aunque descubre al miserable hasta el último instante, cuando ya lo tiene encima, consigue reaccionar y, dando un brusco giro al timón, evita el atropello. Lo que no puede evitar (ni yo tampoco, y ni siquiera vos) es que el auto derrape y salga de la carretera a más de cien kilómetros por hora, para ir a estrellarse, con gran estruendo de latas retorcidas y vidrios rotos, contra un gran árbol de poró plantado junto a la carretera, que por esos días comienza a florecer.
Luego de unos instantes en los que el motor todavía funciona y las ruedas giran por inercia, se establece un silencio inesperado y profundo. Paralizado en mitad de la calle, el miserable contempla el estropicio con el corazón a punto de saltar como un sapo inflado de su boca. Mira el auto destrozado, imagina lo peor y recuerda (o no recuerda, pero de alguna forma esto interviene en su decisión) la sabiduría milenaria que sostiene que las sogas se rompen siempre por el punto más delgado.
Para él es fácil comprender que ahora se encuentra en tan delicada posición, de modo que, tras asegurarse de que ningún carro se acerca y de que nadie se asomó desde las casas cercanas, arranca a correr.
No pasa mucho antes que lo dobleguen la debilidad y el cansancio. Es comprensible: ahora que la claridad aumentó, podemos ver la ruina estampada en su cuerpo. Se diría que una serpiente lujuriosa y voraz lo devoró, o, si fuera un edificio, que un terremoto u otra catástrofe lo redujo a escombros: las mejillas hendidas, los labios agrietados, los ojos enrojecidos, el cabello enmarañado y mugriento, de color indefinido, y la piel, en general, verdosa y cetrina. Todo en él recuerda la derrota, el dolor, la privación y, con toda probabilidad, una muerte prematura y terrible en camino.
Así las cosas, a lo sumo ha corrido un kilómetro cuando se desploma sobre el pasto de uno de los potreros que flanquean la carretera. El sapo dentro de su corazón infla y desinfla el cuello a toda velocidad.
El hombre se tiende de espaldas y por unos minutos contempla el cielo del alba, levemente azulado, en el que aún flotan algunas estrellas y los restos destrozados de la Luna. De pronto, una pequeña luz cruza veloz toda la extensión del firmamento y desaparece tras los cerros de Escazú...”
Suplemento Áncora. periódico La Nación 7 setiembre 2008.

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